Me mandaron a lo de un amigo de la familia, al que le decíamos “tío Cacho”. Con el tiempo fue Cacho o Cachito, a secas. Tengo la imagen de un frente con piedritas puntiagudas y una fila de árboles en toda la cuadra. Creo que era en Caseros, pero no estoy muy segura. La mamá de Cachito y la hermana estaban en la puerta cuando llegamos. Me quedé ahí dos días, jugué y me dieron mucho de comer. Son dos cosas que todavía hoy me gustan. Una mañana vino Cachito y me llevó de vuelta a casa en su Fiat 1100. Mamá estaba sentada en el comedor.
-Tu papá se murió.
-¿Y dónde está?
-En el cielo. Podés rezarle.
Arriba de mi cama tenía un angelito de yeso pintado de varios colores; no era una figura entera sino una cara, unas alas que le asomaban a cada costado y una argolla dorada flotando sobre la cabeza. Fui a saludarlo y volví rápido con mamá.
-¿Puedo ir a jugar?
Me dijo que sí. Unos meses después cumplí cuatro años.
Después de muchos años entendí qué había pasado. Una vez mi terapeuta dijo que era como un agujero que no iba a llenarse nunca. Yo me miré la panza, porque sentí que lo tenía ahí, y me pareció muy lógico.
Ayer a la noche fui a lo de mi hermana a ver una peli. A lo diez minutos de empezar, a la protagonista se le moría el marido. Las dos nos largamos a llorar como si nos hubiera pasado a nosotras. Y seguimos así hasta el the end, agotando el paquete de servilletas Sussex. Al principio, nuestra amiga, que estaba sentada entre las dos, nos daba palmaditas a una y a otra. Pero después se cansó. Cuando prendimos las luces, dije: “Es muy mala”, y me fui al baño a buscar papel higiénico. Mi hermana, que es más conciliadora, se ocupó de explicar: “Se ve que no pudimos superarlo”. Hoy me llamó para preguntarme cómo estaba. Me contó que ella también se había quedado pensando.
domingo, 18 de mayo de 2008
martes, 13 de mayo de 2008
La del campo
Se llamaba Estela y vivía en Pilar. Creo que era la única de las seis hermanas de mamá que estaba enamorada del marido. Tanto, que ellas la llamaban “Estela la loca” y a él, “Roberto el hermoso”. Era una broma de los mayores. Yo la repetí una vez y ligué un bife.
Mi tía Estela era la menos habilidosa de esa tribu de hermanas que se destacaban por saber cocinar, coser y malgastar el dinero. Estela, en cambio, se enorgullecía de aprovechar retazos de lo que fuera, que transformaba en estofados y vestidos. Y se mostraba tan contenta, que nadie se animaba a decirle lo espantosos que eran. Una vuelta, hizo una pileta ella solita. Cuando fuimos a visitarla, nos recibió con su clásico: “Chiicaaas”. Ella siempre saludaba así. Hoy, cada vez que escucho un “chicas” me suena deslucido, sin ese entusiasmo larguero de tan atropellado. Ese mediodía nos llevó frente a algo así como una caja estirada, de cemento, pintada de celeste. Llamarla pileta era un insulto a las Pelopincho. Pero igual lo celebramos. Que yo me acuerde, sólo chapotearon ahí el perro y un conejo que casi muere ahogado.
Cuando yo era chica, Pilar era campo. Mi tía criaba gallinas y un chancho descomunal. También tenía un almacén, en la parte de adelante de la casa. Cuando mi primo Robertito (el único hijo de Estela y Roberto) dejó el secundario, lo pusieron a trabajar en el negocio. No sé si por resentimiento o astucia, cada vez que empaquetaba el azúcar colocaba 900 gramos en vez de 1 kilo.
En las vacaciones de invierno que pasamos con mi hermana en Pilar también estuvo unos días mi prima Cristina, que vivía en Mendoza. Una mañana, ella y Robertito desaparecieron. Nadie quiso decirnos dónde estaban; cuando preguntamos, nos mandaron juntar huevos, aunque ya sabíamos que eso se hacía a la tarde. Después llegaron unas tías, que se encerraron con Estela en la cocina. Ese día nos volvimos a Capital. Unos meses después nos enteramos de que Robertito y Cristina estaban viviendo juntos en Mendoza.
