sábado, 25 de julio de 2009

Lo que no se olvida

No le tengo paciencia a las peleas. Será que tengo un enojo raro. Casi todos son toros: arremeten con resoplidos y cornadas, tan colorados e irracionales que dan ganas de una media verónica. El mío, no. Es un globo que sale de la panza, un poco más arriba del ombligo, y sube hasta los ojos. Cuando me enojo pienso mucho y escucho poco: lo suficiente. Total, siempre hay un ladrillo más o menos cerca.

En la época de Cámpora, las sobremesas familiares eran bravas. Un mediodía, en Pilar, dos de mis tíos empezaron a discutir con el vermut, y todavía seguían haciéndolo cuando a los más chicos nos mandaron levantar los platos de postre y colocar la felpa verde arriba del mantel, para jugar a las cartas. Cuando Leber golpeó la mesa con el puño, Joaquín no dijo nada. Se levantó y fue caminando hasta la entrada del campo. Yo lo seguí. Nos sentamos a la sombra, cerca del Rambler Classic de Leber. Cuando nos cansamos de estar en silencio, me enseñó a silbar. Nos reímos bastante hasta que finalmente lo logré. Antes de volver con los otros, Joaquín agarró un ladrillo que estaba junto a la tranquera y lo tiró contra el parabrisas del auto. Más tarde, ganó dos veces el pozo.

jueves, 9 de julio de 2009

Un toque de Arbus

En Almagro los llamábamos mogólicos. Eso de decirles Down vino después. Había dos: Alfredo y el de la calle Mármol. Alfredo era el hermano de la dentista y yo siempre creí que era feliz. Sonreía mucho y, cuando estaba sentado en misa, hacía un gesto muy gracioso: se golpeaba una mejilla con la mano, como marcando un ritmo, después se inclinaba y hacía lo mismo sobre la rodilla. A veces, yo jugaba a ser mogólica y lo imitaba. Eso ponía muy nerviosa a mi mamá, que al principio se reía pero después se ponía furiosa; sobre todo, cuando lo hacía delante de extraños. La dentista atendía en la parte de adelante de la casa donde vivía con sus papás y Alfredo. Cada vez que iba a hacerme un baño de flúor, yo espiaba el corredor, por si llegaba a venir Alfredo. A veces, después de la siesta, él acompañaba a la mamá a hacer las compras. Camina todo destartalado, las piernas muy para adelante –las tenía largas- y aleteando los brazos. Cuando la madre lo retaba, fruncía la cara, como si fuera a echarse a llorar, pero al final se reía. Me costaba creer que tenía más de 40 años, como me había dicho la dentista. Lo veía como un nene.

Aunque me daba un poco de impresión, no le tuve miedo hasta que se hizo amigo del de la calle Mármol. Este era hijo de un médico, iba a un colegio especial y los días nublados usaba un impermeable beige. Parecía de 20, aunque seguramente tendría más. Daba muchas vueltas por el barrio y, a veces, se le daba por correr a las chicas. Por eso, apenas lo veíamos todas cambiábamos de vereda. Su amistad con Alfredo no duró más que unos días. Caminaban muy serios, sin hablar, de una esquina a la otra. Parada en la puerta de la casa, la madre de la dentista los miraba. Supongo que aquello no debe haberle parecido muy normal y por eso no se los vio más juntos. Fue durante ese tiempo que yo empecé a tenerle miedo a Alfredo. Empecé a imaginar lo que pensaría mientras caminaba y ya no lo pude ver más como un nene.

Ahora, en el gimnasio, está Mario. Es morrudo y bostero. Creo que también es irónico, porque el otro día, después de las elecciones, felicitó a todas por el triunfo de Kirchner. Casi toda la clase se indignó y lo corrigió: ganó Michetti, le dijeron. Él dijo que no, y se fue. Muchas veces se va antes del final de la clase. No guarda la colchoneta ni las mancuernas, pero le avisa al profesor: “No las toquen, vuelvo mañana”. Mario levanta muchísimo peso, por eso tiene ese cuerpo de Humpty Dumpty. Se aburre cuando hay que hacer ejercicios de elongación. Agarra una pelota, se la pone debajo de la remera y, señalándose la panza, le dice a Peggy: “Es tuyo”. Peggy, que tiene 70 años y baila muy bien el cha cha chá, se tapa la cara con las manos y se ríe.

Creo que ya no me da tanto miedo, capaz que un poco de fascinación.