domingo, 28 de diciembre de 2008

Hoy tiré papeles. Muchos.

Supongo que estaba un poco fregada cuando escribí:
Y ya sé que estás cansado de perderte.
Yo también jugué con esos laberintos
y tampoco me encontré donde quería.
Si querés, podés lamerme las heridas.

Y ya ni me acuerdo quién me provocó:
Si no te importa, yo me quedo acá.
Afuera está frío y hay coyotes;
además, tiré la llave de mi cuarto
desde el balcón a la vereda de tu casa.

Eran letras de algo que nunca llegó a ser canción, porque no sé música.


También había fragmentos de días de desolación. Como éste, de 1996:
Al final, siempre es la vieja putada del pasado repitiéndose hasta más allá del basta. No sé si quiero seguir escuchando frases. O inventariar una confianza que se declaró ajena. La única certeza que logré hacer sobrevivir es la de no dejarme herir. Y sigo buscando protección en sábanas ajenas, con los terrenos tan confundidos como las intenciones. Mientras trato de entender de qué se trata todo esto, los errores continúan su esmerilante sumatoria. Queman la nariz y la sonrisa. Trato de convencerme de que no me importa y de ser una extraña en cada una de mis insistencias.

Ni siquiera hizo falta una bolsa de consorcio: entraron en una chiquita. Creo que empecé a sacarme de encima algunos pasados.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Algo así

Nunca devuelvo los tupper. No es que tenga una gran colección. Hay uno o dos que son de mi hermana y el tercero, ya ni me acuerdo. Pero me pareció importante decírselo. A lo mejor no fue una buena decisión: hacía sólo media hora que nos conocíamos.
-Nunca devuelvo los tupper.
-Ya sé lo que no tengo que prestarte. Es un buen dato. ¿Y libros y CDs…?
-Eso, sí. Me pasa con los tuppers, nomás.
-¿Y no te los reclaman?
-Nunca. Si no, los devolvería.
-Entonces, le estás dando hogar a unos tuppers huérfanos. ¿Y comida?
-No, sólo techo.
-Igual, es conmovedor.
No sonrió ni una sola vez mientras hablábamos esto y decidí que me caía bien. Muy bien, en realidad. Porque cuando después empezó a llover fuerte, las calles se inundaron y corrimos tres cuadras hasta mi casa, Miguel me tapó con su campera. En el living, me dijo: “Según tu agenda, podemos vernos lunes, jueves, sábados y domingos. Igual que los novios de antes. Bueno, tan mal no les iba…”. Y empezamos a salir.
Mi perro murió el año pasado. Era un golden retriever y se llamaba García. Estaba viejito cuando le salieron los tumores. Primero en el lomo, después en las patas y al final los tenía adentro. Lo llevé al veterinario y a un homeópata para animales. Como García ya no podía subirse a mi cama, le hice una con mantas, al lado de la mía. Ahí echado, todas las noches abría la boca y tomaba lo que yo le daba: gotas, globulitos, jarabe… Después, me miraba e intentaba lamerme la mano. Yo me acostaba al lado suyo y lloraba. Una tarde fui con su foto a ver a un sanador en José C. Paz. No pensé que se iba a armar tanto escándalo.
García se murió a los pocos días. No lloré. Tenía muchas ganas, pero estaba tan triste que no podía. Dormí una semana en el piso, sobre las mantas. El médico laboral me mandó a una psicóloga. Hablé mucho de García y no se me cayó ni una lágrima. Nunca más.
No le conté esto a Miguel. Cuando vio la foto de García en una de las bibliotecas, preguntó como se llamaba. Así, en pasado. Yo estaba colocando un CD y debo haber contestado con voz rara, porque se acercó y me abrazó. Supongo que tendría que haberme conmovido, pero la verdad es que me sentí incómoda y me fui enseguida a la cocina, para preparar café. Al rato, apareció él. Me preguntó si tenía hambre. Lo pensé y terminé haciéndole un gesto. Algo así como: “No mucho. A lo mejor, nada”. Cuando no sé qué decir, hago muecas. El a veces juega a interpretar esos gestos; inventa diálogos y nos reímos. Esa noche no lo hizo.
Miguel es inteligente, aunque le gustan las películas de acción y a mí, no. Entonces, mirábamos series. Un fin de semana vimos la quinta temporada de “Los Soprano”. El nunca la había visto pero no tuve que explicarle nada. Y si no entendió, nunca me enteré. Ese domingo cocinó pollo a la sal y estaba riquísimo. La vez que preguntó por García, habíamos empezado a ver una serie sobre un psiquiatra: creo que se llamaba “Huff”. Cuando terminó el primer CD, me levanté para vaciar el cenicero. El siempre fuma más que yo. “No es muy creíble”, dije. Como él no contestaba, seguí opinando. Siempre hago lo mismo. Hablo de más. “Ni siquiera es escéptico y, encima, le cae bien a todo el mundo. Yo no confiaría en alguien así, que ayuda al mendigo, a la madre, al amigo… Por más que se le mate el paciente y que se encargue de enloquecer más al hermano, en el fondo, el tipo es feliz”.
-¿Y eso está mal?
-Es encantador… Si sos fundamentalista de la alegría.
-¿No se te está yendo la mano con el cinismo?
Hice una mueca, como para hacerle entender que no sabía. Pero él insistió. Creo que no hablaba sólo de la serie.
-Cuando parece que está todo bien, saltás con un martes 13. Y como no entiendo qué te pasa, me siento un tarado.
-Tampoco es para hacerse la víctima. Fue un comentario, nomás.
-¿Ves? Ya estás atacando de nuevo.
-No es para tanto.
-Está bien. Por lo menos, contestaste con palabras.
-Ahora el cínico sos vos.
-No. Lo único que hago es tratar de entenderte.
-A ver… Es un poquito difícil de explicar. Supongo que desconfío de algunas cosas.
-Lo de la felicidad quedó claro. ¿Y de qué más?
No me di cuenta de que estaba haciendo una mueca hasta que lo vi sonreír. Creo que en ese momento los dos nos aflojamos un poco. Era la primera vez que discutíamos. Pensé en contarle que García era lo más confiable del mundo para mí. Las cosas podían irme bien o mal, pero él estaba ahí. Había que sacarlo a pasear, cuidar que no se pelee con el boxer de la calle Nicaragua, darle mucho agua, hablarle y rascarle el cuello. No existía nada que pudiera robarme estas cosas. O eso creía yo. Estoy segura de que Miguel lo hubiera entendido. Era yo la que no podía decírselo.
-También desconfío de las casas con jardín.
-Ahora sí se puso interesante…
-En serio. Me parecen maquetas y eso me da un poquito de miedo.
-No me jodás.
-Es que no entiendo bien de qué estamos hablando.
-Voy a tratar de ser claro. Salimos hace tres meses, ¿no?
-Sí.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses.
Miguel tiene esas cosas. Dice una frase así y dan ganas de besarlo y besarlo. En realidad, yo nunca lo hice. Me da vergüenza, o algo así. Entonces, le sonrío. Pero esa noche no me dio tiempo ni a eso, porque siguió hablando.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses. La pasamos bien, no hay conflictos y estamos mejor juntos que cada uno por su lado, ¿no?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué te la pasás levantando una pared?
-No entiendo.
-La otra noche, cuando dije “te quiero” me hiciste sentir un imbécil. Ni siquiera contestaste “yo también”.
-Estábamos en la cama…
-¿Y qué?
-En la cama uno a veces dice cosas que por ahí no siente tanto.
-¿De quién hablás? Vos nunca dijiste “te quiero”, y yo tampoco.
-Por ahí esa vez estabas más entusiasmado. Qué sé yo…
-¿Pero querés saberlo?
-Dale, contame-le mentí, porque ya lo sabía.
-No sabés lo pelotudo que me sentí después de decírtelo.
-Pero yo pensé…
-Sí, ya sé. Vos pensás y yo siento. Funcionamos así.
-Pará, Miguel.
-No, sigamos. Porque como soy tan pelotudo, encima quiero saber qué sentís vos.
No pude evitarlo. Me salió un gesto. Pensé que iba a enojarse pero echó la cabeza para atrás y la apoyó en un almohadón.
-Miguel…
-Dejá. Ya está.
Me hubiera gustado explicarle que sí lo quería y que no siempre uno ignora lo que calla. Pero no pude hacerlo. El se puso las zapatillas y yo me levanté para abrirle la puerta. Tuve ganas de darle un beso, pero hubiera tenido que agarrarlo de la campera o acercarme de alguna manera extraña, porque él estaba delante de mí, bajando las escaleras.
Cuando volví, saqué las mantas de García del placard.

domingo, 30 de noviembre de 2008

All is right in the jungle

Parecía una fotocopia lavada de Boogie, el aceitoso: el mentón cuadrado, las comisuras para abajo y las cejas casi pegadas a los párpados. Además de la expresión demorada de un skinhead. Subió en Panamericana. En la escalera del estribo, echó un vistazo a todos antes de seguir hablando por el celular.
-Lo que yo quiero saber es quién me atendió y dijo que te estabas bañando, Mónica. Eso nada más. Ahora estoy en el colectivo, te llamo en un rato y me lo contás.
No me hubiera gustado estar en el pellejo de la tal Mónica. El skinhead se paró frente a la máquina de boletos y le preguntó al colectivero cuánto tenía que pagar para ir hasta Scalabrini Ortiz y Santa Fe.
-1, 40
El skin head metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón cargo y sacó una moneda de un peso. Se acercó hasta el asiento del chofer y se la mostró.
-Estamos en problemas. Es lo único que tengo.
En su lugar, yo lo hubiera dejado viajar gratis; pero el otro se empecinó en lo del 1,40. El skinhead volvió a pararse frente a la máquina, con las piernas bien abiertas. Yo retrocedí un paso, segura de que iba a volarla de una patada. Pero, en cambio, comenzó a rebuscar en otros bolsillos del pantalón, que eran muchos. Sacó una bolsita de nylon, un papel doblado en cuatro que abrió y leyó antes de volver a guardar, y un pedazo de cuero marrón. Nada parecido a una moneda.
En ese momento, un señor que al costado de él, casi hecho un ovillo sobre la tarima de la rueda delantera, sacó la mano de la campera y le dio las monedas. Lo hizo sin deshacer su posición de oruga y sin mirarlo a la cara: sólo extendió el brazo. Pensé en él como en un Bill (el de Kill Bill) agazapado.
El skinhead pudo sacar el boleto y se ubicó en la parte de atrás, parado al lado de un chico que, pese a la tormenta, llevaba puestas unas gafas de sol enormes. Volvió a llamar a Mónica y lo que ella dijo debió haberlo conformado porque al rato se puso a charlar con el de las gafas.
Cerca de General Paz, subieron dos chicos, uno llevaba un corte punk y en la parte rapada tenía tattoos. Mientras éste colocaba monedas, el otro le explicaba al chofer que les faltaban 20 centavos. Se reía mientras lo decía. Y otra vez lo mismo: desde el costado, Bill extendió el brazo con la mano extendida y ellos agarraron las monedas.
Miré atrás: el de las gafas le había hecho un lugar al skinhead en su asiento, que era para uno, y los dos charlaban de vaya uno a saber de qué.
A la altura de Nuñez, Libertador estaba cortada por la inundación. Era una inundación de lluvia y de autos. El colectivero estuvo hablando por la ventanilla con un policía que tenía puesto una capita naranja. Le pidió varias veces que nos dejara seguir por la avenida. Supongo que el policía estaba un poco aburrido de tanto desviar el tránsito o a lo mejor la capita le había socavado un poco el autoritarismo, la cuestión es que después de varias negativas, dijo:
-A no ser que lleves a alguien descompuesto…
El chofer se dio vuelta y preguntó:
-¿Quién se hace el descompuesto?
Miré el brazo de Bill. Ahí estaba.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Memo

Lista aleatoria de cosas que me gustan:
Comer uvas frías- La boca de un hombre dormido- Andar en patas- J. D. Salinger- Mi iPod- Los regalos- Mis tres sobrinos- Kusturica- El olor a tierra- Las siestas- Lou Reed- Cada uno de mis amigos- Reírme- Las palometas que miro desde la ventana de mi oficina- Carver- Ser tan amiga de mi hermana- La cancha de San Lorenzo- Hacer pasto-  El sol en la panza- Despatarrarme- Comer con hambre- El flamenco- Las terrazas- Leonard Cohen- La urgencia de besos y de sexo- Cómo se ve el living desde el balcón- Los sandwiches de miga de Dos Escudos- Los edificios de enfrente- La fiaquez de los domingos a la mañana- Tony Gatlif- Todos mis recuerdos- Los girasoles- Estar cabeza abajo- Las montañas rusas

En días como éstos, más vale recordarlas. 

