lunes, 7 de julio de 2008

Malos augurios

Las cosas no estaban muy bien en aquel tiempo. Acababa de cortar con un novio por un motivo tan trágico como las alas de una mariposa: me gusta que me quieran de una manera que no era la que él tenía. Creo que uno puede decirle al otro “en esta casa no se barre de noche” o “aflojá con el folklore”; pero no, que sienta diferente: eso sería pedirle que fuera otra persona. Pero tampoco es que soy Santa Clara de Asís; hasta que me di cuenta de esto, pasaron varios meses de empecinamiento. Finalmente tuve que entenderlo. Una noche se lo expliqué y al despedirnos, nos dimos uno de esos abrazos llenos de tristeza, cariño y entendimiento. Fue algo muy lindo. A los pocos días lo llamé, le pregunté si me extrañaba y empezamos a salir de nuevo. Pero esa vez no duramos mucho: hasta nos olvidamos de decirnos adiós.
Además de este asunto, en un mes tenía que mudarme porque no me renovaban el contrato de alquiler y en el trabajo las cosas estaban un poco más que tensas. Fue inevitable: primero se rompió la medianera de vidrio que separaba mi balcón del vecino; después, la plancha y por último, la aspiradora. Parecía que la casa seguía mis pasos. Durante un tiempo me sentí muy mal por todo. Después, algunas cosas se arreglaron.
Hace tres semanas se falseó la tecla de la luz de la cocina. Fui hasta la casa de electricidad de acá a la vuelta y ahí me explicaron cómo cambiarla. Lo hice y durante un día me sentí muy orgullosa de mí misma, hasta que hubo un chisporroteo y me quedé otra vez sin luz. Al mismo tiempo, el tanque del agua del inodoro empezó a perder. Al principio fue sólo un hilito que caía de lo más sonoro sobre la loza, pero parece que eso no le alcanzaba y pronto empezó a salir una cascada en la pared cada vez que apretaba el botón.
El primer electricista que vino era tan expeditivo como panzón. Apareció sin caja de herramientas, se asomó a la cocina, habló de cableados y presupuestó 180 pesos. Protesté y cada uno de los dos terminó enojado con el otro. Al final, Zully -la encargada de casa- consiguió un chico que arregló la lámpara por 15 pesos. Después llegó el turno del plomero, que lo solucionó todo en media hora. Y de vuelta fui feliz. Es que cuando las cosas no funcionan me siento tan incómoda como desvalida.
Por eso me puse tan mal cuando hace unos días volvió a aparecer la cascadita. Y más, cuando el jueves el calefón amaneció con una llama chiquita, que no hubo forma de hacer crecer. Zully me dio las llaves de su departamento y todos los días me baño ahí. Al principio subía con un bolsito pero ahora ya simplifiqué bastante el trámite. Hoy, el vecino del séptimo ni pareció mosquearse cuando me encontró en el ascensor con la toalla como turbante en la cabeza. Hizo un comentario sobre el tiempo y le contesté: “Ah, ni me hables de eso”, como si la niebla fuera responsable de todos los absurdos.
Mañana vuelve el plomero. Espero que solucione todo. Los desperfectos en cadena me inquietan de una manera muy irracional.

