“Una luz en el cielo. Pálida, helada. Sólo eso. Sólo eso fue el inicio de la llegada de los quince platos voladores que nos rodearon mientras el fogón se apagaba sobre la tierra del cerro Uritorco”.
-No te creo.
-Recién empiezo…
-Por eso. Ya arrancás mal-dijo. Y apagó el cigarrillo en un resto de puré que quedaba en el plato-. Dejemos de lado que nunca estuviste en el cerro Uritorco, aunque no es un detalle menor. ¿Por qué, de entrada, mencionás que son quince?
-Porque no eran dos ni tres, eran quince- contestó ella con tono desafiante.
El se levantó, fue hasta la cocina y volvió con una caja. La abrió y dejó caer al piso todos los fósforos.
-¿Cuántos son? A ver, sin ponerte a contar, decíme cuántos son.
Pero ella no levantó la vista de las hojas que sostenía. Las apretaba con tanta fuerza que se le habían puesto blancas las puntas de los dedos. Tenía manos chicas y carnosas, ese era el único rasgo infantil que conservaba a sus 38 años. Se había enamorado de él en el segundo año de la universidad. Nunca supo cómo había logrado que aquel catedrático se fijara en ella. “Tuviste suerte”, le había dicho la madre el día que se casaron. Dos meses antes, ella había dejado la carrera. Se dedicó a organizar la agenda de conferencias y cursos que él daba. Desde la publicación del segundo libro, cada vez eran más.
El se agachó a recoger los fósforos. Aunque era robusto, conservaba la agilidad de quienes practicaron rugby en su juventud. Cuando volvió a sentarse, tenía una expresión que ella conocía bien: esa mezcla de tolerancia y severidad que impostaba en sus clases.
-Es mejor que el protagonista descubra que esa luz pálida son ovnis y que después se horrorice más al contarlos. No puede pasar eso en la misma secuencia.
-Ella.
-¿Qué?
-Es ella. La protagonista es una mujer.
-¿Y el hombre dónde estaba?
-En la carpa, durmiendo.
-¿Y ella, afuera?
-Sí.
-Pero mirá qué valiente la señora… Quedarse sola en medio del Uritorco, al lado de un fogón que se apaga… ¿Y cómo sigue?
-No sigue- dijo. Dejó los papeles y fue hasta la cocina.
El levantó los platos de la mesa y la siguió. Ella estaba parada, con las manos apoyadas sobre la mesada y la cabeza hundida en los hombros. La abrazó por la espalda.
-Perdoname. No me di cuenta.
-No importa.
-Me tomaste por sorpresa. No sabía que habías vuelto a escribir.
-Esto no es escribir. Es una porquería.
El le corrió el pelo de la cara, empezó a besarle la frente hasta llegar a la nariz. La llamó “mi Pinocha” y la abrazó más fuerte. Después, preparó café. Volvieron al living y, aunque insistió, ella no quiso seguir leyendo. Se quedaron abrazados en el sillón. Como se les había acabado el cognac, después del café tomaron whisky.
-¿Cómo se te ocurrió lo de los ovnis?
-No sé. Fue una tontería. Olvidátelo. Esta tarde confirmé lo del coloquio en Navarra. Es en dos semanas.
-¿Y si vamos juntos? Podríamos tomarnos una semana de vacaciones allá y quedarnos para San Fermín.
-Pero si lo único que decís es que ya estás aburrido de viajar… Además, sos fóbico a las multitudes. Por eso nos mudamos a barrios cada vez más alejados.
-Creo que es hora de pensar seriamente en Atacama-. El se rió de su propio chiste-. Ahí sí, hasta yo me pondría a escribir sobre platos voladores- Y volvió a reírse.
Ella ni siquiera sonrió ante estos comentarios. Parecía cansada. El, en cambio, estaba cada vez más animado. Le propuso un juego: que ella le contara el final del relato y él adivinaría lo que había pasado antes.
-Sin trampas, Pinocha. Acordate que sobre la mesa están los papeles con la versión original.
-También podríamos hacerlo con cualquiera de tus libros.
-Sí, pero vos ya los leíste. No tendría gracia.
La verdad era que ella no había terminado de leer nada de lo que él había publicado en los últimos años. No avanzaba más de las primeras diez o quince páginas. Se acordó de la primera vez que él la mencionó en una dedicatoria. “A mi luz”, había escrito. Llevó el libro en la cartera durante un mes; una vez por día, lo leía y lloraba.
-¿No es un poco tarde para las adivinanzas?
-Es un juego…
-No. Si lo pensás bien, no es un juego.
-¿Qué es lo que tendría que pensar? A veces no te entiendo. A lo mejor no tendría que haberte hecho esas observaciones sobre el cuento. Pero vos quisiste leérmelo.
-Quería que lo escuchés.
-¿Por qué?
-Para variar, supongo.
-Ahora sos vos la que juega a las adivinanzas.
-No, acá no hay ningún misterio.
-¿Y cómo termina todo?
-Los platos voladores se fueron. Y el mundo nunca volvió a ser el mismo.
El asintió y durante un rato se entretuvo tomando whisky con un dedo. Lo mojaba y lo lamía. Ella aprovechó para llevar las tazas a la cocina y lavarlas. Cuando volvió, él había dejado de jugar con la bebida y miraba fijamente el vaso.
-¿El marido se fue en uno de los platos voladores?
-No.
-Entonces, la protagonista sos vos. Por eso volviste a escribir. No debe haber sido fácil.
Ella no contestó.
-Hay un salto raro en la narración. Empieza ella, termina él…
-¿Viste que era una porquería?
-Al final, resultó que sí. ¿Vas a dejarme, no?- Miraba hacia la ventana cuando se lo preguntó.