Al lado de la casa de mi tía Estela había un caserón abandonado. Contaban que lo estaba construyendo una pareja que pensaba ir a vivir ahí después de casarse. Parece que la novia se murió en la luna de miel y entonces el viudo se fue a Europa. Mi hermana y yo íbamos a jugar ahí y nos asustábamos una a la otra diciendo que acabábamos de ver al fantasma de la novia. Que tenía el velo roto y sucio de barro. Mi tía Estela nos tenía prohibido ir al caserón. Un feriado, mi tío hizo ahí un asado e invitó a un par de vecinos borrachines. No sé cómo fueron las cosas, pero todo salió en la quinta de Crónica. Le pegó un tiro en la pierna a un chico que se había metido a escondidas en el lugar. Eso fue lo que le escuché comentar a dos vecinas de Almagro. Ellas me mostraron el cuadradito en el diario donde estaba impreso el nombre de mi tío y su dirección. Mi mamá lo negó todo. Dijo que había mucha gente con ese apellido y que cualquiera se equivoca una calle. Pero mi tío Roberto no estaba cuando íbamos a Pilar y, al final, todo quedó como un gran sobreentendido.
Pasó algún tiempo hasta que un domingo, después de una semana de muchas llamadas telefónicas entre familiares, hubo un almuerzo en casa de mi tía la de Florida. Nos ordenaron no hacer preguntas ni comentarios. Cuando llegó, Estela quiso saludar pero sólo le salió la mitad del “chiicaaas”. El resto fue llanto. Alguien la abrazó. No fue tío Roberto, que estaba detrás de ella. El traía un bolso alargado en la mano. Lo abrió y le entregó a mi tío Leber (el dueño de casa) algo que parecía una escopeta. Después, nos sentamos a comer. Ese mediodía también se emborrachó, pero poquito.
Al otro año, mi primo Robertito volvió a Pilar. Ya no nos dejaban estar con él a la hora de la siesta, cuando empaquetaba el azúcar. Finalmente, el almacén se incendió.
Mi tía Estela y mi tío Roberto se murieron. No fui al velatorio de ninguno de los dos. Peor: me enteré mucho tiempo después. Es que cada uno quiere a su manera. Yo los escribo.
Mi tía Estela era la menos habilidosa de esa tribu de hermanas que se destacaban por saber cocinar, coser y malgastar el dinero. Estela, en cambio, se enorgullecía de aprovechar retazos de lo que fuera, que transformaba en estofados y vestidos. Y se mostraba tan contenta, que nadie se animaba a decirle lo espantosos que eran. Una vuelta, hizo una pileta ella solita. Cuando fuimos a visitarla, nos recibió con su clásico: “Chiicaaas”. Ella siempre saludaba así. Hoy, cada vez que escucho un “chicas” me suena deslucido, sin ese entusiasmo larguero de tan atropellado. Ese mediodía nos llevó frente a algo así como una caja estirada, de cemento, pintada de celeste. Llamarla pileta era un insulto a las Pelopincho. Pero igual lo celebramos. Que yo me acuerde, sólo chapotearon ahí el perro y un conejo que casi muere ahogado.
Cuando yo era chica, Pilar era campo. Mi tía criaba gallinas y un chancho descomunal. También tenía un almacén, en la parte de adelante de la casa. Cuando mi primo Robertito (el único hijo de Estela y Roberto) dejó el secundario, lo pusieron a trabajar en el negocio. No sé si por resentimiento o astucia, cada vez que empaquetaba el azúcar colocaba 900 gramos en vez de 1 kilo.
En las vacaciones de invierno que pasamos con mi hermana en Pilar también estuvo unos días mi prima Cristina, que vivía en Mendoza. Una mañana, ella y Robertito desaparecieron. Nadie quiso decirnos dónde estaban; cuando preguntamos, nos mandaron juntar huevos, aunque ya sabíamos que eso se hacía a la tarde. Después llegaron unas tías, que se encerraron con Estela en la cocina. Ese día nos volvimos a Capital. Unos meses después nos enteramos de que Robertito y Cristina estaban viviendo juntos en Mendoza.