martes, 1 de julio de 2008

Cristina

Había que hacer méritos para destacarse en una familia como la nuestra. Mi prima Cristina lo logró. No fue sólo por lo físico: su obesidad era un detalle menor. Cada vez que hablaban de ella, la charla concluía con un: “Siempre fue brava”.
Era la hija mayor de mi tía María Angélica, una de las hermanas de mi mamá que estaba casada con un militar y vivía en Mendoza.
Antes de cumplir los 18, Cristina fue mamá. Soltera. Cuando se enteraron del embarazo la echaron de la casa, pero al tiempo de nacer Anita volvieron a vivir todos juntos. El papá de Anita era un señor casado que la reconoció muchos años después. Todo esto me lo contó Cristina, una de las veces que vino a Buenos Aires. Yo creía que era viuda, como me había explicado mi mamá. Cuando le pregunté si extrañaba al marido, me enteré de la verdad. Cristina nunca mentía. Pero no era sólo por esto que yo la adoraba, sino porque ella me quería mucho. Cuando venía a visitarnos dormíamos juntas; ella me abrazaba y me pasaba la mano por el pelo, como hacen las nenas con las muñecas.
Y sí: era brava. En la esquina de mi casa de México vivían gitanos. Cada vez que yo daba vuelta a la manzana en bici, me demoraba espiándolos. Una de esas tardes, salió la abuela gitana, que fumaba en pipa, y me gritó. Cristina, que estaba en la puerta de casa, vio todo. Entonces, fue hasta lo de los gitanos, entró sin pedir permiso, agarró un triciclo que estaba en el patio, salió con él en los brazos y lo revoleó al medio de la calle. Después de eso terminé haciéndome amiga de los gitanos más chicos. Les dije que Cristina era una de mis mamás.
En otro viaje tuvo un romance con nuestro primo Robertito. Los pescaron y terminaron escapándose a Mendoza, donde vivieron juntos durante un tiempo. Yo le escribía muchas cartas y las contestaciones de ella llegaban en el fondo de las encomiendas con dulces caseros que casi todos los meses nos mandaba tía Angélica. El de tomate nunca me gustó.
Un día, mi prima vino a vivir a Buenos Aires. Antes de eso, en una pelea, Anita le había dicho que prefería vivir con un papá que no la quería antes que con una loca. Cristina armó dos bolsos: uno fue a parar con Anita a la casa del señor casado y ella tomó un micro con el otro. Volvimos a compartir el cuarto. Acá, empezó a trabajar en la fábrica de corpiños Peter Pan, con los jirones de tela elastizada que traía, me enseñó a hacer polleritas hawaianas para las muñecas. Le mandamos una a Anita.
No pasó mucho tiempo hasta que nos presentó a Carlos, su novio. Parecían muy enamorados; además, él me quería tanto como ella, hacía muchos chistes y me llamaba Ferni. Era morocho, medio pelado, con bigotes y suboficial. Parece que después lo ascendieron y pudo mudarse con Cristina a un departamento en la calle Sarandí. Fueron los primeros de la familia en tener televisor color. No uno, sino dos. La casa de ellos empezó a llenarse de electrodomésticos y muebles, casi todos usados. Aunque ahora tenía dos hijos y bastante plata, Carlos ya no era un hombre alegre. Hablaba de cosas violentas y más de una vez mi prima terminó llorando en la cocina, abrazándome y pidiéndome que no creyera nada. Dejamos de verlos durante un tiempo.
Carlos se murió. Dijeron que lo había matado la guerrilla, en una emboscada. La historia es un poco confusa. Cristina pasó la noche en una comisaría militar porque todas las balas eran del arma de Carlos. Iban en el auto con sus dos hijos y después de algunos meses, la mayor, que tendría tres años, todavía se golpeaba la cabeza con el dedo índice y decía: “Mi papá, pum pum”. Igual, a él lo sepultaron con honores y mi prima estuvo todo el tiempo al lado del cajón. Mi mamá no quiso que vayamos al entierro.
Volví a ver a Cristina hace dos años, cuando un tío cumplió los 90. Nos abrazamos fuerte. Se notaba que había ido a la peluquería, pero igual estaba llena de canas. Parecía una viejita. Me miró raro mientras yo le hablaba de los gitanos y las polleras hawaianas. Dijo que ya se había olvidado de muchas cosas.

jueves, 26 de junio de 2008

IC

Me encantan las cosas triviales, las más tontas. Por eso juego al solitario Spyder, mamarracheo vidrios empañados, escucho La Cabra Mecánica, juego con los peces encerrados, creo en cosas inveroscímiles y agradezco que el mundo no esté en mis manos. También me tomo muy en serio las mini encuestas que cada dos o tres meses nos hacen contestar en el trabajo. La de hoy decía:

1) A qué lugar del mundo te gustaría viajar y por qué? (Dar dos opciones)
2) Cuál es tu superhéroe favorito y por qué? (Dar dos opciones)
3) Contá sobre alguna vez que hayas sentido: “Tragame tierra”.

