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martes, 7 de abril de 2009

Eran quince

“Una luz en el cielo. Pálida, helada. Sólo eso. Sólo eso fue el inicio de la llegada de los quince platos voladores que nos rodearon mientras el fogón se apagaba sobre la tierra del cerro Uritorco”.

   -No te creo.

   -Recién empiezo…

   -Por eso. Ya arrancás mal-dijo. Y apagó el cigarrillo en un resto de puré que quedaba en el plato-. Dejemos de lado que nunca estuviste en el cerro Uritorco, aunque no es un detalle menor. ¿Por qué, de entrada, mencionás que son quince?

   -Porque no eran dos ni tres, eran quince- contestó ella con tono desafiante.

   El se levantó, fue hasta la cocina y volvió con una caja. La abrió y dejó caer al piso todos los fósforos.

   -¿Cuántos son? A ver, sin ponerte a contar, decíme cuántos son.

   Pero ella no levantó la vista de las hojas que sostenía. Las apretaba con tanta fuerza que se le habían puesto blancas las puntas de los dedos. Tenía manos chicas y carnosas, ese era el único rasgo infantil que conservaba a sus 38 años. Se había enamorado de él en el segundo año de la universidad. Nunca supo cómo había logrado que aquel catedrático se fijara en ella. “Tuviste suerte”, le había dicho la madre el día que se casaron. Dos meses antes, ella había dejado la carrera. Se dedicó a organizar la agenda de conferencias y cursos que él daba. Desde la publicación del segundo libro, cada vez eran más.

   El se agachó a recoger los fósforos. Aunque era robusto, conservaba la agilidad de quienes  practicaron rugby en su juventud. Cuando volvió a sentarse, tenía una expresión que ella conocía bien: esa mezcla de tolerancia y severidad que impostaba en sus clases.

   -Es mejor que el protagonista descubra que esa luz pálida son ovnis y que después se horrorice más al contarlos. No puede pasar eso en la misma secuencia.

   -Ella.

   -¿Qué?

   -Es ella. La protagonista es una mujer.

   -¿Y el hombre dónde estaba?

   -En la carpa, durmiendo.

   -¿Y ella, afuera?

   -Sí.

   -Pero mirá qué valiente la señora… Quedarse sola en medio del Uritorco, al lado de un fogón que se apaga… ¿Y cómo sigue?

   -No sigue- dijo. Dejó los papeles y fue hasta la cocina.

   El levantó los platos de la mesa y la siguió. Ella estaba parada, con las manos apoyadas sobre la mesada y la cabeza hundida en los hombros. La abrazó por la espalda.

   -Perdoname. No me di cuenta.

   -No importa.

   -Me tomaste por sorpresa. No sabía que habías vuelto a escribir.

   -Esto no es escribir. Es una porquería.

   El le corrió el pelo de la cara, empezó a besarle la frente hasta llegar a la nariz. La llamó “mi Pinocha” y la abrazó más fuerte. Después, preparó café. Volvieron al living y, aunque insistió, ella no quiso seguir leyendo. Se quedaron abrazados en el sillón. Como se les había acabado el cognac, después del café tomaron whisky.

   -¿Cómo se te ocurrió lo de los ovnis?

   -No sé. Fue una tontería. Olvidátelo. Esta tarde confirmé lo del coloquio en Navarra. Es en dos semanas.

   -¿Y si vamos juntos? Podríamos tomarnos una semana de vacaciones allá y quedarnos para San Fermín.

   -Pero si lo único que decís es que ya estás aburrido de viajar… Además, sos fóbico a las multitudes. Por eso nos mudamos a barrios cada vez más alejados.

   -Creo que es hora de pensar seriamente en Atacama-. El se rió de su propio chiste-. Ahí sí, hasta yo me pondría a escribir sobre platos voladores- Y volvió a reírse.  

   Ella ni siquiera sonrió ante estos comentarios. Parecía cansada. El, en cambio, estaba cada vez más animado. Le propuso un juego: que ella le contara el final del relato y él adivinaría lo que había pasado antes.

   -Sin trampas, Pinocha. Acordate que sobre la mesa están los papeles con la versión original.

   -También podríamos hacerlo con cualquiera de tus libros.