Al lado de la casa de mi tía Estela había un caserón abandonado. Contaban que lo estaba construyendo una pareja que pensaba ir a vivir ahí después de casarse. Parece que la novia se murió en la luna de miel y entonces el viudo se fue a Europa. Mi hermana y yo íbamos a jugar ahí y nos asustábamos una a la otra diciendo que acabábamos de ver al fantasma de la novia. Que tenía el velo roto y sucio de barro. Mi tía Estela nos tenía prohibido ir al caserón. Un feriado, mi tío hizo ahí un asado e invitó a un par de vecinos borrachines. No sé cómo fueron las cosas, pero todo salió en la quinta de Crónica. Le pegó un tiro en la pierna a un chico que se había metido a escondidas en el lugar. Eso fue lo que le escuché comentar a dos vecinas de Almagro. Ellas me mostraron el cuadradito en el diario donde estaba impreso el nombre de mi tío y su dirección. Mi mamá lo negó todo. Dijo que había mucha gente con ese apellido y que cualquiera se equivoca una calle. Pero mi tío Roberto no estaba cuando íbamos a Pilar y, al final, todo quedó como un gran sobreentendido.
Pasó algún tiempo hasta que un domingo, después de una semana de muchas llamadas telefónicas entre familiares, hubo un almuerzo en casa de mi tía la de Florida. Nos ordenaron no hacer preguntas ni comentarios. Cuando llegó, Estela quiso saludar pero sólo le salió la mitad del “chiicaaas”. El resto fue llanto. Alguien la abrazó. No fue tío Roberto, que estaba detrás de ella. El traía un bolso alargado en la mano. Lo abrió y le entregó a mi tío Leber (el dueño de casa) algo que parecía una escopeta. Después, nos sentamos a comer. Ese mediodía también se emborrachó, pero poquito.
Al otro año, mi primo Robertito volvió a Pilar. Ya no nos dejaban estar con él a la hora de la siesta, cuando empaquetaba el azúcar. Finalmente, el almacén se incendió.
Mi tía Estela y mi tío Roberto se murieron. No fui al velatorio de ninguno de los dos. Peor: me enteré mucho tiempo después. Es que cada uno quiere a su manera. Yo los escribo.
viernes, 9 de mayo de 2008
La memoria de los gatos (Parte I)
Dijo que me extrañaba y que necesitaba verme. Hacía cinco años que nos habíamos separado; al poco tiempo, volvió a casarse y no supe más de él hasta ese llamado. Le contesté que no me parecía una buena idea eso de encontrarnos. No preguntó por qué ni yo se lo hubiera explicado.
Cuando colgué, volví a la cocina para seguir preparando la ensalada. Sobre la mesada estaban los tomates, las zanahorias y unas plantas de lechuga a medio cortar. Todo tenía un aspecto desolado; los colores resplandecían sin mucho sentido, como las guirnaldas de una fiesta que nunca llegó a celebrarse. Aunque ya había lavado las verduras, volví a guardarlas en la heladera. Al otro día tuve que tirarlas. Mala suerte. Comí una manzana mientras miraba en la televisión una película sobre un saxofonista heroinómano. Me hizo acordar a un cuento que había leído alguna vez y a muchas otras cosas más.
Volvió a llamar a la noche siguiente. La conversación fue más o menos la misma. Agregó que estaba arrepentido. Esa vez fui yo la que no quise averiguar. Me pidió que no sea mala. “Aunque sea un café, Vainilla”, insistió. El me llamaba así; sobre todo, cuando quería algo. Se volvía como un nene, insistía mucho y terminaba las frases con el famoso Vainilla. No me acuerdo cómo nació el apodo; a lo mejor, de alguna broma. Y ahí quedó. Cuando nos separamos, dijo: “Yo siempre voy a quererte, Vainilla. No te olvides”. Aquel día, los dos llorábamos. Sabíamos que no era uno de nuestros tantos distanciamientos, esa vez era de verdad. Estábamos cansados de querernos así. A veces pasa. Todavía no sé por qué, pero pasa.
-Aunque sea un café, Vainilla.
-Ya te lo dije: no.
-¿Qué pasa que se escucha tanto ruido?
-Hay un acto en un colegio de acá a la vuelta.
-Pero si es de noche.
-Será una kermese.
-¿Y todo ese ruido llega hasta tu casa?
-Parece que sí.
-¿Te acordás lo del conventillo?
-No.
-Cuando hubo un baile en el conventillo de la calle Serrano y fuimos a pedirle que bajen la música; les dijiste que teníamos un hijo muy enfermo, que necesitaba dormir. ¿En serio no te acordás?