Mis respuestas:

1) A Berlín, para carcajear con mi amigo Pepe Grillo.
A Disneyworld y Universal, con mis sobrinos. Nos lo debemos.

2) La verdad es que se me dan mejor los villanos. Mi favorito es el Guasón: 100% encantador.


3) ¿En orden cronológico o alfabético?


Me parece que no doy mucho con el piné, porque la directora me contestó: “¿Y si te inventás un personajito?”.

lunes, 16 de junio de 2008

Maruja

Durante muchos años vivió en Montevideo. En las cartas siempre hablaba de esa ciudad donde la batata se llamaba boñato y por las tardes toda la gente iba a la playa. Mi tía Maruja tenía una letra parecida a la de mi mamá, poco redondeada y medio desprolija. Ella venía poco a Buenos Aires, prefería quedarse allá con mi primo Jorge, pero cada vez que su marido viajaba nos mandaba regalos con él. Casi siempre eran cosas feas, como esos posavasos de plástico que tenían dibujitos de barcos o faros y decían “Recuerdo de Pirilápolis”. Igual, yo le tenía cariño.
Mi tía Maruja había sido una mujer muy linda. Siempre contaba de la vez que, a escondidas del padre, fue al corso; la postularon para reina, pero mi abuelo se enteró y, la noche que tenía que ser coronada, la dejó encerrada en la casa. Aunque cuando él se murió ella se dedicó a modelar para tiendas que vendían sombreros, parecía que Maruja vivía añorando esa corona. También se acordaba mucho de los piropos que recibía. Una tarde estaba por cruzar la calle cuando un chico que pasaba en bicicleta le dijo: “Nena, tené cuidado que con esas gomas me parás la bicicleta”. Parece que sonrió y agradeció; después, cuando volvió a su casa y lo contó, mi abuelo le dio un bofetón. “Es cosa de familia”, remataba Maruja. Y durante algún tiempo yo creí que se refería a la manía por los castañazos.
Un día escuché cuando mamá le contaba a Tía Gorda que Maruja volvía a Buenos Aires. Hablaban en voz baja, como siempre que había problemas. A la semana, ella, su marido y mi primo estaban instalados en casa. Se acomodaron en la salita donde jugábamos mi hermana y yo. Al principio todo fue alegría. A mí me encantaba tener un primo adolescente y a él le gustaba ayudarnos a mí y a mi hermana con matemáticas, o convencernos para que nos hagamos de Peñarol. Se tiraba en la cama y nos hacía acomodar delante de él. Mi tía Maruja instaló su Singer al lado de la de mi abuelita, en el cuartito del fondo, y las dos pasaban ahí las tardes, charlando y cosiendo.
Después de que murió mi abuelita, cada dos por tres Maruja me llamaba desde el cuartito del fondo, para que la ayudara a enhebrar la máquina o buscar un carretel que se le había perdido. Mientras yo lo hacía, empezaba a contarme cosas. Así me enteré de que ella y el marido habían adoptado o algo así a mi primo Jorge. Los verdaderos padres eran un estudiante de Medicina y su novia. Parece que después de darlo se arrepintieron y entonces mi tía y el marido se fueron a vivir a Uruguay, llevándose al bebé. Yo pensaba que Jorge había heredado los ojos verdes de Maruja pero ella me explicó que no, que así eran los del papá biológico. Una vez me dijo que le daba asco el olor de la piel del marido. “De catinga”, aclaró. Empezó a hablarme de la luna de miel pero se frenó. Y aunque yo insistí, ella me mandó a jugar. A lo mejor se dio cuenta de que no eran cosas para decirle a una nena.
Yo no le contaba nada a mi mamá pero igual, una noche ella entró en la salita donde estudiábamos con Jorge y vio de qué se trataba el apoyo escolar que él nos daba. Hubo gritos. A los pocos días los tres se mudaron a Tapiales. No volvimos a verlos durante un buen tiempo. Un sábado tomamos el 103 y otro colectivo más; durante el camino, mamá no dejó de hacernos advertencias. Mi tía lloró cuando nos vio. Mi primo se quedó encerrado en su cuarto y lo saludamos desde la puerta, al llegar y al irnos.
Después, volvimos a Tapiales muchas otras veces. Pero nunca más Maruja volvió a hablar de los piropos o de la vez que la eligieron reina del corso. Tampoco de las otras cosas.