   -Sí, pero vos ya los leíste. No tendría gracia.

   La verdad era que ella no había terminado de leer nada de lo que él había publicado en los últimos años. No avanzaba más de las primeras diez o quince páginas. Se acordó de la primera vez que él la mencionó en una dedicatoria. “A mi luz”, había escrito. Llevó el libro en la cartera durante un mes; una vez por día, lo leía y lloraba.

   -¿No es un poco tarde para las adivinanzas?

   -Es un juego…

   -No. Si lo pensás bien, no es un juego.

   -¿Qué es lo que tendría que pensar? A veces no te entiendo. A lo mejor no tendría que haberte hecho esas observaciones sobre el cuento. Pero vos quisiste leérmelo.

   -Quería que lo escuchés.

   -¿Por qué?

   -Para variar, supongo.

   -Ahora sos vos la que juega a las adivinanzas.

   -No, acá no hay ningún misterio.

   -¿Y cómo termina todo?

   -Los platos voladores se fueron. Y el mundo nunca volvió a ser el mismo.

   El asintió y durante un rato se entretuvo tomando whisky con un dedo. Lo mojaba y lo lamía. Ella aprovechó para llevar las tazas a la cocina y lavarlas. Cuando volvió, él había dejado de jugar con la bebida y miraba fijamente el vaso.

   -¿El marido se fue en uno de los platos voladores?

   -No.

   -Entonces, la protagonista sos vos. Por eso volviste a escribir. No debe haber sido fácil.

   Ella no contestó.

   -Hay un salto raro en la narración. Empieza ella, termina él…

   -¿Viste que era una porquería?

   -Al final, resultó que sí. ¿Vas a dejarme, no?- Miraba hacia la ventana cuando se lo preguntó.   

     

    

lunes, 16 de marzo de 2009

Ni perro, ni ladrido, ni hueso

Fue un día cualquiera. Algunos dicen que un miércoles y otros insisten en lo del sábado al amanecer. Pero todos coinciden en el lugar: la placita de la estación. Ahí se encontraron los cuerpos. Como las cuentas de un collar roto. Algunos debajo de los tilos, otros en los asientos de los subeybaja, y hasta en los canteros. Tenían una postura natural, casi plácida. Algunos, incluso, parecían estar jugando al muerto. Pero estaban decapitados.  Eran muchos; tantos, que eran todos. No quedó ni uno solo vivo en el pueblo.

 Fue el panadero, don Roberto,  el primero que los vio. El local, que era la parte de adelante de su casa, estaba en diagonal a la plaza. A las cinco y cuarto de la mañana salió a fumar a la vereda, como lo hacía siempre, porque que su mujer era alérgica al tabaco. O eso decía. Don Roberto, entonces, decidió que la vereda no formaba parte de la casa. Por las noches, después de comer, colocaba la mesita de luz y una silla frente a la puerta y se instalaba ahí con su atado de Imparciales. En verano, algunos vecinos arrimaban sus sillas y no faltaba un partido de truco. Cuando pasó lo de los animales era invierno. Terminó de fumar, aplastó la colilla en el cordón y  estaba por entrar de vuelta a la casa cuando se dio cuenta. Había muchos bultos en la plaza. Se acercó y tardó en entender lo que veía. Lo primero que sintió fue asco, después vino el miedo.

Como recién a las ocho pasaba el primer tren de la mañana, le costó bastante despertar a Joaquín, el guardabarrera. Sobre todo, sin la ayuda de Pelufo, que siempre iba hasta el catre y le mordisqueaba el brazo cuando alguien se acercaba al alambrado que separaba la casa del final del andén. Además de borracho, Joaquín era un poco sordo. Don Roberto no supo cómo explicarle, así que le gritó que había pasado algo raro en la plaza y a fuerza de “vení, vení”, consiguió arrastrarlo. No contaba con que, a pesar de la oscuridad, Joaquín pudo reconocer el cuerpo sarnoso de Pelufo. “Hijo de puta”, dijo. Las pantuflas grises se le mancharon de sangre. “Hijo de puta”, repitió. Parecía que iba a agacharse pero enseguida se enderezó y empezó a recorrer la plaza. Dos Roberto lo siguió. Después de mirar al último decidieron ir a buscar al comisario Torres. En el camino, Joaquín se detuvo para vomitar.