-De veras.
-Qué raro. Al final, terminamos bailando con ellos, todos borrachos. Nunca supiste mentir, Vainilla.
-Y eso que tuve buenos maestros.
-No seas cínica. Vos no eras así.
-Cada uno se convierte en lo que puede.
-¿Ves? Por eso quiero que hablemos. Podemos juntarnos en el barcito de la plaza.
-En serio, no tengo ganas.
Hacía mucho tiempo que no me dolía la panza como en ese momento. Justo ahí, arriba del ombligo. Me estiré y respiré hondo; empecé a masajearme y traté de imaginar el silencio. Pero él insistía.
-¿Te casaste?
-Vivo con alguien.
-¿Y está ahí?
-Tiene un restaurante y llega más tarde.
-No debe ser lindo comer sola todas las noches.
-A veces lo espero, si no estoy muy cansada.
-¿Qué pasó, Vainilla? A vos te gustaba cocinar, hacer pic-nic en la cama y mirar tele abrazada. ¿Te olvidaste de todo eso?
-Los domingos son así. El resto de la semana estoy con alguien que llega tarde. Llega tarde pero me quiere y no nos lastimamos.
-Yo también te quiero. Te llamo mañana y vamos a cenar.
-No.
-Ya lo sabemos, Vainilla. Siempre lo dijimos. Por más que intentemos otras relaciones, vos y yo vamos a terminar juntos. Es así.
Cuando colgué, volví a la cocina para seguir preparando la ensalada. Sobre la mesada estaban los tomates, las zanahorias y unas plantas de lechuga a medio cortar. Todo tenía un aspecto desolado; los colores resplandecían sin mucho sentido, como las guirnaldas de una fiesta que nunca llegó a celebrarse. Aunque ya había lavado las verduras, volví a guardarlas en la heladera. Al otro día tuve que tirarlas. Mala suerte. Comí una manzana mientras miraba en la televisión una película sobre un saxofonista heroinómano. Me hizo acordar a un cuento que había leído alguna vez y a muchas otras cosas más.
Volvió a llamar a la noche siguiente. La conversación fue más o menos la misma. Agregó que estaba arrepentido. Esa vez fui yo la que no quise averiguar. Me pidió que no sea mala. “Aunque sea un café, Vainilla”, insistió. El me llamaba así; sobre todo, cuando quería algo. Se volvía como un nene, insistía mucho y terminaba las frases con el famoso Vainilla. No me acuerdo cómo nació el apodo; a lo mejor, de alguna broma. Y ahí quedó. Cuando nos separamos, dijo: “Yo siempre voy a quererte, Vainilla. No te olvides”. Aquel día, los dos llorábamos. Sabíamos que no era uno de nuestros tantos distanciamientos, esa vez era de verdad. Estábamos cansados de querernos así. A veces pasa. Todavía no sé por qué, pero pasa.
-Aunque sea un café, Vainilla.
-Ya te lo dije: no.
-¿Qué pasa que se escucha tanto ruido?
-Hay un acto en un colegio de acá a la vuelta.
-Pero si es de noche.
-Será una kermese.
-¿Y todo ese ruido llega hasta tu casa?
-Parece que sí.
-¿Te acordás lo del conventillo?
-No.
-Cuando hubo un baile en el conventillo de la calle Serrano y fuimos a pedirle que bajen la música; les dijiste que teníamos un hijo muy enfermo, que necesitaba dormir. ¿En serio no te acordás?
-De veras.
-Qué raro. Al final, terminamos bailando con ellos, todos borrachos. Nunca supiste mentir, Vainilla.
-Y eso que tuve buenos maestros.
-No seas cínica. Vos no eras así.
-Cada uno se convierte en lo que puede.
-¿Ves? Por eso quiero que hablemos. Podemos juntarnos en el barcito de la plaza.
-En serio, no tengo ganas.
Hacía mucho tiempo que no me dolía la panza como en ese momento. Justo ahí, arriba del ombligo. Me estiré y respiré hondo; empecé a masajearme y traté de imaginar el silencio. Pero él insistía.
-¿Te casaste?
-Vivo con alguien.
-¿Y está ahí?
-Tiene un restaurante y llega más tarde.
-No debe ser lindo comer sola todas las noches.
