En algún año, Víctor Juan G. fue presidente del Consejo Nacional de Educación. Un día apareció por su despacho Alfredo Palacios, para pedirle que nombre como bibliotecaria a una conocida suya.
-Por supuesto. Dígale que venga a verme de su parte. Y que no se olvide de traer el título.
-No hay título, G. Me extraña.
-A mí me extraña más que a usted. Porque a mis queridas siempre las mantuve yo.
La charla terminó con Víctor Juan G. retando a duelo a Palacios. Esa fue la primera vez que se enfrentaron. Después, hubo otras.
Víctor Juan G. era primer diputado nacional por el radicalismo y presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda cuando se suicidó. Estaba siendo investigado por la venta de los terrenos fiscales de El Palomar, donde hubo sobornos. Uno de ellos, librado a nombre de Víctor Juan G., había sido cobrado por una tal Ana Gómez. En ese entonces, Palacios era el Secretario de la Comisión Investigadora Parlamentaria.
Ana Gómez, en realidad, era hija de Ferrarotti, otro diputado radical que había dado refugio en su casa a Víctor Juan G. cuando escapaba de la represión de Uriburu. Así fue como ella lo conoció y se convirtió en amante de él, que era 30 años mayor y estaba casado. Dicen que tuvieron dos hijos. Parece que fue Ana quien se quedó con los $6000 en títulos. Era una suma muy tonta para un hombre que tenía un Rolls Royce que nunca usaba y que había contratado al conde de Chikoff como mayordomo. A Gregorio Godoy, de Presupuesto y Hacienda, le habían tocado $300.000. Según contó Ricardo Balbín años más tarde, parece que Víctor Juan G. era presidenciable y no se llevaba muy bien ni con los conservadores ni con los socialistas. Y ni hablar de los militares. Era una tentación fácil sacarlo del medio.
Víctor Juan G. se pegó un tiro el 23 de agosto de 1940, en su escritorio de la calle Cangallo. En la primera página de una Biblia había escrito “Perdón”. La palabra quedó salpicada con sangre. También había subrayado la frase de Homero con la que había finalizado Paralelo 55, el libro donde contaba sus días como preso político en la cárcel de Ushuaia: “Feliz quien, como Ulises, ha hecho un bello viaje”.
Víctor Juan G. era mi abuelo paterno.
Después de su muerte, su hijo mayor, Carlos Federico, se fue por dos años a Europa. Lo decidió cuando en el Jockey Club de Buenos Aires le dijeron que, por un tiempo, era preferible que los G. no se dejaran ver por ahí. O a lo mejor quiso tomar distancia de la última charla con su papá. Una semana antes de suicidarse, durante un almuerzo, Víctor Juan le había comentado que un conocido suyo había intentado matarse de un tiro y que había fallado. Carlos Federico, que era un estudiante de Medicina con 10 de promedio, no pudo evitarlo: explicó la manera infalible de hacerlo.
María Lucrecia, la hija del medio, se dedicó durante más de dos décadas a rechazar candidatos. Uno por uno, enamoró a casi todos los de la Guía Azul. Finalmente, a los 40 y pico se casó con un Quesada Casares, un viudo que le llevaba casi 30 años. Los hijos de él hicieron una división de patrimonio y le entregaron su parte de los bienes. Con ese dinero vivieron algunos años en Europa; cuando se acabó, volvieron a Buenos Aires y se instalaron en el Claridge. A veces llevaba a sus sobrinos a tomar ahí el té.
Horacio, el hijo menor, era mi papá. Tenía 17 años cuando murió mi abuelo. Los amigos de Víctor Juan lo incorporaron a sus salidas y parece que ahí empezó a tomar mucho. Era muy enamoradizo, tuvo tantas novias como amores. Sé que mamá no fue la última, aunque se casó con ella. Cuando lo internaron tenía 44; le dijo a Carlos Federico: “Si salgo de ésta, sólo voy a tomar agua”. Pero no salió. Mamá contrató los servicios de Perissé Laffue, se puso un vestido Ricci y, cuando el sepelio estaba por terminar, le avisó a Carlos Federico: “Háganse cargo de todo esto, porque yo ya no tengo un peso”.
Mi prima, que me contó estas cosas, dice que todos los G. somos unos románticos envueltos en frases ácidas. Habrá que ver.
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domingo, 8 de febrero de 2009
lunes, 7 de abril de 2008
(De)formaciones
Parece que una parte del destino de los G. se resolvía en la sala de partos. Papá nació tan rubio que lo apodaron Chala. Lo raparon y cuando volvió a crecerle el pelo descubrieron que era pelirrojo; entonces, le quitaron el sobrenombre.
Igual, tuvo más suerte que su hermano Carlos Federico, a quien todos en la familia llamábamos Pito. La partera había anunciado su sexo de manera contundente: “Es un pito”, y así quedó.
Con la misma vehemencia, esa partera describió a la primogénita: “Es un cuco”. Y Lucrecia fue Cuca hasta su muerte.
Papá creció sin apodo y entiendo la fascinación que debió sentir cuando conoció a mamá. Aunque ella se llamaba María Mercedes, nunca en su vida respondió a otro nombre que no fuera el de Raquel.