domingo, 2 de noviembre de 2008

Revancha

Una tarde, en el jardín de infantes, la maestra nos entregó a cada nena una hoja canson, con el dibujo de un tigre dentro de una jaula. La tarea era simple: teníamos que coser con lana los barrotes. Aunque me esmeré, no conseguí que mis puntadas quedaran derechas. Andrea, una nena que se sentaba a mi lado, no tardó en llamar la atención del resto de la clase sobre mi bordado. Inmediatamente tuve a todas mis compañeras alrededor, riéndose de mi desprolijidad.
Andrea se ubicaba delante de mí en la fila que hacíamos al entrar o al salir de la salita. A partir de ese día, cada mañana tironeaba de uno de los moños azules que sostenían sus dos colitas, hasta que lograba desarmárselo. Al principio, ella sólo protestó; desde atrás, yo me burlaba: “Ña, ña, ña, Andreita”, le decía en voz baja. A la tercera o cuarta vez que lo hice, se largó a llorar. La señorita Susana se ocupó de consolarla y castigarme. Todas las nenas entraron al aula, pero a mí me obligaron a quedarme en el patio, “recapacitando”.
Estuve un largo rato jugando en las hamacas. Cuando se largó a llover, una monja que pasaba por la galería me llamó. Era joven, sonreía mucho y se llamaba María Inés. Me llevó hasta la sacristía, donde me hizo sacar el delantal mojado y contarle por qué no estaba en clase. Después de escucharlo todo, me pidió que no me mueva del cuartito y se fue. Al rato, volvió con un chanchito de yeso, vestido de marinero, que me regaló. El muñeco era enorme y pesadísimo, muy parecido a uno de los tres de la película de Disney. También era una alcancía: las monedas entraban por una hendidura que tenía en la gorra.
La hermana María Inés me acompañó de vuelta al aula, donde entré con mi chancho entre los brazos. Me ubiqué en mi mesita, sin hablar con nadie. Había cierto revuelo en la clase, porque la maestra había salido a buscarme. Cuando volvió, la hermana María Inés y ella estuvieron hablando afuera.
En el último recreo, todas salimos al patio para jugar a saltar los charcos. Como siempre, delante de mí estaba Andrea. Entonces, cuando ví que tomaba impulso, la empujé. Volví a casa con el chancho envuelto con un trapo manchado con agua sucia y sangre: era el delantal de Andrea. En una notita dirigida a mi mamá, explicaban que yo tenía que lavarlo, como castigo.

domingo, 19 de octubre de 2008

Inmersión

Aceite de gardenia en el agua, hilachas de humo y silencio. Es una falsa medianoche de domingo. Nada necesita ser pensado. La eternidad debería ser algo así.

Un detalle

Cuando vi que habían pasado más de diez minutos y seguía tan sola como había entrado, me acerqué y la saludé con un “hola”. Pensé que en ese ámbito, el “buenas noches” hubiera sonado muy ceremonioso. Ella sonrió, sin mirarme ni dar señales de bienvenida. Pero como tampoco parecía molesta por la compañía, le pregunté si quería un café. Dijo que no, y acompañó la negativa con un gesto chiquito. Frunció las cejas y al hacerlo, levantó una comisura de la boca.
Mientras pensaba alguna frase que aliviara el desprecio, le miré los pies. Eran gordos o estaban hinchados; se escapaban de las tiras desgastadas de las sandalias como un pan dulce mal horneado. Daban lástima. A lo mejor por eso se paraba echando los hombros tan hacia atrás, con cierta soberbia, como si esa postura compensara su pudor. Ya no me sentí tan inadecuado frente a ella.
Justo en ese momento alguien lloró en la otra sala. Fue un lamento corto, ahogado por un abrazo, que terminó en un gemido. Pensé que la gente llora raro en los velorios. Y se lo dije. Ella contestó que no me entendía, y ya no hizo falta ningún gesto para hacerme sentir de nuevo incómodo.
- Cada vez que alguien se larga a llorar, viene otro y lo consuela. Pero lo que hace, en realidad, es impedir que siga llorando. Como si molestara. Eso es lo raro. ¿Entendés?
-No.
Además de un poco fea, la chica era porfiada. En realidad, no era fea. Tenía los ojos demasiado juntos y eso hacía que su cara pareciera la de una ardilla. Hasta podía llegar a ser graciosa. Pero, decididamente, no era linda.
-Salazar era mi jefe. Uno no se imagina que va a escuchar llorar por un tipo así -insistí.
-Todos tienen alguien que los llore. Hasta los más cretinos.
Estuve a punto de preguntarle por qué estaba tan convencida de eso, pero me contuve. El recuerdo de sus pies me contuvo. Esa imagen no auguraba nada bueno.
Conocía a la familia cercana de Salazar a través de las fotos que había en su escritorio. La esposa venía de vez en cuando a la oficina, igual que el hijo mayor, que también era despachante de aduana. El menor seguía viviendo en San Luis, y estaba casado con una albina. No sabía qué relación tenía esta chica con el difunto pero, por lo pronto, no era una nieta ni alguna de las nueras. A lo mejor era la amante o una hija ilegítima. Eso explicaría que ella haya mencionado a ciertos muertos cretinos.
-¿Sos algo de losSalazar?
-No.
-¿Los conocés de San Luis?
-Vivo en Haedo, desde que nací.
-Acá nomás…
-Sí. A diez cuadras.
-El velatorio te quedaba de paso -bromeé.
Ella volvió a mirarme. Esta vez, con una expresión incómoda: como a quien le señalan una mancha en el vestido, a la que estuvo tratando de ocultar toda la noche.
-Me cuesta dormir -dijo.
-Yo nunca tuve insomnio. En mi caso sería terrible, porque me levanto a las seis de la mañana.
-Sí, es desesperante.
-¿Viste a algún médico?
-A varios. Pero llega un momento en que las pastillas ya no te hacen el mismo efecto.
-Y tampoco es cuestión de que vivas dopada… Aunque no tengas que madrugar, como yo.
-Salgo a caminar. Todas las noches paso por acá. Cuando hay gente, entro. Miro, tomo café y nadie me molesta. Es como estar en una reunión.
-¿No te pone mal este ambiente?
-Al principio. Entonces, aprovechaba y yo también lloraba. Después, una se va acostumbrando.
-Ahora entiendo por qué me miraste de esa forma cuando empezamos a hablar. No debés querer que se te acerque nadie…
-No te creas. Hay noches que vuelvo a casa acompañada.
-¿Otro rebusque para el insomnio?
-No.
En vez de mostrarse ofendida, sonrió. De vuelta se escuchó un llanto, que alguien se encargó de sofocar. Esta vez, ella no se hizo la desentendida: dijo que la gente se apuraba por consolar, y que no tenían derecho. Me gustó que tomara partido y también, que mostrara cierta indignación.
-¿Puedo quedarme con vos hasta que te venga el sueño?
A pesar de la cara de ardilla, tenía una linda sonrisa. Los dientes apretados y parejitos. La abracé por la cintura y esperé que llegara la hora de irnos.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Ahora, sí

Una chica y un chico conversan en el bar de Thames y Charcas. No deben tener mucho más de 20 años, pero se los ve muy serios. La chica dice: “Te dejo porque no siento nada por vos. Pero nada”. Tiene la boca pintada de rojo y estira los labios con cierta exageración cuando pronuncia la “p”. El chico contesta: “No te creo”. Parece más una protesta que una afirmación. Después, con suavidad, vuelca el chopp sobre la mesa. La cerveza cae sobre la falda de la chica, que se levanta y grita. El no se mueve. Ni siquiera sonríe.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Asuntos pendientes

“Estaba por cruzar la calle cuando la vio, tirada sobre la vereda. Parecía una sombra, pero se trataba de una tarde ajena. En los últimos tiempos a la gente se le daba por dejar abandonados sus momentos en cualquier lugar de la ciudad. Dos días atrás había descubierto un aniversario de bodas, debajo de un banco de la Plaza Dorrego. Apenas le echó una mirada mientras caminaba. Llegaba tarde a la reunión del Concejo de Graduados de la facultad y no tenía ánimo para distracciones. Pero este mediodía transcurría sin apuro. Había salido del departamento a comprar cigarrillos y a tomar un poco de aire, luego de pasarse la mañana leyendo.
Ahí en la vereda, aquella tarde no se veía muy atractiva. Le faltaban luces, ruidos y cualquier otro indicio que pudiera identificarla. “Qué importa”, pensó, y decidió hacerlo. Se colocó sobre ella y dejó que lo invadiese. El dueño o la dueña debían haber corrido antes de abandonarla, porque inmediatamente se sintió acalorado y de su cuerpo comenzó a desprenderse un olor agrio. Fuera de eso, nada parecía diferente. “Sólo es una tarde ajena. A lo mejor, en media hora me aburro y yo también la tiro”, se tranquilizó”.



Este es el comienzo de un relato que empecé hace algunos años. En realidad, llegué a terminarlo, pero después no me gustó y unas cuantas veces intenté volver a escribirlo. Ninguna de las versiones me conformó. Llegado a un punto de la historia, me aburría y me dedicaba a inventar otras (no muchas, la verdad, porque que no soy muy productiva en lo narrativo).
Un amigo siempre me reta por mis empecinamientos. El habla de los sentimentales, pero la verdad es que sí soy un poco obstinada en todos los ámbitos. A lo mejor, porque me acostumbré a ser sola y eso significa que nadie, más que yo misma, me pone límites. Entonces, me equivoco todo lo que yo quiero.
Pero parece que estoy aprendiendo a desistir. Por el momento, esto se queda acá: en un comienzo. Porque no me sale otra cosa. Y ya.

domingo, 31 de agosto de 2008

Está complicado

La nena tiene tres años y ojos grandes. Está parada en el patio, junto a un cantero. Con el dedo índice zamarrea a Pepe, el conejo, que no reacciona. Entonces, llama al padre.
El hombre va junto a ella, agarra al animal muerto, lo acerca a su oído y vuelve a dejarlo en el pasto. Recién entonces enfrenta a los ojos grandes de su hija. “Pepe está complicado”, le dice. La nena asiente.
Esa noche, el padre comenta con la madre que no tienen mucha suerte con los animales. Debajo de la madreselva que está en el cantero central tienen un cementerio de mascotas. Pepe es enterrado ahí, junto a tres cotorritas, una tortuga con el caparazón pintado con plasticola y media docena de peces de río. La nena desconoce esto. En la casa, nadie vuelve a mencionar al conejo. Unos días más tarde llama una tía desde Mendoza, charla un rato con la nena y le pregunta por el animal. Ella duda un segundo o dos, pero finalmente contesta: “Pepe está complicado”.
Con los años, la frase empieza a formar parte del lenguaje familiar. Se la usa para describir algo muy difícil de resolver, algunos errores y hasta una tristeza.
Yo también, algunas noches, después de despedirnos, me quedo pensando en el amor y me digo: “Pepe está complicado”.

viernes, 29 de agosto de 2008

Estado actual de mi infancia


Fotografía de Osín: Eduardo Carrera (Museo del Amor).

sábado, 23 de agosto de 2008

Las chicas

Hubo una época que en casa había dos o tres mucamas. Cosas de mamá. Cada vez que venía una nueva, mientras mamá la entrevistaba, con mi hermana nos tirábamos al piso para espiarle la bombacha.
Me acuerdo de la de Irene, la correntina: tenía flecos negros, o algo parecido a eso. Un verano que volvió de unas vacaciones en su provincia, nos trajo una piel de yaguareté de regalo. Durante unos días estuvo en el living, como una especie de alfombra, pero la verdad es que daba un poco de asco y terminó archivada en la salita de juegos. La usé algunas veces como capa de princesa. Un día mi papá llegó antes del trabajo y me encontró envuelta con el yaguareté. No hizo falta que dijera una palabra para que la piel desapareciera de casa. Al tiempo, Irene también se fue.
Gladys tenía una bombacha negra con pimpollos rosas. Ella se ocupaba de atender a la abuelita, además de cuidarnos a mi hermana y a mí. Tenía modales suaves, y el pelo muy largo y lacio. Por las tardes, a la hora de la siesta, después de bañarse, se sentaba en el patio a cepillárselo. La cara le quedaba escondida detrás de esa cortina azabache y lustrosa. Yo colocaba mi sillita al lado de la de ella, y la imitaba. A veces peinaba a una muñeca; otras, me colocaba una toalla sobre la cabeza y la tiraba hacia delante. Mamá era muy estricta con el pelo de mi hermana y el mío; cada mañana, lo dividía en dos colitas y hasta usaba agua de lino para que queden prolijas. Fue entendible el susto de Gladys el día que, a escondidas, mi hermana me tijereteó el flequillo. Llamó a mi papá, quien vino enseguida para casa. Dejé de llorar apenas lo vi. Me sentó en una silla alta frente a un espejo y empezó a recortar. Atrás de él, Gladys me hacía morisquetas con una de mis muñecas en la mano. A pesar de tantas precauciones, cuando mamá llegó del trabajo y vio mi cabeza, se enojó mucho. Yo tenía tres años, pero entendí muy bien a quién había que tenerle miedo en esa casa.
Una tarde, Gladys no salió al patio. Se quedó encerrada en su pieza y fue la abuelita quien llamó a papá. El se encerró a hablar con Gladys. Cuando salió, me dijo que ella estaba triste porque le dolía la cabeza. Más tarde, ella me explicó que, en realidad, le dolía la panza. Y se la tocó. Seguía sentada en la cama, tenía los ojos muy hinchados y la valija hecha. Se fue ese mismo día y ya no hubo más cepilladas al sol.
Vinieron otras chicas y otras bombachas, más insulsas. Menos a dos o tres que fueron muy mandonas, a casi todas les tuve cariño. Nos retaban mucho menos que mamá.
Yo sé que algunos de mis amigos se sorprenden cuando llego a sus casas y saludo con un beso a sus mucamas y hasta al chofer. No es que me lo hayan comentado, pero si hay otras personas delante, se ven obligados a explicar: “Es que la queremos tanto…”, o algo por el estilo. Los otros sonríen y mueven la cabeza. Pero yo sí me entiendo.