   No hubo corridas en el jardincito de adelante cuando los dos hombres se acercaron a la verja. La mujer espió desde la ventana del living pero fue Torres el que abrió la puerta. Los hizo pasar. Adentro estaba calentito. Hablaron de pie. La mujer escuchó todo y se largó a llorar. Torres no le hizo caso. Fue hasta el cuarto y se colocó una campera sobre el pijama, que en realidad era un jogging viejo. Antes de irse le ordenó a la mujer que dejara de llorar, porque iba a despertar a los chicos. Ya había amanecido cuando llegaron a la placita. El rojo avanzaba sobre el verde y todo aquello parecía los restos de un feroz partido de ajedrez. “Hijo de puta”, dijo el comisario. Los otros dos asintieron.

   -Lo hizo él.

   -Sí.

   -Hace un mes que se fue.

   -Pero dijo que iba a vengarse.

   -¿Qué culpa tienen los animales?

   -El de él sí que era jodido. No íbamos a dejar que siguiera mordiéndonos.

   -Tenía la rabia.

   -O algo peor.

   -No están las cabezas.

   -Andá a saber…

   -¿Qué hacemos, Torres? Va a venir el tren.

   -Herodes.

   -¿Qué?

   -Herodes se llamaba el bicho del hijo de puta. Roberto, traé canastos y bolsas de basura grandes. Vos, Joaquín, una manguera. Yo voy a avisarle al cura. Hay que apurarse.

   Se pusieron de acuerdo. Y cada vez que alguien sacaba el tema del misterio de los animales, siempre había uno dispuesto a explicar lo de las emanaciones del río contaminado. “El sulfuro los espantó”, sentenciaba. Muchos se lo creyeron.

 