-A veces lo espero, si no estoy muy cansada.
-¿Qué pasó, Vainilla? A vos te gustaba cocinar, hacer pic-nic en la cama y mirar tele abrazada. ¿Te olvidaste de todo eso?
-Los domingos son así. El resto de la semana estoy con alguien que llega tarde. Llega tarde pero me quiere y no nos lastimamos.
-Yo también te quiero. Te llamo mañana y vamos a cenar.
-No.
-Ya lo sabemos, Vainilla. Siempre lo dijimos. Por más que intentemos otras relaciones, vos y yo vamos a terminar juntos. Es así.
La memoria de los gatos (Sigue acá)
No dejé que siguiera hablando. Colgué y desenchufé el aparato. Al rato llegó Agustín, traía un gatito que había encontrado en la calle. Era muy chico, ni siquiera maullaba y no dejaba de temblar. A lo mejor por eso le costaba mantenerse parado. Agustín lo envolvió con una toalla, se lo colocó en el regazo y le dio de tomar leche con una cucharita. Pero ni aun así se le iba el miedo.
-¿Los animales tienen memoria parecida a la humana?
-No sé. Mañana le preguntamos al veterinario.
-El jilguero de mi tía quedó traumado después del incendio.
-¿Qué incendio?
-Se prendió fuego el lavarropas. Mi tía guardaba las jaulas en el lavadero y, aunque las sacaron a tiempo, el jilguero quedó con el pico abierto durante diez días. No te rías, no es gracioso.
-¿Cómo era que se quedó el pájaro?
-Así.
-Vení, payasa. ¿Qué es lo que te preocupa?
-Capaz que este gato sufrió mucho y no va a reponerse de eso. En el fondo, siempre será malo.
-En ese caso, lo mandamos a terapia y listo.
-Qué tarado. Te lo digo en serio. Hay cosas que te marcan.
-Y bueno, qué vamos a hacer. Será un gato amargado, pero no vamos a dejar de quererlo por eso.
-¿No?
-Cualquiera se encariña con un idiota feliz. Nosotros, no. Y estamos muy orgullosos de ser los dueños del gato más resentido de todo Congreso.
Nuestro departamento era antiguo; los cuartos grandes, con techos altos, le daban un aspecto de casa. Eso fue lo que nos gustó cuando lo vimos, aunque la señora de la inmobiliaria insistía en la pinotea y las molduras. Una casa es más que un proyecto, es algo consistente. La noche del gato estábamos los dos abrazados en uno de los sillones del living; mirábamos al animal, que dormía sin dejar de temblar. A pesar de que era una piltrafa, así arropado se confundía con un bebé. Parecíamos una familia. Sin dramatismos ni euforia. Era algo lindo. Agustín también se quedó callado; con dos dedos de una mano rascaba la cabeza del gato y con la otra, me acariciaba el hombro. Por eso no quise contarle lo de mi ex marido. El no hubiera podido entender algo así.
-¿Y si lo llamamos Funes?
-No seas complicada. Es un gato, no una escuela. Pensemos algo simple.
-Es por Funes, el memorioso. Para que se acuerde siempre de lo bueno y de lo malo.
-¿No es más fácil decirle Negrito?
-Dale, no seas malo. Mirá: parece que está ronroneando.
-¿Los animales tienen memoria parecida a la humana?
-No sé. Mañana le preguntamos al veterinario.
-El jilguero de mi tía quedó traumado después del incendio.
-¿Qué incendio?
-Se prendió fuego el lavarropas. Mi tía guardaba las jaulas en el lavadero y, aunque las sacaron a tiempo, el jilguero quedó con el pico abierto durante diez días. No te rías, no es gracioso.
-¿Cómo era que se quedó el pájaro?
-Así.
-Vení, payasa. ¿Qué es lo que te preocupa?
-Capaz que este gato sufrió mucho y no va a reponerse de eso. En el fondo, siempre será malo.
-En ese caso, lo mandamos a terapia y listo.
-Qué tarado. Te lo digo en serio. Hay cosas que te marcan.
-Y bueno, qué vamos a hacer. Será un gato amargado, pero no vamos a dejar de quererlo por eso.
-¿No?
-Cualquiera se encariña con un idiota feliz. Nosotros, no. Y estamos muy orgullosos de ser los dueños del gato más resentido de todo Congreso.