domingo, 8 de junio de 2008

Mirona

En el pulmón de manzana hay un pino. Eso fue lo que dijo el de la inmobiliaria cuando describió el departamento y fue lo que más me gustó de todo lo de que nombraba. Con el tiempo descubrí el resto.
En uno de los edificios que ahora tengo enfrente viví yo hace muchísimos años, apenas me fui de casa. Compartíamos ese monoambiente con una santafecina; después vinieron su novio y algunos míos. En épocas de parciales, se sumaban tres o cuatro más. También estaba Happy, el hamster, al todos le decían Ratita. Una o dos veces al año, cuando caía el de la desinfección, se escuchaba la advertencia: “Cuidado con la Ratita”. Finalmente, alguno se levantaba, iba hasta el baño y volvía con la lata de galletitas Terrabusi. Adentro estaba Happy, con su vuelta al mundo y sus filetes de zanahorias. Creo que siempre fuimos demasiados en aquel departamento.
Pero cuando me mudé acá no empecé a espiar el edificio de enfrente por nostalgia sino porque ahí vivía un chico al que también le gustaba mirar. Tenía un cuerpo contundente y lo mostraba mucho. Todas las mañanas, cuando yo iba a la cocina a prepararme el desayuno, él ya estaba en el balcón, parado, tomando su café en calzoncillos. Por las noches también se asomaba. Fue por él que coloqué cortinas en mi cuarto. Después se puso de novio y se mudó. De vez en cuando viene, se queda un rato escribiendo en la PC y después sale al balcón. Pero ya no es lo mismo. Cuando se va, baja la persiana.
Arriba del departamento de este vecino había uno pintado de un verde más estridente que el de las manzanas. Ahí vivía una chica que lavaba mucha ropa por las noches. La persiana estaba siempre baja hasta que, casi a la madrugada, la levantaba para salir a colgar la ropa. Después, volvía a encerrarse. También se mudó. Hace algunos fines de semana apareció ahí una chica gorda, muy gorda; llegó con un señor vestido de albañil, que pintó todo de blanco. Hoy al mediodía él seguía haciendo arreglos en el departamento. Se toqueteaba mientras revisaba la puerta que da al balcón.
Hace dos veranos demolieron la casa que había al lado del edificio de los monoambientes y empezaron a construir una torre. Cuando sólo era un esqueleto, el que cuidaba la obra se instaló en uno de los pisos. Por las noches, se lo veía comer en una mesita. Después, cuando ya estaban levantadas las paredes, colocó trapos de colores en los huecos de las ventanas. Un domingo hizo un asado. Desde mi casa se escuchaban la cumbia y gritos. Me asomé y lo vi: estaba junto a unas chapas de las que salía humo, bailando mientras cantaba o algo así. No había nadie con él. Esa noche vino a verlo un señor muy bien vestido y se quedaron un largo rato charlando, los dos sentados en la mesita.
La torre ya está lista. Debe faltar poco para que vengan a ocuparla. Cuando pase eso, voy a poner cortinas en el living.