domingo, 14 de diciembre de 2008

Algo así

Nunca devuelvo los tupper. No es que tenga una gran colección. Hay uno o dos que son de mi hermana y el tercero, ya ni me acuerdo. Pero me pareció importante decírselo. A lo mejor no fue una buena decisión: hacía sólo media hora que nos conocíamos.
-Nunca devuelvo los tupper.
-Ya sé lo que no tengo que prestarte. Es un buen dato. ¿Y libros y CDs…?
-Eso, sí. Me pasa con los tuppers, nomás.
-¿Y no te los reclaman?
-Nunca. Si no, los devolvería.
-Entonces, le estás dando hogar a unos tuppers huérfanos. ¿Y comida?
-No, sólo techo.
-Igual, es conmovedor.
No sonrió ni una sola vez mientras hablábamos esto y decidí que me caía bien. Muy bien, en realidad. Porque cuando después empezó a llover fuerte, las calles se inundaron y corrimos tres cuadras hasta mi casa, Miguel me tapó con su campera. En el living, me dijo: “Según tu agenda, podemos vernos lunes, jueves, sábados y domingos. Igual que los novios de antes. Bueno, tan mal no les iba…”. Y empezamos a salir.
Mi perro murió el año pasado. Era un golden retriever y se llamaba García. Estaba viejito cuando le salieron los tumores. Primero en el lomo, después en las patas y al final los tenía adentro. Lo llevé al veterinario y a un homeópata para animales. Como García ya no podía subirse a mi cama, le hice una con mantas, al lado de la mía. Ahí echado, todas las noches abría la boca y tomaba lo que yo le daba: gotas, globulitos, jarabe… Después, me miraba e intentaba lamerme la mano. Yo me acostaba al lado suyo y lloraba. Una tarde fui con su foto a ver a un sanador en José C. Paz. No pensé que se iba a armar tanto escándalo.
García se murió a los pocos días. No lloré. Tenía muchas ganas, pero estaba tan triste que no podía. Dormí una semana en el piso, sobre las mantas. El médico laboral me mandó a una psicóloga. Hablé mucho de García y no se me cayó ni una lágrima. Nunca más.
No le conté esto a Miguel. Cuando vio la foto de García en una de las bibliotecas, preguntó como se llamaba. Así, en pasado. Yo estaba colocando un CD y debo haber contestado con voz rara, porque se acercó y me abrazó. Supongo que tendría que haberme conmovido, pero la verdad es que me sentí incómoda y me fui enseguida a la cocina, para preparar café. Al rato, apareció él. Me preguntó si tenía hambre. Lo pensé y terminé haciéndole un gesto. Algo así como: “No mucho. A lo mejor, nada”. Cuando no sé qué decir, hago muecas. El a veces juega a interpretar esos gestos; inventa diálogos y nos reímos. Esa noche no lo hizo.
Miguel es inteligente, aunque le gustan las películas de acción y a mí, no. Entonces, mirábamos series. Un fin de semana vimos la quinta temporada de “Los Soprano”. El nunca la había visto pero no tuve que explicarle nada. Y si no entendió, nunca me enteré. Ese domingo cocinó pollo a la sal y estaba riquísimo. La vez que preguntó por García, habíamos empezado a ver una serie sobre un psiquiatra: creo que se llamaba “Huff”. Cuando terminó el primer CD, me levanté para vaciar el cenicero. El siempre fuma más que yo. “No es muy creíble”, dije. Como él no contestaba, seguí opinando. Siempre hago lo mismo. Hablo de más. “Ni siquiera es escéptico y, encima, le cae bien a todo el mundo. Yo no confiaría en alguien así, que ayuda al mendigo, a la madre, al amigo… Por más que se le mate el paciente y que se encargue de enloquecer más al hermano, en el fondo, el tipo es feliz”.
-¿Y eso está mal?
-Es encantador… Si sos fundamentalista de la alegría.
-¿No se te está yendo la mano con el cinismo?
Hice una mueca, como para hacerle entender que no sabía. Pero él insistió. Creo que no hablaba sólo de la serie.
-Cuando parece que está todo bien, saltás con un martes 13. Y como no entiendo qué te pasa, me siento un tarado.
-Tampoco es para hacerse la víctima. Fue un comentario, nomás.
-¿Ves? Ya estás atacando de nuevo.
-No es para tanto.
-Está bien. Por lo menos, contestaste con palabras.
-Ahora el cínico sos vos.
-No. Lo único que hago es tratar de entenderte.
-A ver… Es un poquito difícil de explicar. Supongo que desconfío de algunas cosas.
-Lo de la felicidad quedó claro. ¿Y de qué más?
No me di cuenta de que estaba haciendo una mueca hasta que lo vi sonreír. Creo que en ese momento los dos nos aflojamos un poco. Era la primera vez que discutíamos. Pensé en contarle que García era lo más confiable del mundo para mí. Las cosas podían irme bien o mal, pero él estaba ahí. Había que sacarlo a pasear, cuidar que no se pelee con el boxer de la calle Nicaragua, darle mucho agua, hablarle y rascarle el cuello. No existía nada que pudiera robarme estas cosas. O eso creía yo. Estoy segura de que Miguel lo hubiera entendido. Era yo la que no podía decírselo.
-También desconfío de las casas con jardín.
-Ahora sí se puso interesante…
-En serio. Me parecen maquetas y eso me da un poquito de miedo.
-No me jodás.
-Es que no entiendo bien de qué estamos hablando.
-Voy a tratar de ser claro. Salimos hace tres meses, ¿no?
-Sí.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses.
Miguel tiene esas cosas. Dice una frase así y dan ganas de besarlo y besarlo. En realidad, yo nunca lo hice. Me da vergüenza, o algo así. Entonces, le sonrío. Pero esa noche no me dio tiempo ni a eso, porque siguió hablando.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses. La pasamos bien, no hay conflictos y estamos mejor juntos que cada uno por su lado, ¿no?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué te la pasás levantando una pared?
-No entiendo.
-La otra noche, cuando dije “te quiero” me hiciste sentir un imbécil. Ni siquiera contestaste “yo también”.
-Estábamos en la cama…
-¿Y qué?
-En la cama uno a veces dice cosas que por ahí no siente tanto.
-¿De quién hablás? Vos nunca dijiste “te quiero”, y yo tampoco.
-Por ahí esa vez estabas más entusiasmado. Qué sé yo…
-¿Pero querés saberlo?
-Dale, contame-le mentí, porque ya lo sabía.
-No sabés lo pelotudo que me sentí después de decírtelo.
-Pero yo pensé…
-Sí, ya sé. Vos pensás y yo siento. Funcionamos así.
-Pará, Miguel.
-No, sigamos. Porque como soy tan pelotudo, encima quiero saber qué sentís vos.
No pude evitarlo. Me salió un gesto. Pensé que iba a enojarse pero echó la cabeza para atrás y la apoyó en un almohadón.
-Miguel…
-Dejá. Ya está.
Me hubiera gustado explicarle que sí lo quería y que no siempre uno ignora lo que calla. Pero no pude hacerlo. El se puso las zapatillas y yo me levanté para abrirle la puerta. Tuve ganas de darle un beso, pero hubiera tenido que agarrarlo de la campera o acercarme de alguna manera extraña, porque él estaba delante de mí, bajando las escaleras.
Cuando volví, saqué las mantas de García del placard.