Nuestro departamento era antiguo; los cuartos grandes, con techos altos, le daban un aspecto de casa. Eso fue lo que nos gustó cuando lo vimos, aunque la señora de la inmobiliaria insistía en la pinotea y las molduras. Una casa es más que un proyecto, es algo consistente. La noche del gato estábamos los dos abrazados en uno de los sillones del living; mirábamos al animal, que dormía sin dejar de temblar. A pesar de que era una piltrafa, así arropado se confundía con un bebé. Parecíamos una familia. Sin dramatismos ni euforia. Era algo lindo. Agustín también se quedó callado; con dos dedos de una mano rascaba la cabeza del gato y con la otra, me acariciaba el hombro. Por eso no quise contarle lo de mi ex marido. El no hubiera podido entender algo así.
-¿Y si lo llamamos Funes?
-No seas complicada. Es un gato, no una escuela. Pensemos algo simple.
-Es por Funes, el memorioso. Para que se acuerde siempre de lo bueno y de lo malo.
-¿No es más fácil decirle Negrito?
-Dale, no seas malo. Mirá: parece que está ronroneando.
La memoria de los gatos (Termina acá)
Al otro día, mi ex marido llamó más temprano que las otras veces. Apenas sonó el teléfono supe que era él. Esa vez le pregunté yo por su matrimonio.
-Pasaron cosas horribles, Vainilla.
-Siempre pasan. Por buenas intenciones que haya, en algún momento…
-No entendés. Esa mujer se ocupó de destruirme. Me hizo desgraciado de todas las formas posibles.
No hubiera sido tan difícil adivinar el porqué. En ese momento el gato salió de su escondite, debajo del sofá, y se acercó con titubeos hacia el plato con comida que le habíamos puesto al costado del sillón. Se lo arrimé con un pie y ese movimiento pareció asustarlo porque volvió a su refugio. Mi ex marido seguía hablando. Dijo algo de un monstruo y también de un simulacro. Me gustó cómo sonaba la palabra “simulacro”, tenía la fuerza de una acusación. A lo mejor, Funes sólo estaba jugando.
-Algunas personas no se dan cuenta de que están un poco locas.
-No entiendo a qué te referís.
- Están medio trastornados pero no se enteran. Y hacen cosas malas sin saberlo.
-Te aseguro que no era nuestro caso. Ella entendía muy bien lo que estaba haciendo.
-Quién sabe. ¿Sabés? Mi vecina de abajo guarda basura de la calle en su departamento y todo el edificio huele mal.
-¿De qué estamos hablando?
-De que no siempre hay culpables. Ella dice que la junta para que no quede tirada por ahí. Y que en su casa hace lo que quiere.
-Decime la verdad, Vainilla: ¿sos vos la de la basura?
-No. ¿Por qué pensás algo así?
-Igual, aunque fueran cadáveres, no me importaría. Te ayudaría a recogerlos. Vos y yo vamos a compartir todo.
-A ver si te queda claro: no soy yo, es mi vecina, la que vive en la planta baja. La usé como ejemplo.
El me respondió que, en algún sentido, todos guardábamos basura y hasta cadáveres. Tenía razón. Pensé si Agustín también escondería algo pero no pude imaginar qué. A él le gustaban mucho las explicaciones breves y lógicas. Hacía verdaderos esfuerzos para no impacientarse frente a mis respuestas, se mordía el labio inferior y estiraba el cuello para atrás y a los costados mientras yo intentaba contarle por qué estaba triste o malhumorada. Después, sintetizaba en una sola frase lo que había escuchado. La gente tan concreta no pierde mucho tiempo con el pasado.
-Parece que no hay muchas salidas, ¿no? Es triste. Ojalá no hubieras aparecido.
-Los dos sabíamos que esto iba a pasar. Siempre lo dijimos. ¿Te acordás, Vainilla?
-Pasaron cosas horribles, Vainilla.
-Siempre pasan. Por buenas intenciones que haya, en algún momento…
-No entendés. Esa mujer se ocupó de destruirme. Me hizo desgraciado de todas las formas posibles.