miércoles, 4 de junio de 2008

Visitas

De la cárcel no me acuerdo mucho. Ya se sabe que es terrible y entonces nada te agarra muy desprevenida. Lo que sí me sorprendió es que aceptara recibirme, porque no nos conocíamos. Llegué a un patio que era como el gimnasio de mi escuela, después de que lo techaran: medio oscuro y lleno de ruidos. Al rato apareció ella, en silla de ruedas, con batón matelassé y pantuflas. Llegó sonriente pero cuando le dije por qué estaba ahí, empezó a decirme cosas feas. Y tenía razón. Después se calmó y hasta llorisqueó un poco. Me contó que la habían operado, que todavía sangraba y que había creído que me mandaban los del estudio jurídico. Parecía muy enojada cuando repitió que yo la había engañado. Pero enseguida volvió a suavizarse y pidió que le comprara algodón, papel higiénico, facturas con crema pastelera por encima, bizcochitos y milanesas. Se la notaba golosa. Salí del lugar, fui a un mercadito que quedaba en el centro y volví a entrar a la cárcel con un paquetón. Ella seguía en el patio. Esta vez me saludó por mi nombre y le comentó a la guardia que yo era su amiga más jovencita. Me hizo memorizar el número de teléfono de un familiar, quería que lo llamara y le contara cómo la había visto. Cuando se despidió, dijo: “¿Sabés lo que más extraño? La torta pascualina”. Esa fue la primera vez que estuve con Yiya Murano.
El otro fin de semana volví a Ezeiza y lo hice durante algunos meses más. Casi siempre fue por trabajo. Pero también me ponía contenta el entusiasmo con que ella revisaba la comida que le llevaba. Le convidaba a otras presas, a las que llamaba “mis compañeras”. Creo que le tenían cariño o algo así. Es que ella era muy piropeadora, capaz de elogiarle la cintura a un redondel, y a veces eso se necesita mucho.
A Yiya le gustaba mencionar nombres de confiterías que ya no existían y también los de algunos amantes que había tenido. Parecía más joven cuando hablaba de esto. Estiraba el cuello, se pasaba las manos por la pollera espigada, como si la planchara, y decía: “Tuve una vida de muchos lujos”. Cuando todavía no se usaba la palabra spa, una vez definió a la cárcel como un club, pero al rato se puso a llorar y dijo que no se lo merecía. Nunca pude creerle.
El último domingo que fui a verla le conté que había renunciado al trabajo para irme a Europa. Ella me pidió que le mande “una de esas tarjetas de españolitas con volados”. Le dije que sí, aunque no entendí muy bien de qué me hablaba. Un mediodía, en un estanco de Madrid, encontré una postal que tenía dibujada una gallega, con castañuelas en miniatura y encajes pegados en la pollera. Me gustaría acordarme de la frase que le escribí.
Hace un par de años volví a ver a Yiya. Me estaba esperando en el hall del lugar donde yo trabajaba, para espanto de las recepcionistas. Nos abrazamos: al fin y al cabo era un reencuentro. Dijo que siempre se acordaba de que mi mamá se llamaba igual que ella. Me contó que había vuelto a casarse y despotricó mucho contra el capítulo de Mujeres Asesinas donde mostraron su historia. La verdad es que Yiya había ido a buscarme porque necesitaba un favor. Le pregunté si había recibido la postal de España y creo que mintió cuando contestó que sí, porque enseguida cambió de tema. Después, me convidó con un caramelo de miel.

domingo, 1 de junio de 2008

Viernes

Yo sé que no es la felicidad. Porque la felicidad es una burbuja. Y esto no. Es sólo una reunión de amigas. Acá hay dilemas tontísimos, como querer saber o no de una infidelidad, que abren la puerta a los recuerdos. Y los que aparecen son muy concretos: tienen nombres, disimulos, pelos lacios, infidencias y caderas anchas. De fondo se escucha a Tom Waits. Ninguna sabe muy bien qué hacer con eso que se instaló en medio de un living del Once con aires parisinos. Algo así como un espanto. Hasta que una va a ver las lentejas y avisa que ya está, otra sirve más vino y el alivio llega acompañado de pan calentito. Después, lo de siempre: nos despatarramos para hablar hombres, John Houston, sexo, Sophie Calle, cosas raras. Cada una se burla de sí misma y nadie se acuerda de cómo se llama el protagonista de Smoke. Hay que esperar a que los chicos se vayan para poder fumar pero esta noche tardan. Entonces, marquisse de chocolate y ahí, sí: el actor es Harvey Keitel. Hace frío y ninguna moraleja. Las risas duran hasta mucho después.
Igual, yo creo que un poquito sí. Se parece.