miércoles, 6 de agosto de 2008

El quinto piso

Cuando me mostraron esta casa, había un cascarudito paseando por una de las paredes del living. Se lo señalé a la de la inmobiliaria; ella lo mató con un dedo, me mostró el balcón y nos olvidamos del asunto. Lo que sí me llamó la atención fue la calcomanía que estaba pegada en la puerta del departamento de al lado: era el escudo de la Federal. Además, en el pasillo había un olor raro, mezclado con el de Pinolux. Diez días más tarde firmé el contrato.
El sábado que me mudé, mientras acomodaba libros y colgaba cuadros, descubrí que el cascarudito tenía muchos secuaces, y todos paseaban por mi casa. Maté 34 el primer fin de semana. Los bichos salían hasta de los enchufes. Aunque nunca fui buena para dominar el asco, tuve que aprender a aplastarlo.
También me hice amiga de dos vecinas, Carla y Malvina, y ellas me explicaron que las cucarachitas y el olor a pis eran las plagas de nuestro quinto piso. Venían del mismo lugar: el departamento de la calcomanía. Ahí vivía una vieja media loca, a la que habían internado un mes antes. Como yo, ellas tampoco habían tenido suerte con sus quejas al administrador.
Decidimos organizarnos. Malvina se ocupó de juntar los bichos en un frasco de vidrio; yo, de mandar cartas documento a la administración y Carla, de llorar: hacía poco que se había peleado con el novio.
Fuimos juntas a la reunión del consorcio, que empezó con una oración por una señora del consejo que se había muerto. Carla aprovechó para llorar un poco más. Después de la última señal de la cruz, hubo una discusión por las fiestas que daban todos los viernes los hijos de la del primero 6, quien a su vez acusaba al resto de tirarle huevos y preservativos usados. Codeé a Malvina, ella sacó el frasco de adentro de una bolsa de Disco y lo dejó sobre una mesita, a la vista de todos. Aproveché el silencio para explicar lo que nos estaba pasando. La psicóloga del segundo se descompuso y alguien nos acusó de perversas. Había algo raro en la manera en que el administrador miraba el frasco, casi con una sonrisa. Finalmente, se decidió que al día siguiente, las tres iríamos con él a la comisaría de Gurruchaga.
Hicimos una denuncia muy confusa, donde mezclamos la ausencia de la vieja del quinto con el mal olor que salía de su casa. No mencionamos a las cucarachitas. Mandaron dos policías, quienes concordaron en que era un olor muy feo, pero no el de un cadáver en descomposición. Volvimos a la seccional para firmar el acta. Nos llevaron en un patrullero. Fue la segunda vez en mi vida que me subí a uno de esos autos; las dos veces sentí impotencia y mucha bronca.
A lo mejor por eso me dejaron hablar con el comisario. Insistí con el misterio de la vieja y no sé cuantas cosas más, pero no hubo caso. De regreso a casa, pasé por el supermercado y compré dos jeringas para cucarachas y otro frasco dorado de Raid. Como era sábado, había mucha gente haciendo compras grandes. Por un momento me pareció que todos miraban el kit de insecticidas que llevaba en mi changuito e imaginaban cosas feas sobre mí.
Cuando doblé por Uriarte, desde la esquina vi los dos patrulleros en la puerta de mi edificio. Apenas salí del ascensor, Malvina y Carla me agarraron de un brazo. Había unos cuantos policías en el pasillo y uno de ellos sacaba fotos con su celular. Habían abierto a la fuerza el departamento de la vieja. Lo que se veía eran pilas y pilas de diarios y basura, que ocupaban todo el lugar. Era casi imposible moverse adentro y hasta resultaba entendible que en algún momento la vieja hubiera decidido convertir aquello en su gran inodoro. Todo estaba meado. Y a eso se sumaba el tema de las cucarachas. Desde afuera, las tres tirábamos Raid y zapateábamos sobre los bichos que salían como presos en fuga, hasta que un policía se intoxicó y tuvo que volver al patrullero. Antes de bajar, dijo que aquello era peor que el Patronato. Después pusieron una faja y dejaron una custodia.
Esa misma noche aparecieron unos familiares de la vieja y en dos días limpiaron todo. Pero se olvidaron de despegar la calcomanía de la puerta y tuve que arrancarla yo. Aunque las cucarachas desaparecieron rápido, el olor tardó en irse. Unas semanas después se mudó ahí una nueva vecina, la de la voz chillona. Con Carla y Malvina decidimos no contarle nada.

jueves, 31 de julio de 2008

Bad night

Hoy a la madrugada escuché los grititos de mi vecina. A lo mejor tendría que haberme perturbado o algo así, pero la verdad es que ni fu ni fa. Es que no es una de esas chicas que generan curiosidad; lo único llamativo en ella es la voz, entre chillona y aniñada. Y algo de esto se colaba en sus “ay, sí”.
Hubiera podido dormirme sin prestarle mucha atención al asunto, si ella no hubiera interrumpido los gemidos para decir: “No”. Pero lo hizo en un tono de frustración. No se escuchaba como uno de esos “no” que niegan o detienen algo. Hubo un rato de silencio y, después, se reiniciaron los gemidos. Pocas veces escuché golpear una cama con tanta furia contra la pared.
Al rato, de vuelta el “no”, seguido de quietud, y otra vez los ruidos. La secuencia se repitió cuatro veces más. Me dio un poco de lástima y también, ganas de trompearlos: por idiotas.
A la mañana, cuando volví del gimnasio, me crucé con ella en el pasillo. Nos saludamos.

miércoles, 23 de julio de 2008

Psicodiferente

En cierta forma, era un caballero. Me presentó a cada uno de los que se acercaron a saludarlo, que fueron muchos. Y no indagó mucho. Se dedicó a tomar té, comer salchichas de copetín, contarme cosas absurdas y mirarme fijo. Cada tanto se sentaba alguien a charlar un rato o le decían algo de mesa a mesa. El contestaba con alguna de sus frases, que todos festejaban. Creo que fue esa noche cuando me dijo que era psicodiferente. Me pareció una buena definición.
En ese bar no pagó y tampoco en el otro que fuimos después. Ahí tomó más té, recitó poesías y me dijo que nosotros dos, juntos, flotábamos muy bien. Yo entendí que era un piropo o algo por el estilo. El dueño del lugar se acercó con una cartulina y le pidió que le haga un dibujo. El empezó a hacer figuras infantiles: la cara de un hombre que se parecía a él, con alas de ángel, rodeado de nubes. Me hubiera gustado que incluya algo de mí, pero sólo agregó su nombre: Federico Manuel Peralta Ramos.
La despedida fue media rara. Mientras esperábamos un taxi, me preguntó si yo era virgen y, después de eso, no dijo ni una palabra más. Cuando yo estaba por subir, me agarró del brazo y dijo: “Llamame”. El se volvió caminando a la casa. Vivía con los padres, en Alvear y Parera.
Salimos algún tiempo, una vez por semana o cada diez días. Ibamos a esos lugares que salían en las revistas: Afrika, Regine, Mau Mau. Yo guardaba las servilletitas, con la fecha anotada, en mi caja de recuerdos. No éramos novios ni nada parecido: por más que bailábamos cheek to cheek, no íbamos más allá de la mejilla. Era algo que me mortificaba. Cuando cumplí 18 años, pensé que algunas cosas cambiarían. No fue así. Una noche de diciembre me explicó que estaba más acostumbrado a las prostitutas. Esa vez me besó mucho, pero no en la boca. Fue algo así como una despedida.
Ese verano, en una casa abandonada de la calle Lezica, dejé de ser virgen. Fue con un tenista de 16.
Cuatro años después, por trabajo, volví a ver a Peralta Ramos. Nos encontramos en La Biela, y, en medio de la charla, él me preguntó si nos conocíamos. No le dije la verdad. Después, fuimos al Einstein. Pero ya no éramos los mismos: él había aprendido a besar en la boca y yo, a sentirlo viejo. Pero no fue la última vez que lo vi.
En el ’91 yo trabajaba como vendedora en un negocio que quedaba en las Cinco Esquinas. Todas las mañanas, Peralta Ramos pasaba caminando por la puerta. Seguía usando camisas con las iniciales bordadas. Un día entró, se acercó hasta un rincón y me preguntó el precio de unas botas après ski. Esto se volvió rutina. Siempre señalaba el mismo par y, después de que yo le dijera lo que valía, se quedaba un rato mirándome fijo. Con el tiempo, y para jorobar, con Hortensia -la chica que limpiaba el local- empezamos a cambiar las botas de lugar. No mucho, apenas unos metros: lo suficiente para desconcertarlo. El se acostumbró rápido al juego. Entraba, revisaba con la mirada hasta que las encontraba y, si yo estaba atendiendo, era capaz de interrumpirme con el par en una mano y la pregunta: “¿Qué salen éstas?”. Después, las dejaba en el rincón donde las había visto por primera vez.
Una mañana no apareció. Se había muerto. A los pocos días, cambié de trabajo.

martes, 22 de julio de 2008

El del monograma

Tenía 17 años cuando una noche, en mi casa de Castro Barros, vi en la televisión a un señor que tenía un monograma chiquito en la camisa. Ese detalle me hizo acordar a mi papá, aunque a él jamás hubiera hablado con tanta desmesura y tampoco se le hubiera cruzado por la cabeza considerarse un pedazo de atmósfera, como el de la tele. Cuando terminó el programa, fui al cuarto y anoté en mi diario: “Me enamoré de Federico Peralta Ramos”.
Me llevó unos días averiguar quién era. Al cuarto, agarré la guía, llamé a su casa y mentí. Le dije que nos habían presentado en el Bar Baro (creo que puse a la Robirosa en el medio) y que él me había dado su teléfono para que lo llame algún día y así, charlar más tranquilos. Me contestó que no se acordaba de nada pero que igual podíamos vernos al otro día, en el bar de la calle Tres Sargentos.
Un año antes, yo había sido lo suficientemente inconciente como para comprarme un vestidito de lana de Dior con la plata del seguro de vida de una tía. Fue el que usé aquella noche. Un amigo me llevó en su Citröen 3 cv; supongo que yo debía estar muy nerviosa, porque durante todo el camino ensayé frases para salir más o menos bien parada, si él seguía insistiendo con eso de que no nos conocíamos. No hizo falta: esa noche le tocó mentir a él. En un momento dijo que sí se acordaba de mí. Y después me preguntó si yo sabía que él tenía 43 años.

(Sigo mañana. Ahora me agarró sueño).

domingo, 13 de julio de 2008

Otra que el Proust

Este llegó por mail, de parte de alguien que me cae muy bien. Tuve que editarlo, porque era un poco largo.

1. Le pedís deseos a las estrellas? Más vale.
2. Te gusta tu letra?
Le tengo cariño.
3. Si fueras otra persona, serías tu amigo?
Obvio.
4. Sos sarcástico?
Es un sistema de autodefensa tan legal como el gas paralizante.
5. Cuál es tu cereal preferido?
En una época, el que venía en el bourbon.
6. Creés que sos fuerte? En algunos aspectos.
7. Tu helado favorito? Mousse de maracujá
8. Cuánto calzas? 38, 7 y 1/29.
Que es lo que menos te gusta de vos?
Mis miedos
10. Lo último que comiste hoy?
Un bombón de Compañía de Chocolates. Ahora voy por otro.
11. Qué estás escuchando en este momento?
Grillos
12. Trago favorito?
Puro
13. Deporte favorito para ver por TV?
San Lorenzo
14. Lentes de contacto?
Contacto sin lentes
15. Comida favorita?
Todas las que no sean sesos, tripas y coliflor.
16. Día (o días) Favorito (s) del año?
365, descontando los bad days
17. Besos o abrazos?
Han cantado bingo en la sala!
18. Qué libro estás leyendo?
Ayer desistí de la Mansfield.
19. Qué hay en tu pared?
Living: cuadros de subtes de ciudades donde estuve y uno de hoteles de París. Cuarto: poster enmarcado de tablao madrileño donde pasé cumple, robado junto a Pepe Grillo, posavasos de Café Ducados y una mariposa.
20. Dónde es lo más lejos que has estado de tu casa?
Moscú, supongo. Soy mala para la geografía.
21. Que detestás?
Que me hagan sentir mal
22. Que olores te gustan?
El del cuerpo del hombre que está conmigo.