domingo, 19 de octubre de 2008

Un detalle

Cuando vi que habían pasado más de diez minutos y seguía tan sola como había entrado, me acerqué y la saludé con un “hola”. Pensé que en ese ámbito, el “buenas noches” hubiera sonado muy ceremonioso. Ella sonrió, sin mirarme ni dar señales de bienvenida. Pero como tampoco parecía molesta por la compañía, le pregunté si quería un café. Dijo que no, y acompañó la negativa con un gesto chiquito. Frunció las cejas y al hacerlo, levantó una comisura de la boca.
Mientras pensaba alguna frase que aliviara el desprecio, le miré los pies. Eran gordos o estaban hinchados; se escapaban de las tiras desgastadas de las sandalias como un pan dulce mal horneado. Daban lástima. A lo mejor por eso se paraba echando los hombros tan hacia atrás, con cierta soberbia, como si esa postura compensara su pudor. Ya no me sentí tan inadecuado frente a ella.
Justo en ese momento alguien lloró en la otra sala. Fue un lamento corto, ahogado por un abrazo, que terminó en un gemido. Pensé que la gente llora raro en los velorios. Y se lo dije. Ella contestó que no me entendía, y ya no hizo falta ningún gesto para hacerme sentir de nuevo incómodo.
- Cada vez que alguien se larga a llorar, viene otro y lo consuela. Pero lo que hace, en realidad, es impedir que siga llorando. Como si molestara. Eso es lo raro. ¿Entendés?
-No.
Además de un poco fea, la chica era porfiada. En realidad, no era fea. Tenía los ojos demasiado juntos y eso hacía que su cara pareciera la de una ardilla. Hasta podía llegar a ser graciosa. Pero, decididamente, no era linda.
-Salazar era mi jefe. Uno no se imagina que va a escuchar llorar por un tipo así -insistí.
-Todos tienen alguien que los llore. Hasta los más cretinos.
Estuve a punto de preguntarle por qué estaba tan convencida de eso, pero me contuve. El recuerdo de sus pies me contuvo. Esa imagen no auguraba nada bueno.
Conocía a la familia cercana de Salazar a través de las fotos que había en su escritorio. La esposa venía de vez en cuando a la oficina, igual que el hijo mayor, que también era despachante de aduana. El menor seguía viviendo en San Luis, y estaba casado con una albina. No sabía qué relación tenía esta chica con el difunto pero, por lo pronto, no era una nieta ni alguna de las nueras. A lo mejor era la amante o una hija ilegítima. Eso explicaría que ella haya mencionado a ciertos muertos cretinos.
-¿Sos algo de losSalazar?
-No.
-¿Los conocés de San Luis?
-Vivo en Haedo, desde que nací.
-Acá nomás…
-Sí. A diez cuadras.
-El velatorio te quedaba de paso -bromeé.
Ella volvió a mirarme. Esta vez, con una expresión incómoda: como a quien le señalan una mancha en el vestido, a la que estuvo tratando de ocultar toda la noche.
-Me cuesta dormir -dijo.
-Yo nunca tuve insomnio. En mi caso sería terrible, porque me levanto a las seis de la mañana.
-Sí, es desesperante.
-¿Viste a algún médico?
-A varios. Pero llega un momento en que las pastillas ya no te hacen el mismo efecto.
-Y tampoco es cuestión de que vivas dopada… Aunque no tengas que madrugar, como yo.
-Salgo a caminar. Todas las noches paso por acá. Cuando hay gente, entro. Miro, tomo café y nadie me molesta. Es como estar en una reunión.
-¿No te pone mal este ambiente?
-Al principio. Entonces, aprovechaba y yo también lloraba. Después, una se va acostumbrando.
-Ahora entiendo por qué me miraste de esa forma cuando empezamos a hablar. No debés querer que se te acerque nadie…
-No te creas. Hay noches que vuelvo a casa acompañada.
-¿Otro rebusque para el insomnio?
-No.
En vez de mostrarse ofendida, sonrió. De vuelta se escuchó un llanto, que alguien se encargó de sofocar. Esta vez, ella no se hizo la desentendida: dijo que la gente se apuraba por consolar, y que no tenían derecho. Me gustó que tomara partido y también, que mostrara cierta indignación.
-¿Puedo quedarme con vos hasta que te venga el sueño?
A pesar de la cara de ardilla, tenía una linda sonrisa. Los dientes apretados y parejitos. La abracé por la cintura y esperé que llegara la hora de irnos.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Asuntos pendientes