Yo heredé la manía por apodar.
Igual, tuvo más suerte que su hermano Carlos Federico, a quien todos en la familia llamábamos Pito. La partera había anunciado su sexo de manera contundente: “Es un pito”, y así quedó.
Con la misma vehemencia, esa partera describió a la primogénita: “Es un cuco”. Y Lucrecia fue Cuca hasta su muerte.
Papá creció sin apodo y entiendo la fascinación que debió sentir cuando conoció a mamá. Aunque ella se llamaba María Mercedes, nunca en su vida respondió a otro nombre que no fuera el de Raquel.
Yo heredé la manía por apodar.
viernes, 28 de marzo de 2008
La bóveda
Está a nombre de los Montiel. Supongo que serían amigos de la mamá de mi papá, que era de Entre Ríos. Ella no quería que la llamáramos abuela, así que para nosotros Laura Alcira siempre fue Lala: una mujer tan linda como complicada. No sé mucho más de ella. Es que por el lado paterno, la historia viene medio deshilachada (hay familias que tapan con silencio sus turbulencias, y parece que en el otro hemisferio de la nuestra habían revoloteado un par de mariposas).
Cerquita de Lala está el abuelo paterno; él se murió antes de que yo naciera, pero no sé si me hubiera caído muy simpático. En las fotos no se lo ve muy abuelito. Aunque capaz que es ese gen G. que nos hace parecer medio desaprensivos y resulta que no, que al contrario. Mi hermana zafó de eso: ella es pura expresividad. Cuando yo era chica –y mofletona- me parecía mucho a las fotos del abuelo. Ahora sólo me quedan los labios cortos y un gusto mayúsculo por lo escrito. Mi abuelo era tan amigo de Natalio Botana, que tenían una biblioteca en común. Dicen que era una de las mejores de Buenos Aires y debe ser cierto, porque los dos libros que nos quedaron tienen una encuadernación lindísima, con las letras de los títulos y autores grabados en oro. El que sabe mucho del abuelo es mi primo el Monseñor. Yo soy muy burra con la historia argentina. El año pasado, Monseñor G. me mandó mails contándome del abuelo y ahí me quedó claro que era un tipo grosso, admirable. Y me dio cariño.
La abuelita, la mamá de mamá, también fue a parar a la bóveda. Esto no les cayó muy bien a los G., pero como son muy educados nunca intentaron desalojarla. Una vez nos mandaron la cuenta adeudada en el cementerio. Nos afligimos, nos negamos a pagarla y listo. La primera vez que fui a la bóveda fue para visitar a la abuelita, porque yo siempre la extrañé. El lugar me pareció una iglesia chiquita, con tanto candelabro y mantel de hilo con puntillas. No me acuerdo de la ubicación de papá y de la abuelita, pero ojalá estén cerca porque se llevaban muy bien.
La segunda y última vez que entré a la bóveda fue para llevar a mamá. Pusimos su urnita arriba del cajón de Lala. Con mi hermana dijimos: “A ver si por fin se hacen amigas”.
Creo que en el 2010 vence la titularidad de la bóveda. No sé qué vamos a hacer con tanto difunto.
Cerquita de Lala está el abuelo paterno; él se murió antes de que yo naciera, pero no sé si me hubiera caído muy simpático. En las fotos no se lo ve muy abuelito. Aunque capaz que es ese gen G. que nos hace parecer medio desaprensivos y resulta que no, que al contrario. Mi hermana zafó de eso: ella es pura expresividad. Cuando yo era chica –y mofletona- me parecía mucho a las fotos del abuelo. Ahora sólo me quedan los labios cortos y un gusto mayúsculo por lo escrito. Mi abuelo era tan amigo de Natalio Botana, que tenían una biblioteca en común. Dicen que era una de las mejores de Buenos Aires y debe ser cierto, porque los dos libros que nos quedaron tienen una encuadernación lindísima, con las letras de los títulos y autores grabados en oro. El que sabe mucho del abuelo es mi primo el Monseñor. Yo soy muy burra con la historia argentina. El año pasado, Monseñor G. me mandó mails contándome del abuelo y ahí me quedó claro que era un tipo grosso, admirable. Y me dio cariño.
La abuelita, la mamá de mamá, también fue a parar a la bóveda. Esto no les cayó muy bien a los G., pero como son muy educados nunca intentaron desalojarla. Una vez nos mandaron la cuenta adeudada en el cementerio. Nos afligimos, nos negamos a pagarla y listo. La primera vez que fui a la bóveda fue para visitar a la abuelita, porque yo siempre la extrañé. El lugar me pareció una iglesia chiquita, con tanto candelabro y mantel de hilo con puntillas. No me acuerdo de la ubicación de papá y de la abuelita, pero ojalá estén cerca porque se llevaban muy bien.
La segunda y última vez que entré a la bóveda fue para llevar a mamá. Pusimos su urnita arriba del cajón de Lala. Con mi hermana dijimos: “A ver si por fin se hacen amigas”.
Creo que en el 2010 vence la titularidad de la bóveda. No sé qué vamos a hacer con tanto difunto.
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