Yo le agregaría:

-Te arrepentís de algo?
No creo que tenga mucho sentido. Pero me hubiera gustado ser menos arisca cuando quería ser dulce.

-Qué es lo que más te gusta de vos?
Que me caigo muy bien.

-Qué es lo que más te importa en la vida?
El cariño.

-Hay algo de vos que tratás de no mostrar?
Además del piso sin barrer? Algunas inseguridades y desconfianzas. Pero nunca me sale del todo bien.

lunes, 7 de julio de 2008

Malos augurios

Las cosas no estaban muy bien en aquel tiempo. Acababa de cortar con un novio por un motivo tan trágico como las alas de una mariposa: me gusta que me quieran de una manera que no era la que él tenía. Creo que uno puede decirle al otro “en esta casa no se barre de noche” o “aflojá con el folklore”; pero no, que sienta diferente: eso sería pedirle que fuera otra persona. Pero tampoco es que soy Santa Clara de Asís; hasta que me di cuenta de esto, pasaron varios meses de empecinamiento. Finalmente tuve que entenderlo. Una noche se lo expliqué y al despedirnos, nos dimos uno de esos abrazos llenos de tristeza, cariño y entendimiento. Fue algo muy lindo. A los pocos días lo llamé, le pregunté si me extrañaba y empezamos a salir de nuevo. Pero esa vez no duramos mucho: hasta nos olvidamos de decirnos adiós.
Además de este asunto, en un mes tenía que mudarme porque no me renovaban el contrato de alquiler y en el trabajo las cosas estaban un poco más que tensas. Fue inevitable: primero se rompió la medianera de vidrio que separaba mi balcón del vecino; después, la plancha y por último, la aspiradora. Parecía que la casa seguía mis pasos. Durante un tiempo me sentí muy mal por todo. Después, algunas cosas se arreglaron.
Hace tres semanas se falseó la tecla de la luz de la cocina. Fui hasta la casa de electricidad de acá a la vuelta y ahí me explicaron cómo cambiarla. Lo hice y durante un día me sentí muy orgullosa de mí misma, hasta que hubo un chisporroteo y me quedé otra vez sin luz. Al mismo tiempo, el tanque del agua del inodoro empezó a perder. Al principio fue sólo un hilito que caía de lo más sonoro sobre la loza, pero parece que eso no le alcanzaba y pronto empezó a salir una cascada en la pared cada vez que apretaba el botón.
El primer electricista que vino era tan expeditivo como panzón. Apareció sin caja de herramientas, se asomó a la cocina, habló de cableados y presupuestó 180 pesos. Protesté y cada uno de los dos terminó enojado con el otro. Al final, Zully -la encargada de casa- consiguió un chico que arregló la lámpara por 15 pesos. Después llegó el turno del plomero, que lo solucionó todo en media hora. Y de vuelta fui feliz. Es que cuando las cosas no funcionan me siento tan incómoda como desvalida.
Por eso me puse tan mal cuando hace unos días volvió a aparecer la cascadita. Y más, cuando el jueves el calefón amaneció con una llama chiquita, que no hubo forma de hacer crecer. Zully me dio las llaves de su departamento y todos los días me baño ahí. Al principio subía con un bolsito pero ahora ya simplifiqué bastante el trámite. Hoy, el vecino del séptimo ni pareció mosquearse cuando me encontró en el ascensor con la toalla como turbante en la cabeza. Hizo un comentario sobre el tiempo y le contesté: “Ah, ni me hables de eso”, como si la niebla fuera responsable de todos los absurdos.
Mañana vuelve el plomero. Espero que solucione todo. Los desperfectos en cadena me inquietan de una manera muy irracional.

martes, 1 de julio de 2008

Cristina

Había que hacer méritos para destacarse en una familia como la nuestra. Mi prima Cristina lo logró. No fue sólo por lo físico: su obesidad era un detalle menor. Cada vez que hablaban de ella, la charla concluía con un: “Siempre fue brava”.
Era la hija mayor de mi tía María Angélica, una de las hermanas de mi mamá que estaba casada con un militar y vivía en Mendoza.
Antes de cumplir los 18, Cristina fue mamá. Soltera. Cuando se enteraron del embarazo la echaron de la casa, pero al tiempo de nacer Anita volvieron a vivir todos juntos. El papá de Anita era un señor casado que la reconoció muchos años después. Todo esto me lo contó Cristina, una de las veces que vino a Buenos Aires. Yo creía que era viuda, como me había explicado mi mamá. Cuando le pregunté si extrañaba al marido, me enteré de la verdad. Cristina nunca mentía. Pero no era sólo por esto que yo la adoraba, sino porque ella me quería mucho. Cuando venía a visitarnos dormíamos juntas; ella me abrazaba y me pasaba la mano por el pelo, como hacen las nenas con las muñecas.
Y sí: era brava. En la esquina de mi casa de México vivían gitanos. Cada vez que yo daba vuelta a la manzana en bici, me demoraba espiándolos. Una de esas tardes, salió la abuela gitana, que fumaba en pipa, y me gritó. Cristina, que estaba en la puerta de casa, vio todo. Entonces, fue hasta lo de los gitanos, entró sin pedir permiso, agarró un triciclo que estaba en el patio, salió con él en los brazos y lo revoleó al medio de la calle. Después de eso terminé haciéndome amiga de los gitanos más chicos. Les dije que Cristina era una de mis mamás.
En otro viaje tuvo un romance con nuestro primo Robertito. Los pescaron y terminaron escapándose a Mendoza, donde vivieron juntos durante un tiempo. Yo le escribía muchas cartas y las contestaciones de ella llegaban en el fondo de las encomiendas con dulces caseros que casi todos los meses nos mandaba tía Angélica. El de tomate nunca me gustó.
Un día, mi prima vino a vivir a Buenos Aires. Antes de eso, en una pelea, Anita le había dicho que prefería vivir con un papá que no la quería antes que con una loca. Cristina armó dos bolsos: uno fue a parar con Anita a la casa del señor casado y ella tomó un micro con el otro. Volvimos a compartir el cuarto. Acá, empezó a trabajar en la fábrica de corpiños Peter Pan, con los jirones de tela elastizada que traía, me enseñó a hacer polleritas hawaianas para las muñecas. Le mandamos una a Anita.
No pasó mucho tiempo hasta que nos presentó a Carlos, su novio. Parecían muy enamorados; además, él me quería tanto como ella, hacía muchos chistes y me llamaba Ferni. Era morocho, medio pelado, con bigotes y suboficial. Parece que después lo ascendieron y pudo mudarse con Cristina a un departamento en la calle Sarandí. Fueron los primeros de la familia en tener televisor color. No uno, sino dos. La casa de ellos empezó a llenarse de electrodomésticos y muebles, casi todos usados. Aunque ahora tenía dos hijos y bastante plata, Carlos ya no era un hombre alegre. Hablaba de cosas violentas y más de una vez mi prima terminó llorando en la cocina, abrazándome y pidiéndome que no creyera nada. Dejamos de verlos durante un tiempo.
Carlos se murió. Dijeron que lo había matado la guerrilla, en una emboscada. La historia es un poco confusa. Cristina pasó la noche en una comisaría militar porque todas las balas eran del arma de Carlos. Iban en el auto con sus dos hijos y después de algunos meses, la mayor, que tendría tres años, todavía se golpeaba la cabeza con el dedo índice y decía: “Mi papá, pum pum”. Igual, a él lo sepultaron con honores y mi prima estuvo todo el tiempo al lado del cajón. Mi mamá no quiso que vayamos al entierro.
Volví a ver a Cristina hace dos años, cuando un tío cumplió los 90. Nos abrazamos fuerte. Se notaba que había ido a la peluquería, pero igual estaba llena de canas. Parecía una viejita. Me miró raro mientras yo le hablaba de los gitanos y las polleras hawaianas. Dijo que ya se había olvidado de muchas cosas.

jueves, 26 de junio de 2008

IC

Me encantan las cosas triviales, las más tontas. Por eso juego al solitario Spyder, mamarracheo vidrios empañados, escucho La Cabra Mecánica, juego con los peces encerrados, creo en cosas inveroscímiles y agradezco que el mundo no esté en mis manos. También me tomo muy en serio las mini encuestas que cada dos o tres meses nos hacen contestar en el trabajo. La de hoy decía:

1) A qué lugar del mundo te gustaría viajar y por qué? (Dar dos opciones)
2) Cuál es tu superhéroe favorito y por qué? (Dar dos opciones)
3) Contá sobre alguna vez que hayas sentido: “Tragame tierra”.

Mis respuestas:

1) A Berlín, para carcajear con mi amigo Pepe Grillo.
A Disneyworld y Universal, con mis sobrinos. Nos lo debemos.

2) La verdad es que se me dan mejor los villanos. Mi favorito es el Guasón: 100% encantador.


3) ¿En orden cronológico o alfabético?


Me parece que no doy mucho con el piné, porque la directora me contestó: “¿Y si te inventás un personajito?”.

lunes, 16 de junio de 2008

Maruja

Durante muchos años vivió en Montevideo. En las cartas siempre hablaba de esa ciudad donde la batata se llamaba boñato y por las tardes toda la gente iba a la playa. Mi tía Maruja tenía una letra parecida a la de mi mamá, poco redondeada y medio desprolija. Ella venía poco a Buenos Aires, prefería quedarse allá con mi primo Jorge, pero cada vez que su marido viajaba nos mandaba regalos con él. Casi siempre eran cosas feas, como esos posavasos de plástico que tenían dibujitos de barcos o faros y decían “Recuerdo de Pirilápolis”. Igual, yo le tenía cariño.
Mi tía Maruja había sido una mujer muy linda. Siempre contaba de la vez que, a escondidas del padre, fue al corso; la postularon para reina, pero mi abuelo se enteró y, la noche que tenía que ser coronada, la dejó encerrada en la casa. Aunque cuando él se murió ella se dedicó a modelar para tiendas que vendían sombreros, parecía que Maruja vivía añorando esa corona. También se acordaba mucho de los piropos que recibía. Una tarde estaba por cruzar la calle cuando un chico que pasaba en bicicleta le dijo: “Nena, tené cuidado que con esas gomas me parás la bicicleta”. Parece que sonrió y agradeció; después, cuando volvió a su casa y lo contó, mi abuelo le dio un bofetón. “Es cosa de familia”, remataba Maruja. Y durante algún tiempo yo creí que se refería a la manía por los castañazos.
Un día escuché cuando mamá le contaba a Tía Gorda que Maruja volvía a Buenos Aires. Hablaban en voz baja, como siempre que había problemas. A la semana, ella, su marido y mi primo estaban instalados en casa. Se acomodaron en la salita donde jugábamos mi hermana y yo. Al principio todo fue alegría. A mí me encantaba tener un primo adolescente y a él le gustaba ayudarnos a mí y a mi hermana con matemáticas, o convencernos para que nos hagamos de Peñarol. Se tiraba en la cama y nos hacía acomodar delante de él. Mi tía Maruja instaló su Singer al lado de la de mi abuelita, en el cuartito del fondo, y las dos pasaban ahí las tardes, charlando y cosiendo.
Después de que murió mi abuelita, cada dos por tres Maruja me llamaba desde el cuartito del fondo, para que la ayudara a enhebrar la máquina o buscar un carretel que se le había perdido. Mientras yo lo hacía, empezaba a contarme cosas. Así me enteré de que ella y el marido habían adoptado o algo así a mi primo Jorge. Los verdaderos padres eran un estudiante de Medicina y su novia. Parece que después de darlo se arrepintieron y entonces mi tía y el marido se fueron a vivir a Uruguay, llevándose al bebé. Yo pensaba que Jorge había heredado los ojos verdes de Maruja pero ella me explicó que no, que así eran los del papá biológico. Una vez me dijo que le daba asco el olor de la piel del marido. “De catinga”, aclaró. Empezó a hablarme de la luna de miel pero se frenó. Y aunque yo insistí, ella me mandó a jugar. A lo mejor se dio cuenta de que no eran cosas para decirle a una nena.
Yo no le contaba nada a mi mamá pero igual, una noche ella entró en la salita donde estudiábamos con Jorge y vio de qué se trataba el apoyo escolar que él nos daba. Hubo gritos. A los pocos días los tres se mudaron a Tapiales. No volvimos a verlos durante un buen tiempo. Un sábado tomamos el 103 y otro colectivo más; durante el camino, mamá no dejó de hacernos advertencias. Mi tía lloró cuando nos vio. Mi primo se quedó encerrado en su cuarto y lo saludamos desde la puerta, al llegar y al irnos.
Después, volvimos a Tapiales muchas otras veces. Pero nunca más Maruja volvió a hablar de los piropos o de la vez que la eligieron reina del corso. Tampoco de las otras cosas.