“Estaba por cruzar la calle cuando la vio, tirada sobre la vereda. Parecía una sombra, pero se trataba de una tarde ajena. En los últimos tiempos a la gente se le daba por dejar abandonados sus momentos en cualquier lugar de la ciudad. Dos días atrás había descubierto un aniversario de bodas, debajo de un banco de la Plaza Dorrego. Apenas le echó una mirada mientras caminaba. Llegaba tarde a la reunión del Concejo de Graduados de la facultad y no tenía ánimo para distracciones. Pero este mediodía transcurría sin apuro. Había salido del departamento a comprar cigarrillos y a tomar un poco de aire, luego de pasarse la mañana leyendo.
Ahí en la vereda, aquella tarde no se veía muy atractiva. Le faltaban luces, ruidos y cualquier otro indicio que pudiera identificarla. “Qué importa”, pensó, y decidió hacerlo. Se colocó sobre ella y dejó que lo invadiese. El dueño o la dueña debían haber corrido antes de abandonarla, porque inmediatamente se sintió acalorado y de su cuerpo comenzó a desprenderse un olor agrio. Fuera de eso, nada parecía diferente. “Sólo es una tarde ajena. A lo mejor, en media hora me aburro y yo también la tiro”, se tranquilizó”.



Este es el comienzo de un relato que empecé hace algunos años. En realidad, llegué a terminarlo, pero después no me gustó y unas cuantas veces intenté volver a escribirlo. Ninguna de las versiones me conformó. Llegado a un punto de la historia, me aburría y me dedicaba a inventar otras (no muchas, la verdad, porque que no soy muy productiva en lo narrativo).
Un amigo siempre me reta por mis empecinamientos. El habla de los sentimentales, pero la verdad es que sí soy un poco obstinada en todos los ámbitos. A lo mejor, porque me acostumbré a ser sola y eso significa que nadie, más que yo misma, me pone límites. Entonces, me equivoco todo lo que yo quiero.
Pero parece que estoy aprendiendo a desistir. Por el momento, esto se queda acá: en un comienzo. Porque no me sale otra cosa. Y ya.

viernes, 9 de mayo de 2008

La memoria de los gatos (Parte I)