No hubiera sido tan difícil adivinar el porqué. En ese momento el gato salió de su escondite, debajo del sofá, y se acercó con titubeos hacia el plato con comida que le habíamos puesto al costado del sillón. Se lo arrimé con un pie y ese movimiento pareció asustarlo porque volvió a su refugio. Mi ex marido seguía hablando. Dijo algo de un monstruo y también de un simulacro. Me gustó cómo sonaba la palabra “simulacro”, tenía la fuerza de una acusación. A lo mejor, Funes sólo estaba jugando.
-Algunas personas no se dan cuenta de que están un poco locas.
-No entiendo a qué te referís.
- Están medio trastornados pero no se enteran. Y hacen cosas malas sin saberlo.
-Te aseguro que no era nuestro caso. Ella entendía muy bien lo que estaba haciendo.
-Quién sabe. ¿Sabés? Mi vecina de abajo guarda basura de la calle en su departamento y todo el edificio huele mal.
-¿De qué estamos hablando?
-De que no siempre hay culpables. Ella dice que la junta para que no quede tirada por ahí. Y que en su casa hace lo que quiere.
-Decime la verdad, Vainilla: ¿sos vos la de la basura?
-No. ¿Por qué pensás algo así?
-Igual, aunque fueran cadáveres, no me importaría. Te ayudaría a recogerlos. Vos y yo vamos a compartir todo.
-A ver si te queda claro: no soy yo, es mi vecina, la que vive en la planta baja. La usé como ejemplo.
El me respondió que, en algún sentido, todos guardábamos basura y hasta cadáveres. Tenía razón. Pensé si Agustín también escondería algo pero no pude imaginar qué. A él le gustaban mucho las explicaciones breves y lógicas. Hacía verdaderos esfuerzos para no impacientarse frente a mis respuestas, se mordía el labio inferior y estiraba el cuello para atrás y a los costados mientras yo intentaba contarle por qué estaba triste o malhumorada. Después, sintetizaba en una sola frase lo que había escuchado. La gente tan concreta no pierde mucho tiempo con el pasado.
-Parece que no hay muchas salidas, ¿no? Es triste. Ojalá no hubieras aparecido.
-Los dos sabíamos que esto iba a pasar. Siempre lo dijimos. ¿Te acordás, Vainilla?
miércoles, 7 de mayo de 2008
Don de eludir
No entiendo para qué sirve el Facebook. Pero te busqué por ahí y no estabas. Fue un alivio. Hubiera sido muy triste comprobar que seguís teniendo una vida por ahí. Y yo con tantas ganas de insultarte como de besarte.
domingo, 4 de mayo de 2008
Arenga
Sábado a la mañana: llevo ropa para arreglar a Ine. Ella atiende el Lavasec de la calle Uriarte, que vendría a ser algo así como su atelier. Me dice que estoy muy flaquita y le explico: mucho trabajo, la búsqueda de departamento, que al final renuevo el contrato… De paso, aprovecho y comento que me aumentaron el 70% del alquiler y 0% del sueldo. (Es que Ine a veces se zarpa con el precio de los arreglos y yo no soy buena regateando). Ella asiente: una barbaridad, que cómo estamos y adónde vamos a ir a parar. Entra un cliente con bolsita para lavar. Es un vecino de mi edificio. Las dos saludamos y seguimos con cacerolazo verbal. Como para dar un broche -y no perder de vista el mensaje sublimizar-, digo:
-Por eso, Ine, entre nosotros tenemos que ayudarnos más que nunca.
Siento que sólamente me falta un balcón para ser Esthercita Goris.
Hasta que de atrás se escucha:
-Entonces, esta noche prestame el Mini Cooper.
Mi vecino tiene la sonrisa de los que se creen muy ingeniosos. Yo no entiendo bien de qué me habla hasta que me acuerdo: el auto de C., que un par de veces me trajo a casa. Trato de explicarlo pero es como poner Poxipol a un globo.
No hay nada que hacer: un amigo rico te desequilibra la imagen.
-Por eso, Ine, entre nosotros tenemos que ayudarnos más que nunca.
Siento que sólamente me falta un balcón para ser Esthercita Goris.
Hasta que de atrás se escucha:
-Entonces, esta noche prestame el Mini Cooper.
Mi vecino tiene la sonrisa de los que se creen muy ingeniosos. Yo no entiendo bien de qué me habla hasta que me acuerdo: el auto de C., que un par de veces me trajo a casa. Trato de explicarlo pero es como poner Poxipol a un globo.
No hay nada que hacer: un amigo rico te desequilibra la imagen.
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