domingo, 8 de junio de 2008

Mirona

En el pulmón de manzana hay un pino. Eso fue lo que dijo el de la inmobiliaria cuando describió el departamento y fue lo que más me gustó de todo lo de que nombraba. Con el tiempo descubrí el resto.
En uno de los edificios que ahora tengo enfrente viví yo hace muchísimos años, apenas me fui de casa. Compartíamos ese monoambiente con una santafecina; después vinieron su novio y algunos míos. En épocas de parciales, se sumaban tres o cuatro más. También estaba Happy, el hamster, al todos le decían Ratita. Una o dos veces al año, cuando caía el de la desinfección, se escuchaba la advertencia: “Cuidado con la Ratita”. Finalmente, alguno se levantaba, iba hasta el baño y volvía con la lata de galletitas Terrabusi. Adentro estaba Happy, con su vuelta al mundo y sus filetes de zanahorias. Creo que siempre fuimos demasiados en aquel departamento.
Pero cuando me mudé acá no empecé a espiar el edificio de enfrente por nostalgia sino porque ahí vivía un chico al que también le gustaba mirar. Tenía un cuerpo contundente y lo mostraba mucho. Todas las mañanas, cuando yo iba a la cocina a prepararme el desayuno, él ya estaba en el balcón, parado, tomando su café en calzoncillos. Por las noches también se asomaba. Fue por él que coloqué cortinas en mi cuarto. Después se puso de novio y se mudó. De vez en cuando viene, se queda un rato escribiendo en la PC y después sale al balcón. Pero ya no es lo mismo. Cuando se va, baja la persiana.
Arriba del departamento de este vecino había uno pintado de un verde más estridente que el de las manzanas. Ahí vivía una chica que lavaba mucha ropa por las noches. La persiana estaba siempre baja hasta que, casi a la madrugada, la levantaba para salir a colgar la ropa. Después, volvía a encerrarse. También se mudó. Hace algunos fines de semana apareció ahí una chica gorda, muy gorda; llegó con un señor vestido de albañil, que pintó todo de blanco. Hoy al mediodía él seguía haciendo arreglos en el departamento. Se toqueteaba mientras revisaba la puerta que da al balcón.
Hace dos veranos demolieron la casa que había al lado del edificio de los monoambientes y empezaron a construir una torre. Cuando sólo era un esqueleto, el que cuidaba la obra se instaló en uno de los pisos. Por las noches, se lo veía comer en una mesita. Después, cuando ya estaban levantadas las paredes, colocó trapos de colores en los huecos de las ventanas. Un domingo hizo un asado. Desde mi casa se escuchaban la cumbia y gritos. Me asomé y lo vi: estaba junto a unas chapas de las que salía humo, bailando mientras cantaba o algo así. No había nadie con él. Esa noche vino a verlo un señor muy bien vestido y se quedaron un largo rato charlando, los dos sentados en la mesita.
La torre ya está lista. Debe faltar poco para que vengan a ocuparla. Cuando pase eso, voy a poner cortinas en el living.

miércoles, 4 de junio de 2008

Visitas

De la cárcel no me acuerdo mucho. Ya se sabe que es terrible y entonces nada te agarra muy desprevenida. Lo que sí me sorprendió es que aceptara recibirme, porque no nos conocíamos. Llegué a un patio que era como el gimnasio de mi escuela, después de que lo techaran: medio oscuro y lleno de ruidos. Al rato apareció ella, en silla de ruedas, con batón matelassé y pantuflas. Llegó sonriente pero cuando le dije por qué estaba ahí, empezó a decirme cosas feas. Y tenía razón. Después se calmó y hasta llorisqueó un poco. Me contó que la habían operado, que todavía sangraba y que había creído que me mandaban los del estudio jurídico. Parecía muy enojada cuando repitió que yo la había engañado. Pero enseguida volvió a suavizarse y pidió que le comprara algodón, papel higiénico, facturas con crema pastelera por encima, bizcochitos y milanesas. Se la notaba golosa. Salí del lugar, fui a un mercadito que quedaba en el centro y volví a entrar a la cárcel con un paquetón. Ella seguía en el patio. Esta vez me saludó por mi nombre y le comentó a la guardia que yo era su amiga más jovencita. Me hizo memorizar el número de teléfono de un familiar, quería que lo llamara y le contara cómo la había visto. Cuando se despidió, dijo: “¿Sabés lo que más extraño? La torta pascualina”. Esa fue la primera vez que estuve con Yiya Murano.
El otro fin de semana volví a Ezeiza y lo hice durante algunos meses más. Casi siempre fue por trabajo. Pero también me ponía contenta el entusiasmo con que ella revisaba la comida que le llevaba. Le convidaba a otras presas, a las que llamaba “mis compañeras”. Creo que le tenían cariño o algo así. Es que ella era muy piropeadora, capaz de elogiarle la cintura a un redondel, y a veces eso se necesita mucho.
A Yiya le gustaba mencionar nombres de confiterías que ya no existían y también los de algunos amantes que había tenido. Parecía más joven cuando hablaba de esto. Estiraba el cuello, se pasaba las manos por la pollera espigada, como si la planchara, y decía: “Tuve una vida de muchos lujos”. Cuando todavía no se usaba la palabra spa, una vez definió a la cárcel como un club, pero al rato se puso a llorar y dijo que no se lo merecía. Nunca pude creerle.
El último domingo que fui a verla le conté que había renunciado al trabajo para irme a Europa. Ella me pidió que le mande “una de esas tarjetas de españolitas con volados”. Le dije que sí, aunque no entendí muy bien de qué me hablaba. Un mediodía, en un estanco de Madrid, encontré una postal que tenía dibujada una gallega, con castañuelas en miniatura y encajes pegados en la pollera. Me gustaría acordarme de la frase que le escribí.
Hace un par de años volví a ver a Yiya. Me estaba esperando en el hall del lugar donde yo trabajaba, para espanto de las recepcionistas. Nos abrazamos: al fin y al cabo era un reencuentro. Dijo que siempre se acordaba de que mi mamá se llamaba igual que ella. Me contó que había vuelto a casarse y despotricó mucho contra el capítulo de Mujeres Asesinas donde mostraron su historia. La verdad es que Yiya había ido a buscarme porque necesitaba un favor. Le pregunté si había recibido la postal de España y creo que mintió cuando contestó que sí, porque enseguida cambió de tema. Después, me convidó con un caramelo de miel.

domingo, 1 de junio de 2008

Viernes

Yo sé que no es la felicidad. Porque la felicidad es una burbuja. Y esto no. Es sólo una reunión de amigas. Acá hay dilemas tontísimos, como querer saber o no de una infidelidad, que abren la puerta a los recuerdos. Y los que aparecen son muy concretos: tienen nombres, disimulos, pelos lacios, infidencias y caderas anchas. De fondo se escucha a Tom Waits. Ninguna sabe muy bien qué hacer con eso que se instaló en medio de un living del Once con aires parisinos. Algo así como un espanto. Hasta que una va a ver las lentejas y avisa que ya está, otra sirve más vino y el alivio llega acompañado de pan calentito. Después, lo de siempre: nos despatarramos para hablar hombres, John Houston, sexo, Sophie Calle, cosas raras. Cada una se burla de sí misma y nadie se acuerda de cómo se llama el protagonista de Smoke. Hay que esperar a que los chicos se vayan para poder fumar pero esta noche tardan. Entonces, marquisse de chocolate y ahí, sí: el actor es Harvey Keitel. Hace frío y ninguna moraleja. Las risas duran hasta mucho después.
Igual, yo creo que un poquito sí. Se parece.

martes, 27 de mayo de 2008

La Gorda

Como todas las hermanas de mi mamá, de chica había sido gorda. Después adelgazó, se volvió parecida a Marlene Dietrich y tuvo un auto. Fue una de las primeras mujeres que manejó en Buenos Aires. Nadie guardó ese recorte del diario La Prensa donde se la veía al volante, parece que con sombrero y guantes. Una lástima. Igual, nada de esto la salvó de ser la Gorda. Aunque no la llamaban así en forma burlona ni peyorativa, al contrario. Mi tía Gorda era muy respetada en la familia. Se había casado con un capitán de fragata y vivía en un chalet en Florida. En la misma cuadra estaba la casa de Bernardo, el primer chico del que me enamoré. Era más grande que yo, debía tener unos ocho años y coleccionaba bolitas de vidrio de todos colores. Un día se nos ocurrió salir a venderlas casa por casa. Le explicamos a los vecinos que juntábamos plata para nuestra luna de miel. Uno no quiso las bolitas, dijo que el perro podía tragárselas, pero igual nos dio plata. Nos estábamos haciendo ricos cuando apareció mamá y me arrastró de un brazo hasta lo de mi tía Gorda. Alguno le había avisado lo de la luna de miel.
Enfrente de la casa de mi tía Gorda estaba la clínica Santa Mónica para enfermas mentales. Cuando íbamos, con mi hermana cruzábamos la calle a escondidas y dábamos la vuelta manzana hasta llegar al jardín de las locas. Nos pegábamos a una especie de cerca hecha con rombitos de alambre, hasta que ellas se acercaban a pedirnos cigarrillos o a preguntarnos el nombre de la calle. Entonces, nos asustábamos y volvíamos corriendo a la casa, donde nos retaban. Mientras a mi mamá se le pasaba el enojo, yo me tiraba en uno de los sillones del living, que siempre olía a tabaco, y leía novelas de Lin Yutang o A.J. Cronin, mientras tironeaba plumitas de los almohadones.
Algo pasaba con mi tía Gorda y las mucamas. Nunca duraban mucho. Al principio yo preguntaba por qué no estaba más la que hacía empanadas con papas o la que cantaba mientras planchaba, pero después dejé de hacerlo. En vez de explicarme, mi tía empezaba a insultar al marido, él le contestaba desde alguno de los cuartos y todo terminaba en pelea. Así me enteré de que mi tío hacía cosas con las mucamas. Más de grande supe qué. Un sábado a la tarde agarré un frasco de dulce de leche casero de la heladera de mi tía y justo estaba por abrirlo cuando ella entró en la cocina. Me lo sacó de las manos y me prohibió que volviera a tocarlo. Mamá también quiso probarlo y entonces a mi tía no le quedó más remedio que reconocer que estaba en mal estado; lo venía guardando desde hace semanas esperando que mi tío, en alguna de sus borracheras, se lo comiera.
El tenía un auto negro viejísimo, con panel de madera y una bolita barnizada en la palanca de cambios, al que adoraba. Mi tía Gorda nos dejaba jugar a manejarlo, mientras él dormía la siesta. Parecía que ella odiaba a ese auto. Siempre decía que lo iba a dejar en medio de la calle, para que lo pise el colectivo 71, que pasaba por la puerta de su casa. Y una vez lo hizo. Se quedó espiando por las ventanas que daban al jardín de adelante y vio al colectivero frenar, bajarse y empezar a tocar timbres. Los del manicomio lo mandaron directo a lo de mi tía Gorda, que tuvo que salir en camisón y guardar el auto en el garage.
Mi tía Gorda era muy pastillera. Tenía una bolsita de tul grueso, color salmón, donde guardaba un montón de frascos de remedios. Ella y mamá siempre estaban yendo a homeópatas; no sé qué les dirían, pero siempre volvían con remedios que no las dejaban dormir. A mamá se le daba por limpiar toda la noche y a mi tía Gorda, por insultar al marido. Quedaban muy violentas. También iban a curas sanadores, brujas y a un convento benedictino que quedaba en la provincia. Ahí las acompañaba mi tía Maruja. Igual, el encanto no les duraba mucho.
Cuando estábamos por perder la casa, mi tía Gorda amenazó con presentarse al remate con un sombrero y velo, para que no la reconocieran. Pensaba ofertar de mentira y armar un escándalo. No sé si lo hizo. Era capaz. Porque también juró que iba a enterrar al marido, y cumplió.
De viejita, mi tía Gorda se volvió muy dulce. Le gustaba leer lo que yo escribía, aunque se quejaba por la letra chiquita. Me dijo que nunca deje de hacerlo. Y una tarde me regaló su bolsito pastillero.