Dijo que me extrañaba y que necesitaba verme. Hacía cinco años que nos habíamos separado; al poco tiempo, volvió a casarse y no supe más de él hasta ese llamado. Le contesté que no me parecía una buena idea eso de encontrarnos. No preguntó por qué ni yo se lo hubiera explicado.
Cuando colgué, volví a la cocina para seguir preparando la ensalada. Sobre la mesada estaban los tomates, las zanahorias y unas plantas de lechuga a medio cortar. Todo tenía un aspecto desolado; los colores resplandecían sin mucho sentido, como las guirnaldas de una fiesta que nunca llegó a celebrarse. Aunque ya había lavado las verduras, volví a guardarlas en la heladera. Al otro día tuve que tirarlas. Mala suerte. Comí una manzana mientras miraba en la televisión una película sobre un saxofonista heroinómano. Me hizo acordar a un cuento que había leído alguna vez y a muchas otras cosas más.
Volvió a llamar a la noche siguiente. La conversación fue más o menos la misma. Agregó que estaba arrepentido. Esa vez fui yo la que no quise averiguar. Me pidió que no sea mala. “Aunque sea un café, Vainilla”, insistió. El me llamaba así; sobre todo, cuando quería algo. Se volvía como un nene, insistía mucho y terminaba las frases con el famoso Vainilla. No me acuerdo cómo nació el apodo; a lo mejor, de alguna broma. Y ahí quedó. Cuando nos separamos, dijo: “Yo siempre voy a quererte, Vainilla. No te olvides”. Aquel día, los dos llorábamos. Sabíamos que no era uno de nuestros tantos distanciamientos, esa vez era de verdad. Estábamos cansados de querernos así. A veces pasa. Todavía no sé por qué, pero pasa.
-Aunque sea un café, Vainilla.
-Ya te lo dije: no.
-¿Qué pasa que se escucha tanto ruido?
-Hay un acto en un colegio de acá a la vuelta.
-Pero si es de noche.
-Será una kermese.
-¿Y todo ese ruido llega hasta tu casa?
-Parece que sí.
-¿Te acordás lo del conventillo?
-No.
-Cuando hubo un baile en el conventillo de la calle Serrano y fuimos a pedirle que bajen la música; les dijiste que teníamos un hijo muy enfermo, que necesitaba dormir. ¿En serio no te acordás?
-De veras.
-Qué raro. Al final, terminamos bailando con ellos, todos borrachos. Nunca supiste mentir, Vainilla.
-Y eso que tuve buenos maestros.
-No seas cínica. Vos no eras así.
-Cada uno se convierte en lo que puede.
-¿Ves? Por eso quiero que hablemos. Podemos juntarnos en el barcito de la plaza.
-En serio, no tengo ganas.
Hacía mucho tiempo que no me dolía la panza como en ese momento. Justo ahí, arriba del ombligo. Me estiré y respiré hondo; empecé a masajearme y traté de imaginar el silencio. Pero él insistía.
-¿Te casaste?
-Vivo con alguien.
-¿Y está ahí?
-Tiene un restaurante y llega más tarde.
-No debe ser lindo comer sola todas las noches.
-A veces lo espero, si no estoy muy cansada.
-¿Qué pasó, Vainilla? A vos te gustaba cocinar, hacer pic-nic en la cama y mirar tele abrazada. ¿Te olvidaste de todo eso?
-Los domingos son así. El resto de la semana estoy con alguien que llega tarde. Llega tarde pero me quiere y no nos lastimamos.
-Yo también te quiero. Te llamo mañana y vamos a cenar.
-No.
-Ya lo sabemos, Vainilla. Siempre lo dijimos. Por más que intentemos otras relaciones, vos y yo vamos a terminar juntos. Es así.

La memoria de los gatos (Sigue acá)