The other side

Fui al Barrio Chino a comprar mariposas de tela. La que elegí para el ventanal de la oficina es ocre con violetitas y tiene pinta de hada. Todavía no la bauticé. Otra, más chica, terminó en el marco del ventanal de mi casa. De tan verde y amarilla parece de verdad. Es la primera vez que se me da por las mariposas: yo soy más de ranas y lagartijas. Me parece que el cambio es un buen síntoma, como un permiso para lo etéreo y capaz que lo romanticón. Es que últimamente estoy muy que Papá Noel son los padres. Pero se ve que no alcanza con colgarlas acá y allá. Ahora, cada vez que entro al cuarto, me encuentro con un polillón descomunal con ganas de morfarse la cortina. Da un poquito de impresión. Hasta que me acostumbre.

jueves, 22 de mayo de 2008

De a dos

Una vez tuve un novio esquizofrénico. No es tan grave como parece. Tenía el pelo enrulado y soñaba con ser actor. Yo le decía “el Peluche”. Lo había visto en fotos, en casa de unos amigos, y me gustó su aire medio a lo Dylan, o algo así. Además, estuvo eso del “ni se te ocurra” cuando pedí que me lo presentaran. Ahí me enteré que había estado internado. Un sábado hubo una fiesta, nos fuimos juntos y el lunes me llamó a las ocho de la mañana para que nos veamos esa misma noche. A la semana éramos novios.
El Peluche no parecía mucho más loco que cualquiera de los otros con los que yo había estado. Se despertaba temprano, iba a la cocina y volvía a la cama con el mate preparado, que se tomaba solito. Una pava entera, sentado como un Buda, bamboleándose un poquito de adelante hacia atrás, mientras escuchaba la radio. Al principio me parecía gracioso. Después le pedí que usara auriculares y que tratara de quedarse quietito, así yo podía seguir durmiendo.
Los fines de semana alquilábamos cinco o seis videos y hacíamos maratón. Tenía gustos raros: quiso ver tres veces seguidas “Los puentes de Madison”. No me acuerdo mucho sobre lo que charlábamos; capaz que sólo me escuchaba, porque en aquella época yo hablaba mucho. En cierta forma, él era alegre. Se reía cuando me explicó de la madrugada en que había corrido desnudo por el medio de la 9 de Julio: “Me dieron muchas ganas”. Todo lo que me contó del hospital, que no fue mucho, me lo olvidé.
Insistió para presentarme a su familia. El padre era bastante callado. La madre usaba anteojos grandes y me miró raro durante toda la comida. Debo haber elogiado las berenjenas en escabeche porque a partir de esa noche, cada dos por tres el Peluche aparecía con un frasco que ella me mandaba. Yo les agregaba ají molido, laurel, ajo y pimienta en grano, porque le salían un poco sosas. Una vez se me fue la mano y terminé deshidratada de tanto vomitar. Estuve un día internada. De la clínica me fui directo al Easy y compré una cajonera, que el Peluche me ayudó a pintar. Quedó un poco desprolija.
Un día conté en terapia que sí me daba un poquito de miedo, pero sólo cuando fumaba porro o tomaba mucho, porque sonreía y me miraba raro. El hermano ya me había dicho que no dejara que lo haga, que eso no era bueno, por la medicación. Parece que tenía razón. El terapeuta me habló mucho y esa misma noche llamé al Peluche. Lo dejé por teléfono. A los dos días me dejó las llaves con el encargado, las había envuelto en una de esas hojas canson que se usan para el colegio. Adentro escribió que esperaba que se me pase y que si algún día tenía un hijo, que lo llame Martín. A él le gustaba ese nombre.
Hace unos años lo encontré en un tren. El iba a un casting. Me preguntó si yo ya estaba mejor. Le mentí.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Hoy

El lunes había posteado esto:

El me dice Rata, Ratita o Ratín. Y yo lo llamo Mosquito. Es demandante, obsesivo, prolijo, despectivo y vive pendiente del qué dirán. Le encanta destacarse. No me gustan esas cosas pero por cada una de ellas también es mi amigo. Es el que conoce de memoria mis inseguridades y pone cara de indignación cuando le pregunto si estoy fea. Lo quiero y nos reímos mucho.
Esta es una noche horrible para Mosquito. Ya hice la cadena a la de Guadalupe, como me pidió, y muchos contestaron cosas lindísimas. Flor va a prender una vela y Clau va a pedirle a su abuela, que es milagrosa. Bada sumó a toda La Horqueta, Astrid a una que es del Valle y Adri a los angelitos. Pero a lo mejor no soy la mejor intercesora, la verdad es que soy más cabulera que creyente y detesto a la iglesia. Por eso, si a alguien le sale algo mejor, será bienvenido. Para mí que alcanza con un “salvá a Ale” o algo por el estilo.


Después lo borré. Qué sé yo. Pero ahora que Ale fue operada y sigue acá –peladita y demasiado frágil pero acá-, por ahí sí tiene sentido contar que gracias y que a lo mejor no soy buena pero igual funcionó. Y que el pedido sigue en pie.

domingo, 18 de mayo de 2008

Se ve que no

Me mandaron a lo de un amigo de la familia, al que le decíamos “tío Cacho”. Con el tiempo fue Cacho o Cachito, a secas. Tengo la imagen de un frente con piedritas puntiagudas y una fila de árboles en toda la cuadra. Creo que era en Caseros, pero no estoy muy segura. La mamá de Cachito y la hermana estaban en la puerta cuando llegamos. Me quedé ahí dos días, jugué y me dieron mucho de comer. Son dos cosas que todavía hoy me gustan. Una mañana vino Cachito y me llevó de vuelta a casa en su Fiat 1100. Mamá estaba sentada en el comedor.
-Tu papá se murió.
-¿Y dónde está?
-En el cielo. Podés rezarle.
Arriba de mi cama tenía un angelito de yeso pintado de varios colores; no era una figura entera sino una cara, unas alas que le asomaban a cada costado y una argolla dorada flotando sobre la cabeza. Fui a saludarlo y volví rápido con mamá.
-¿Puedo ir a jugar?
Me dijo que sí. Unos meses después cumplí cuatro años.

Después de muchos años entendí qué había pasado. Una vez mi terapeuta dijo que era como un agujero que no iba a llenarse nunca. Yo me miré la panza, porque sentí que lo tenía ahí, y me pareció muy lógico.
Ayer a la noche fui a lo de mi hermana a ver una peli. A lo diez minutos de empezar, a la protagonista se le moría el marido. Las dos nos largamos a llorar como si nos hubiera pasado a nosotras. Y seguimos así hasta el the end, agotando el paquete de servilletas Sussex. Al principio, nuestra amiga, que estaba sentada entre las dos, nos daba palmaditas a una y a otra. Pero después se cansó. Cuando prendimos las luces, dije: “Es muy mala”, y me fui al baño a buscar papel higiénico. Mi hermana, que es más conciliadora, se ocupó de explicar: “Se ve que no pudimos superarlo”. Hoy me llamó para preguntarme cómo estaba. Me contó que ella también se había quedado pensando.

martes, 13 de mayo de 2008

La del campo

Se llamaba Estela y vivía en Pilar. Creo que era la única de las seis hermanas de mamá que estaba enamorada del marido. Tanto, que ellas la llamaban “Estela la loca” y a él, “Roberto el hermoso”. Era una broma de los mayores. Yo la repetí una vez y ligué un bife.
Mi tía Estela era la menos habilidosa de esa tribu de hermanas que se destacaban por saber cocinar, coser y malgastar el dinero. Estela, en cambio, se enorgullecía de aprovechar retazos de lo que fuera, que transformaba en estofados y vestidos. Y se mostraba tan contenta, que nadie se animaba a decirle lo espantosos que eran. Una vuelta, hizo una pileta ella solita. Cuando fuimos a visitarla, nos recibió con su clásico: “Chiicaaas”. Ella siempre saludaba así. Hoy, cada vez que escucho un “chicas” me suena deslucido, sin ese entusiasmo larguero de tan atropellado. Ese mediodía nos llevó frente a algo así como una caja estirada, de cemento, pintada de celeste. Llamarla pileta era un insulto a las Pelopincho. Pero igual lo celebramos. Que yo me acuerde, sólo chapotearon ahí el perro y un conejo que casi muere ahogado.
Cuando yo era chica, Pilar era campo. Mi tía criaba gallinas y un chancho descomunal. También tenía un almacén, en la parte de adelante de la casa. Cuando mi primo Robertito (el único hijo de Estela y Roberto) dejó el secundario, lo pusieron a trabajar en el negocio. No sé si por resentimiento o astucia, cada vez que empaquetaba el azúcar colocaba 900 gramos en vez de 1 kilo.
En las vacaciones de invierno que pasamos con mi hermana en Pilar también estuvo unos días mi prima Cristina, que vivía en Mendoza. Una mañana, ella y Robertito desaparecieron. Nadie quiso decirnos dónde estaban; cuando preguntamos, nos mandaron juntar huevos, aunque ya sabíamos que eso se hacía a la tarde. Después llegaron unas tías, que se encerraron con Estela en la cocina. Ese día nos volvimos a Capital. Unos meses después nos enteramos de que Robertito y Cristina estaban viviendo juntos en Mendoza.
Al lado de la casa de mi tía Estela había un caserón abandonado. Contaban que lo estaba construyendo una pareja que pensaba ir a vivir ahí después de casarse. Parece que la novia se murió en la luna de miel y entonces el viudo se fue a Europa. Mi hermana y yo íbamos a jugar ahí y nos asustábamos una a la otra diciendo que acabábamos de ver al fantasma de la novia. Que tenía el velo roto y sucio de barro. Mi tía Estela nos tenía prohibido ir al caserón. Un feriado, mi tío hizo ahí un asado e invitó a un par de vecinos borrachines. No sé cómo fueron las cosas, pero todo salió en la quinta de Crónica. Le pegó un tiro en la pierna a un chico que se había metido a escondidas en el lugar. Eso fue lo que le escuché comentar a dos vecinas de Almagro. Ellas me mostraron el cuadradito en el diario donde estaba impreso el nombre de mi tío y su dirección. Mi mamá lo negó todo. Dijo que había mucha gente con ese apellido y que cualquiera se equivoca una calle. Pero mi tío Roberto no estaba cuando íbamos a Pilar y, al final, todo quedó como un gran sobreentendido.
Pasó algún tiempo hasta que un domingo, después de una semana de muchas llamadas telefónicas entre familiares, hubo un almuerzo en casa de mi tía la de Florida. Nos ordenaron no hacer preguntas ni comentarios. Cuando llegó, Estela quiso saludar pero sólo le salió la mitad del “chiicaaas”. El resto fue llanto. Alguien la abrazó. No fue tío Roberto, que estaba detrás de ella. El traía un bolso alargado en la mano. Lo abrió y le entregó a mi tío Leber (el dueño de casa) algo que parecía una escopeta. Después, nos sentamos a comer. Ese mediodía también se emborrachó, pero poquito.
Al otro año, mi primo Robertito volvió a Pilar. Ya no nos dejaban estar con él a la hora de la siesta, cuando empaquetaba el azúcar. Finalmente, el almacén se incendió.

Mi tía Estela y mi tío Roberto se murieron. No fui al velatorio de ninguno de los dos. Peor: me enteré mucho tiempo después. Es que cada uno quiere a su manera. Yo los escribo.

viernes, 9 de mayo de 2008

La memoria de los gatos (Parte I)

Dijo que me extrañaba y que necesitaba verme. Hacía cinco años que nos habíamos separado; al poco tiempo, volvió a casarse y no supe más de él hasta ese llamado. Le contesté que no me parecía una buena idea eso de encontrarnos. No preguntó por qué ni yo se lo hubiera explicado.
Cuando colgué, volví a la cocina para seguir preparando la ensalada. Sobre la mesada estaban los tomates, las zanahorias y unas plantas de lechuga a medio cortar. Todo tenía un aspecto desolado; los colores resplandecían sin mucho sentido, como las guirnaldas de una fiesta que nunca llegó a celebrarse. Aunque ya había lavado las verduras, volví a guardarlas en la heladera. Al otro día tuve que tirarlas. Mala suerte. Comí una manzana mientras miraba en la televisión una película sobre un saxofonista heroinómano. Me hizo acordar a un cuento que había leído alguna vez y a muchas otras cosas más.
Volvió a llamar a la noche siguiente. La conversación fue más o menos la misma. Agregó que estaba arrepentido. Esa vez fui yo la que no quise averiguar. Me pidió que no sea mala. “Aunque sea un café, Vainilla”, insistió. El me llamaba así; sobre todo, cuando quería algo. Se volvía como un nene, insistía mucho y terminaba las frases con el famoso Vainilla. No me acuerdo cómo nació el apodo; a lo mejor, de alguna broma. Y ahí quedó. Cuando nos separamos, dijo: “Yo siempre voy a quererte, Vainilla. No te olvides”. Aquel día, los dos llorábamos. Sabíamos que no era uno de nuestros tantos distanciamientos, esa vez era de verdad. Estábamos cansados de querernos así. A veces pasa. Todavía no sé por qué, pero pasa.
-Aunque sea un café, Vainilla.
-Ya te lo dije: no.
-¿Qué pasa que se escucha tanto ruido?
-Hay un acto en un colegio de acá a la vuelta.
-Pero si es de noche.
-Será una kermese.
-¿Y todo ese ruido llega hasta tu casa?
-Parece que sí.
-¿Te acordás lo del conventillo?
-No.
-Cuando hubo un baile en el conventillo de la calle Serrano y fuimos a pedirle que bajen la música; les dijiste que teníamos un hijo muy enfermo, que necesitaba dormir. ¿En serio no te acordás?
-De veras.
-Qué raro. Al final, terminamos bailando con ellos, todos borrachos. Nunca supiste mentir, Vainilla.
-Y eso que tuve buenos maestros.
-No seas cínica. Vos no eras así.
-Cada uno se convierte en lo que puede.
-¿Ves? Por eso quiero que hablemos. Podemos juntarnos en el barcito de la plaza.
-En serio, no tengo ganas.
Hacía mucho tiempo que no me dolía la panza como en ese momento. Justo ahí, arriba del ombligo. Me estiré y respiré hondo; empecé a masajearme y traté de imaginar el silencio. Pero él insistía.
-¿Te casaste?
-Vivo con alguien.
-¿Y está ahí?
-Tiene un restaurante y llega más tarde.
-No debe ser lindo comer sola todas las noches.
-A veces lo espero, si no estoy muy cansada.
-¿Qué pasó, Vainilla? A vos te gustaba cocinar, hacer pic-nic en la cama y mirar tele abrazada. ¿Te olvidaste de todo eso?
-Los domingos son así. El resto de la semana estoy con alguien que llega tarde. Llega tarde pero me quiere y no nos lastimamos.
-Yo también te quiero. Te llamo mañana y vamos a cenar.
-No.
-Ya lo sabemos, Vainilla. Siempre lo dijimos. Por más que intentemos otras relaciones, vos y yo vamos a terminar juntos. Es así.

La memoria de los gatos (Sigue acá)

No dejé que siguiera hablando. Colgué y desenchufé el aparato. Al rato llegó Agustín, traía un gatito que había encontrado en la calle. Era muy chico, ni siquiera maullaba y no dejaba de temblar. A lo mejor por eso le costaba mantenerse parado. Agustín lo envolvió con una toalla, se lo colocó en el regazo y le dio de tomar leche con una cucharita. Pero ni aun así se le iba el miedo.
-¿Los animales tienen memoria parecida a la humana?
-No sé. Mañana le preguntamos al veterinario.
-El jilguero de mi tía quedó traumado después del incendio.
-¿Qué incendio?
-Se prendió fuego el lavarropas. Mi tía guardaba las jaulas en el lavadero y, aunque las sacaron a tiempo, el jilguero quedó con el pico abierto durante diez días. No te rías, no es gracioso.
-¿Cómo era que se quedó el pájaro?
-Así.
-Vení, payasa. ¿Qué es lo que te preocupa?
-Capaz que este gato sufrió mucho y no va a reponerse de eso. En el fondo, siempre será malo.
-En ese caso, lo mandamos a terapia y listo.
-Qué tarado. Te lo digo en serio. Hay cosas que te marcan.
-Y bueno, qué vamos a hacer. Será un gato amargado, pero no vamos a dejar de quererlo por eso.
-¿No?
-Cualquiera se encariña con un idiota feliz. Nosotros, no. Y estamos muy orgullosos de ser los dueños del gato más resentido de todo Congreso.
Nuestro departamento era antiguo; los cuartos grandes, con techos altos, le daban un aspecto de casa. Eso fue lo que nos gustó cuando lo vimos, aunque la señora de la inmobiliaria insistía en la pinotea y las molduras. Una casa es más que un proyecto, es algo consistente. La noche del gato estábamos los dos abrazados en uno de los sillones del living; mirábamos al animal, que dormía sin dejar de temblar. A pesar de que era una piltrafa, así arropado se confundía con un bebé. Parecíamos una familia. Sin dramatismos ni euforia. Era algo lindo. Agustín también se quedó callado; con dos dedos de una mano rascaba la cabeza del gato y con la otra, me acariciaba el hombro. Por eso no quise contarle lo de mi ex marido. El no hubiera podido entender algo así.
-¿Y si lo llamamos Funes?
-No seas complicada. Es un gato, no una escuela. Pensemos algo simple.
-Es por Funes, el memorioso. Para que se acuerde siempre de lo bueno y de lo malo.
-¿No es más fácil decirle Negrito?
-Dale, no seas malo. Mirá: parece que está ronroneando.

La memoria de los gatos (Termina acá)

Al otro día, mi ex marido llamó más temprano que las otras veces. Apenas sonó el teléfono supe que era él. Esa vez le pregunté yo por su matrimonio.
-Pasaron cosas horribles, Vainilla.
-Siempre pasan. Por buenas intenciones que haya, en algún momento…
-No entendés. Esa mujer se ocupó de destruirme. Me hizo desgraciado de todas las formas posibles.
No hubiera sido tan difícil adivinar el porqué. En ese momento el gato salió de su escondite, debajo del sofá, y se acercó con titubeos hacia el plato con comida que le habíamos puesto al costado del sillón. Se lo arrimé con un pie y ese movimiento pareció asustarlo porque volvió a su refugio. Mi ex marido seguía hablando. Dijo algo de un monstruo y también de un simulacro. Me gustó cómo sonaba la palabra “simulacro”, tenía la fuerza de una acusación. A lo mejor, Funes sólo estaba jugando.
-Algunas personas no se dan cuenta de que están un poco locas.
-No entiendo a qué te referís.
- Están medio trastornados pero no se enteran. Y hacen cosas malas sin saberlo.
-Te aseguro que no era nuestro caso. Ella entendía muy bien lo que estaba haciendo.
-Quién sabe. ¿Sabés? Mi vecina de abajo guarda basura de la calle en su departamento y todo el edificio huele mal.
-¿De qué estamos hablando?
-De que no siempre hay culpables. Ella dice que la junta para que no quede tirada por ahí. Y que en su casa hace lo que quiere.
-Decime la verdad, Vainilla: ¿sos vos la de la basura?
-No. ¿Por qué pensás algo así?
-Igual, aunque fueran cadáveres, no me importaría. Te ayudaría a recogerlos. Vos y yo vamos a compartir todo.
-A ver si te queda claro: no soy yo, es mi vecina, la que vive en la planta baja. La usé como ejemplo.
El me respondió que, en algún sentido, todos guardábamos basura y hasta cadáveres. Tenía razón. Pensé si Agustín también escondería algo pero no pude imaginar qué. A él le gustaban mucho las explicaciones breves y lógicas. Hacía verdaderos esfuerzos para no impacientarse frente a mis respuestas, se mordía el labio inferior y estiraba el cuello para atrás y a los costados mientras yo intentaba contarle por qué estaba triste o malhumorada. Después, sintetizaba en una sola frase lo que había escuchado. La gente tan concreta no pierde mucho tiempo con el pasado.
-Parece que no hay muchas salidas, ¿no? Es triste. Ojalá no hubieras aparecido.
-Los dos sabíamos que esto iba a pasar. Siempre lo dijimos. ¿Te acordás, Vainilla?

miércoles, 7 de mayo de 2008

Don de eludir

No entiendo para qué sirve el Facebook. Pero te busqué por ahí y no estabas. Fue un alivio. Hubiera sido muy triste comprobar que seguís teniendo una vida por ahí. Y yo con tantas ganas de insultarte como de besarte.

domingo, 4 de mayo de 2008

Arenga

Sábado a la mañana: llevo ropa para arreglar a Ine. Ella atiende el Lavasec de la calle Uriarte, que vendría a ser algo así como su atelier. Me dice que estoy muy flaquita y le explico: mucho trabajo, la búsqueda de departamento, que al final renuevo el contrato… De paso, aprovecho y comento que me aumentaron el 70% del alquiler y 0% del sueldo. (Es que Ine a veces se zarpa con el precio de los arreglos y yo no soy buena regateando). Ella asiente: una barbaridad, que cómo estamos y adónde vamos a ir a parar. Entra un cliente con bolsita para lavar. Es un vecino de mi edificio. Las dos saludamos y seguimos con cacerolazo verbal. Como para dar un broche -y no perder de vista el mensaje sublimizar-, digo:
-Por eso, Ine, entre nosotros tenemos que ayudarnos más que nunca.
Siento que sólamente me falta un balcón para ser Esthercita Goris.
Hasta que de atrás se escucha:
-Entonces, esta noche prestame el Mini Cooper.
Mi vecino tiene la sonrisa de los que se creen muy ingeniosos. Yo no entiendo bien de qué me habla hasta que me acuerdo: el auto de C., que un par de veces me trajo a casa. Trato de explicarlo pero es como poner Poxipol a un globo.
No hay nada que hacer: un amigo rico te desequilibra la imagen.

martes, 29 de abril de 2008

Instrucciones para comprar muebles

Por ejemplo, una mesita ratona para el living. Se consigue una cinta métrica y se mide el largo y el ancho que uno quiere. Después, y esto es importantísimo, hay que colocar hojas de diarios que respeten esas medidas en el mismísimo lugar que ocupará la mesa. Así, una tiene una idea exacta de las dimensiones concretas del mueble (detalle fundamental para alguien que va por la vida teniendo como único uso métrico el “más o menos de acá hasta acá”).
Todo esto lo aprendí hoy a la mañana, cuando me entregaron la famosa mesita que tanto me costó encontrar. El asunto es que desde que decidí comprarla tenía muy claro el modelo: patas torneadas –creo que se les dice así. Yo las dibujo con los dedos y los vendedores entienden-, moldura en los bordes, precio irrisorio. Me llevó meses hasta que finalmente me topé con el señor Alberto, dueño de Muebles BH. El me mandó hacer una como yo quería, me regaló el lustrado y hasta me aconsejó otro tamaño porque con 1,10 de largo iba a ser un armatoste. El sábado fui a verla y había quedado divina. El asunto del barniz no me gustó tanto (le daba un aire a cajón de muertito) pero tampoco era muy grave. Arreglamos la entrega para hoy.
Esta mañana llega la mesita, la coloco delante del sofá y me doy cuenta de que quedó chica hasta lo ridículo. Era como si al living le hubiera salido un grano. Algo así. También había comprado una biblioteca, porque la que tengo es retacona y sólo me entran la mitad de los libros (el resto, junta pelusa en el piso del placard). Total: la nueva es mucho más alta que la otra -cinco estantes contra tres-, pero también más angosta. Entran apenas quince libros más. Antes de comprarla yo había hecho el cálculo: ancho y altura de una contra ídem de la otra, y me pareció que en la nueva entrarían, fácil, casi todos los libros del placard. Se ve que en algún punto de la multiplicación de estantes y libros me perdí. Total: hacía mucho que no me enojaba conmigo misma como esta mañana.
Fui hasta la mueblería. Le expliqué al señor Alberto que todo bárbaro, salvo dos cuestiones: chica, chiquitísima, la mesa y biblioteca angosta. Por suerte, fui breve y precisa, no se me escapó ni un lamento ni una súplica. Nada. Todo fue de lo más ascéptico. “Tengo este problema. ¿Qué se hace en estos casos?”: más o menos así fue mi tono. Alberto, porque a esa altura de la charla ya nos tuteábamos, dijo algo así como que yo y las medidas no nos entendíamos muy bien y enseguida me mostró una mesa. Sí, ése era el largo: 1,10. Después, me llevó frente a otra más. Sí, ese ancho, o un cachito menos: resultó que 60 centímetros. Con la altura fue un poco más dificultoso pero finalmente encontramos otra mesa que nos sirvió de modelo. Alberto levantó el teléfono y encargó: patitas torneadas, moldura en los bordes, medidas exactísimas y sin barniz. Me cambió la biblioteca por una más ancha y pagué la diferencia por eso. Además, me hizo una factura para que yo archive, como hacen las personas ordenadas cuando compran muebles.
Alberto se llama Chattah, tiene la mueblería en Pueyrredón al 1300 y una hija que vive en México. Alberto hace unas cosas lindísimas, sonríe cuando te ve contenta y también recomienda buenas playas. Alberto es lo más. Te rescata del peor de los enojos y de sentirte una incapacitada mental.
Hasta que me entreguen los nuevos muebles voy a seguir con la micromesa y la biblioteca insuficiente en el living. Pero ya no me acusan.

domingo, 27 de abril de 2008

XX

Domingo al mediodía, mensaje de texto, número desconocido: “Soñé con vos”. Muerdo el anzuelo. En mi celular hay un par que ya no figuran como identificados pero que podrían haberlo enviado. Me acuerdo de ése que reapareció una madrugada, también vía SMS, con un: “¿Estás?”. Me gustaría que fuera ESE, aunque la verdad es que se portó para el traste. Pero seguro que su relato del sueño va a hacerme reír. El tenía esa cualidad. Por las dudas, sigo el juego y contesto: “Qué intriga”. Y espero. Diez segundos. Veinte. Treinta. ¿Qué estará tecleando? Casi un minuto. Una vez ESE me contó un chiste y yo no me reí. Creo que estaba enojada con él. Cuando un tiempo después se lo escuché a un compañero de trabajo sí me causó gracia. Me dieron ganas de llamarlo a ESE y contárselo, pero me acordé que ya no nos hablábamos.
Llega la contestación: “Sí”. Raro. ESE podría llegar a hacerse el misterioso, pero nunca tan lacónico. El que tiene ese estilo es otro, con el que no me dan muchas ganas de jugar. Entonces, contesto: “¿Quién sos?”. Al segundo, la respuesta: “Silvia”. Conozco Silvanas, una remotísima Silvina y hasta un Silvio, pero ninguna Silvia. Y menos, una que sueñe conmigo. Le contesto: “Te equivocaste”. Y firmo con mi nombre. Al rato, otro mensaje: “Ya sé. Soñé con vos”. Definitivamente, hay intrigas que no me van. Apago el celu y, cuando a la tarde vuelvo a encenderlo, borro todos los mensajes.

jueves, 24 de abril de 2008

Atención al público

No soy clienta del Lavasec de Uriarte pero sí de Inés, que además de atenderlo es modista. Al principio teníamos una relación más formal; ella venía a casa para tomar medidas o marcar dobladillos, porque no quería mezclar un trabajo con el otro. Después, nos ganó la confianza. 