No dejé que siguiera hablando. Colgué y desenchufé el aparato. Al rato llegó Agustín, traía un gatito que había encontrado en la calle. Era muy chico, ni siquiera maullaba y no dejaba de temblar. A lo mejor por eso le costaba mantenerse parado. Agustín lo envolvió con una toalla, se lo colocó en el regazo y le dio de tomar leche con una cucharita. Pero ni aun así se le iba el miedo.
-¿Los animales tienen memoria parecida a la humana?
-No sé. Mañana le preguntamos al veterinario.
-El jilguero de mi tía quedó traumado después del incendio.
-¿Qué incendio?
-Se prendió fuego el lavarropas. Mi tía guardaba las jaulas en el lavadero y, aunque las sacaron a tiempo, el jilguero quedó con el pico abierto durante diez días. No te rías, no es gracioso.
-¿Cómo era que se quedó el pájaro?
-Así.
-Vení, payasa. ¿Qué es lo que te preocupa?
-Capaz que este gato sufrió mucho y no va a reponerse de eso. En el fondo, siempre será malo.
-En ese caso, lo mandamos a terapia y listo.
-Qué tarado. Te lo digo en serio. Hay cosas que te marcan.
-Y bueno, qué vamos a hacer. Será un gato amargado, pero no vamos a dejar de quererlo por eso.
-¿No?
-Cualquiera se encariña con un idiota feliz. Nosotros, no. Y estamos muy orgullosos de ser los dueños del gato más resentido de todo Congreso.
Nuestro departamento era antiguo; los cuartos grandes, con techos altos, le daban un aspecto de casa. Eso fue lo que nos gustó cuando lo vimos, aunque la señora de la inmobiliaria insistía en la pinotea y las molduras. Una casa es más que un proyecto, es algo consistente. La noche del gato estábamos los dos abrazados en uno de los sillones del living; mirábamos al animal, que dormía sin dejar de temblar. A pesar de que era una piltrafa, así arropado se confundía con un bebé. Parecíamos una familia. Sin dramatismos ni euforia. Era algo lindo. Agustín también se quedó callado; con dos dedos de una mano rascaba la cabeza del gato y con la otra, me acariciaba el hombro. Por eso no quise contarle lo de mi ex marido. El no hubiera podido entender algo así.
-¿Y si lo llamamos Funes?
-No seas complicada. Es un gato, no una escuela. Pensemos algo simple.
-Es por Funes, el memorioso. Para que se acuerde siempre de lo bueno y de lo malo.
-¿No es más fácil decirle Negrito?
-Dale, no seas malo. Mirá: parece que está ronroneando.

La memoria de los gatos (Termina acá)

Al otro día, mi ex marido llamó más temprano que las otras veces. Apenas sonó el teléfono supe que era él. Esa vez le pregunté yo por su matrimonio.
-Pasaron cosas horribles, Vainilla.
-Siempre pasan. Por buenas intenciones que haya, en algún momento…
-No entendés. Esa mujer se ocupó de destruirme. Me hizo desgraciado de todas las formas posibles.
No hubiera sido tan difícil adivinar el porqué. En ese momento el gato salió de su escondite, debajo del sofá, y se acercó con titubeos hacia el plato con comida que le habíamos puesto al costado del sillón. Se lo arrimé con un pie y ese movimiento pareció asustarlo porque volvió a su refugio. Mi ex marido seguía hablando. Dijo algo de un monstruo y también de un simulacro. Me gustó cómo sonaba la palabra “simulacro”, tenía la fuerza de una acusación. A lo mejor, Funes sólo estaba jugando.
-Algunas personas no se dan cuenta de que están un poco locas.
-No entiendo a qué te referís.
- Están medio trastornados pero no se enteran. Y hacen cosas malas sin saberlo.
-Te aseguro que no era nuestro caso. Ella entendía muy bien lo que estaba haciendo.
-Quién sabe. ¿Sabés? Mi vecina de abajo guarda basura de la calle en su departamento y todo el edificio huele mal.
-¿De qué estamos hablando?
-De que no siempre hay culpables. Ella dice que la junta para que no quede tirada por ahí. Y que en su casa hace lo que quiere.
-Decime la verdad, Vainilla: ¿sos vos la de la basura?
-No. ¿Por qué pensás algo así?
-Igual, aunque fueran cadáveres, no me importaría. Te ayudaría a recogerlos. Vos y yo vamos a compartir todo.
-A ver si te queda claro: no soy yo, es mi vecina, la que vive en la planta baja. La usé como ejemplo.
El me respondió que, en algún sentido, todos guardábamos basura y hasta cadáveres. Tenía razón. Pensé si Agustín también escondería algo pero no pude imaginar qué. A él le gustaban mucho las explicaciones breves y lógicas. Hacía verdaderos esfuerzos para no impacientarse frente a mis respuestas, se mordía el labio inferior y estiraba el cuello para atrás y a los costados mientras yo intentaba contarle por qué estaba triste o malhumorada. Después, sintetizaba en una sola frase lo que había escuchado. La gente tan concreta no pierde mucho tiempo con el pasado.
-Parece que no hay muchas salidas, ¿no? Es triste. Ojalá no hubieras aparecido.
-Los dos sabíamos que esto iba a pasar. Siempre lo dijimos. ¿Te acordás, Vainilla?