Hoy, de vuelta del gimnasio paso por el lavadero. Inés, que está con uno que vende suavizantes y esos productos, me alcanza la camisa sin dejar de discutir. Voy detrás de un lavarropas, cambio remera por camisa, vuelvo al frente y uso de espejo la puerta de vidrio del aparato. Le aviso: “Quedó divina, Ine”. Ella no contesta; es el chico el que levanta la cabeza y dice que sí, que está linda. Y siguen peleando por la factura.

martes, 22 de abril de 2008

Modelo de carta documento

“En la semana hablo con el director del área para que te entreviste.
Va a alegrarme mucho que tus cosas se encaminen, así podés devolverme los 200 dólares (cuota de viaje a NYC. Do you remember?)”.

(Mail a una especie de ex, que reapareció después de una década para pedir ayuda laboral)

domingo, 20 de abril de 2008

¿Yo qué soy?

Una vez se lo pregunté a la terapeuta y ella se encogió de hombros. Hizo un gesto con la boca que interpreté como: “¿Quién lo sabe?”. Y ahí quedó: en lo desconocido y poco importante. Pero la verdad es que me inquieta bastante el asunto.
Tengo dos gatas; la primera llegó directo desde la terraza del portero hasta la mía. Todos los días saltaba el paredón y se instalaba en casa. A la mañana, antes de ir a trabajar, yo agarraba el paquetito de mugre y pulgas del cogote y se la devolvía al portero. En uno de esos días, él me contó que la había rescatado de la calle, donde unos chicos estaban pateándola como si fuera una pelota. El portero no se conmovía así nomás, pero justo se acordó de que su mujer había encontrado caca de rata en la terraza. Y así fue como la gata fue a parar al séptimo piso de Libertad 145. La tipa ganó por porfiada, un día me cansé del rito de las devoluciones y la llevé directo al veterinario. Mi (ex) marido insistió y terminamos quedándonos con ella. Aunque a mí no me caían muy bien los gatos, la verdad es que ésta era de lo más clichera: jugaba con un ovillo hasta desquiciarse con la trama de hilos y maullaba a los murciélagos y a los videos de MTV. Muy graciosa. Un sábado a la tarde se me dio por bañarla y creo que ese día se rompió mi idilio con ella. Cada una quedó espantada con la otra, sólo que yo estaba más arañada. Para el cumpleaños de mi (ex) marido, resolví el tema del regalo con una siamesa. Ya estábamos en crisis y pensé que una distracción ayudaría.
En la división de bienes me quedaron los gatos. Mi (ex) marido fue muy convincente a la hora de explicarme que él no iba a poder cuidarlos. Le costó desprender de ellos y, durante un tiempo, cada vez que yo me iba de viaje venía a mi casa a darles de comer. Me contó que les hablaba. No lo dudé.
Los gatos casi se quedan pelados por la separación y la mudanza. El veterinario dijo que tenían estrés y durante un tiempo traté de darles un polvo multivitamínico mezclado con la comida. Cuando ví que además de pelados se habían vuelto anoréxicos, desistí.
Pasaron quince años y acá estamos las tres. La callejera se volvió una holando argentina y la siamesa sigue igual. Las dos son demandantes de mimos, que casi nunca les hago. Hace más de una década que no pisan una veterinaria. Cuando a la mañana vienen a despertarme porque tienen hambre, las revolearía (y a veces lo hago. Depende). No las saludo cuando llego a casa (antes, sí). En general, me hinchan bastante. Una amiga me comentó que uno era igual a cómo trata a los animales. Me quedé preocupada y se lo pregunté a la psicóloga.

jueves, 17 de abril de 2008

Provocación

“Vos tampoco sos el Dalai Lama…”

Lo dijo un chico con ojeras que hablaba por celular con voz enojada. Me dieron ganas de seguirlo para escuchar el resto de la discusión, pero ya llegaba tarde al trabajo y hoy no era un día para too late. Después, me quedé fantaseando con historias de gays y falsos budistas. Me pueden las ojeras masculinas.

domingo, 13 de abril de 2008

En casa

Termino el relato. Enciendo por primera vez la estufa. Edito. Hablo mucho por teléfono. Fumo ídem. Me hago la ofendida un rato pero al final claudico y me río. Los gatos duermen. Cocino pastas. Es un lindo domingo. No pisé nunca la calle.

A segunda vista


Me gustás.

jueves, 10 de abril de 2008

Una tregua

Había muchas cosas que me irritaban pero con el tiempo les tomé cariño: los consejos tan de revista Mía, que a veces no filtrara mucho lo que decía –no tenía por qué enterarme que le parecí muy pirucha la primera vez que nos vimos-, sus recomendaciones de pelis, la falta de cinismo, sus aprobaciones exaltadas, la cara de cansancio que tenía algunas noches y, sobre todo, el optimismo. Parecía creer mucho en mí y en los buenos finales.
Dos veces quise patear todo y todavía no sé cómo logró que le diera changüí. Lo bien que hizo. Las cosas empezaron a funcionar mejor, y hasta bien. Después, nos desorganizamos un poco con su mudanza, o ese fue el pretexto. Hubo un poco de distancia, pero yo sabía que íbamos a volver a vernos porque así es la vida.
Por eso, lo de ayer resultó un poco inesperado. Me dio el alta por teléfono. Se la notaba contenta y no cedió cuando le pedí una última sesión de cierre. Pero dijo que podía llamarla cuando necesite.
Se acabó terapia.

lunes, 7 de abril de 2008

(De)formaciones

Parece que una parte del destino de los G. se resolvía en la sala de partos. Papá nació tan rubio que lo apodaron Chala. Lo raparon y cuando volvió a crecerle el pelo descubrieron que era pelirrojo; entonces, le quitaron el sobrenombre.
Igual, tuvo más suerte que su hermano Carlos Federico, a quien todos en la familia llamábamos Pito. La partera había anunciado su sexo de manera contundente: “Es un pito”, y así quedó.
Con la misma vehemencia, esa partera describió a la primogénita: “Es un cuco”. Y Lucrecia fue Cuca hasta su muerte.
Papá creció sin apodo y entiendo la fascinación que debió sentir cuando conoció a mamá. Aunque ella se llamaba María Mercedes, nunca en su vida respondió a otro nombre que no fuera el de Raquel.
Yo heredé la manía por apodar.

sábado, 5 de abril de 2008

Un bollo

Es raro. Estoy muy contenta pero en algunos momentos me agarra una puntada de algo que no sé bien qué es. No me animaría a llamarlo tristeza porque eso es algo mucho más general, no viene en rebanadas (me gusta la palabra rebanadas: es una buena imagen esa de rebanadas de sol o de sombra sobre una calle o un edificio). Mi sensación es más parecida al desasosiego, que vendría a ser la rebanada absoluta. En esos momentos me siento un poco perdida, desamparada, agobiada, qué sé yo… Entonces, ayer a la madrugada hice una lista de todas las cosas que me pinchan, para ver si le encontraba la punta a la aguja. Descubrí que desde hace un tiempo me olvido de hacer cosas importantes, como comprar la mesa del living, terminar el relato para el taller, averiguar lo de las clases de inglés, escribirle a Pepe, o ir a terapia. Es más, había planificado un fin de semana distinto a éste que empiezo, sin tener en cuenta que tengo que ver departamentos si quiero mudarme.
También está el asunto del corazón: hace mucho que no me enamoro. Las cosas no prosperan cuando conozco a alguien; en algún momento, alguno de los dos se espanta del otro. El último habló mucho y muy mal de su ex. No da. Mi ex marido dice que soy una de las mejores cosas que le pasó en la vida. Cuando murió mamá, él cargó el cajón; se puso adelante de un ex noviete mío, con el cual se odiaban. También ayudaron el segundo ex marido de mi hermana y otro cuarto ex que no me acuerdo de cuál de las dos era. Cada una aportó lo que pudo al cortejo. Y estuvo bueno. Me parece que para eso está el pasado: para ayudar a llevar algunos presentes. No diría que mi ex marido es una de las mejores cosas que me pasó en la vida pero en su momento sí lo creía. Y punto.
Lo que me pasa es que tengo un bollo de cosas pendientes y cada vez que miro a un rincón, salta alguna nueva. Ya sé que hay más de las que anoté en ese listado de dos carillas, pero capaz que ahora no me agarran tan desprevenida. Porque lo peor es eso: no saber qué acecha.

miércoles, 2 de abril de 2008

domingo, 30 de marzo de 2008

Domingo clasificado

Dueño alquila 3 ambientes en Santos Dumont al 2700, 15º “A”. La vía corta la calle una cuadra antes, no hay manera de cruzarla y tengo que hacer una gran voltereta. Me gusta el puente de Ciudad de la Paz y el pedacito de calle adoquinado que hay debajo. Miro las vías por si viene el tren y puedo pedir tres deseos, pero no. Sigo caminando. Ya media desorientada, en Amenábar pregunto a un señor con barba oscura y bastón beige, muy parecido a un duende. No conoce Santos Dumont. Cuando la encuentro, desde la esquina espío al edificio: es el monoblock de Crámer. Dudo un rato pero al final desisto. Una pajarera por otra: no vale la pena ese alpiste. Cuando vuelvo me cruzo de vuelta con el señor duende; me pregunta si encontré la calle y sonríe cuando le digo que sí, pero que sólo quería verla. Se despide: “Que tengas un lindo domingo”. Me dan ganas de creerle.

3 ambientes en Guatemala y Borges. Sin sol y con moquette gris. Increpo a la que lo muestra. Ella insiste en que no me mintió cuando hablamos por teléfono: sí hay sol (en lavadero y cocina) y no es moquette sino carpeta. Tocan el portero eléctrico una y otra vez, ella contesta que ya baja pero sale al balcón. La sigo. Durante un rato, las dos nos quedamos embobadas mirando la torre que acaban de construir enfrente. Supongo que cada una piensa en su destino.

viernes, 28 de marzo de 2008

La bóveda

Está a nombre de los Montiel. Supongo que serían amigos de la mamá de mi papá, que era de Entre Ríos. Ella no quería que la llamáramos abuela, así que para nosotros Laura Alcira siempre fue Lala: una mujer tan linda como complicada. No sé mucho más de ella. Es que por el lado paterno, la historia viene medio deshilachada (hay familias que tapan con silencio sus turbulencias, y parece que en el otro hemisferio de la nuestra habían revoloteado un par de mariposas).
Cerquita de Lala está el abuelo paterno; él se murió antes de que yo naciera, pero no sé si me hubiera caído muy simpático. En las fotos no se lo ve muy abuelito. Aunque capaz que es ese gen G. que nos hace parecer medio desaprensivos y resulta que no, que al contrario. Mi hermana zafó de eso: ella es pura expresividad. Cuando yo era chica –y mofletona- me parecía mucho a las fotos del abuelo. Ahora sólo me quedan los labios cortos y un gusto mayúsculo por lo escrito. Mi abuelo era tan amigo de Natalio Botana, que tenían una biblioteca en común. Dicen que era una de las mejores de Buenos Aires y debe ser cierto, porque los dos libros que nos quedaron tienen una encuadernación lindísima, con las letras de los títulos y autores grabados en oro. El que sabe mucho del abuelo es mi primo el Monseñor. Yo soy muy burra con la historia argentina. El año pasado, Monseñor G. me mandó mails contándome del abuelo y ahí me quedó claro que era un tipo grosso, admirable. Y me dio cariño.
La abuelita, la mamá de mamá, también fue a parar a la bóveda. Esto no les cayó muy bien a los G., pero como son muy educados nunca intentaron desalojarla. Una vez nos mandaron la cuenta adeudada en el cementerio. Nos afligimos, nos negamos a pagarla y listo. La primera vez que fui a la bóveda fue para visitar a la abuelita, porque yo siempre la extrañé. El lugar me pareció una iglesia chiquita, con tanto candelabro y mantel de hilo con puntillas. No me acuerdo de la ubicación de papá y de la abuelita, pero ojalá estén cerca porque se llevaban muy bien.
La segunda y última vez que entré a la bóveda fue para llevar a mamá. Pusimos su urnita arriba del cajón de Lala. Con mi hermana dijimos: “A ver si por fin se hacen amigas”.
Creo que en el 2010 vence la titularidad de la bóveda. No sé qué vamos a hacer con tanto difunto.

sábado, 22 de marzo de 2008

Reto al destino




Rayita: de la palangana al Golf