Cuando vi que habían pasado más de diez minutos y seguía tan sola como había entrado, me acerqué y la saludé con un “hola”. Pensé que en ese ámbito, el “buenas noches” hubiera sonado muy ceremonioso. Ella sonrió, sin mirarme ni dar señales de bienvenida. Pero como tampoco parecía molesta por la compañía, le pregunté si quería un café. Dijo que no, y acompañó la negativa con un gesto chiquito. Frunció las cejas y al hacerlo, levantó una comisura de la boca.
Mientras pensaba alguna frase que aliviara el desprecio, le miré los pies. Eran gordos o estaban hinchados; se escapaban de las tiras desgastadas de las sandalias como un pan dulce mal horneado. Daban lástima. A lo mejor por eso se paraba echando los hombros tan hacia atrás, con cierta soberbia, como si esa postura compensara su pudor. Ya no me sentí tan inadecuado frente a ella.
Justo en ese momento alguien lloró en la otra sala. Fue un lamento corto, ahogado por un abrazo, que terminó en un gemido. Pensé que la gente llora raro en los velorios. Y se lo dije. Ella contestó que no me entendía, y ya no hizo falta ningún gesto para hacerme sentir de nuevo incómodo.
- Cada vez que alguien se larga a llorar, viene otro y lo consuela. Pero lo que hace, en realidad, es impedir que siga llorando. Como si molestara. Eso es lo raro. ¿Entendés?
-No.
Además de un poco fea, la chica era porfiada. En realidad, no era fea. Tenía los ojos demasiado juntos y eso hacía que su cara pareciera la de una ardilla. Hasta podía llegar a ser graciosa. Pero, decididamente, no era linda.
-Salazar era mi jefe. Uno no se imagina que va a escuchar llorar por un tipo así -insistí.
-Todos tienen alguien que los llore. Hasta los más cretinos.
Estuve a punto de preguntarle por qué estaba tan convencida de eso, pero me contuve. El recuerdo de sus pies me contuvo. Esa imagen no auguraba nada bueno.
Conocía a la familia cercana de Salazar a través de las fotos que había en su escritorio. La esposa venía de vez en cuando a la oficina, igual que el hijo mayor, que también era despachante de aduana. El menor seguía viviendo en San Luis, y estaba casado con una albina. No sabía qué relación tenía esta chica con el difunto pero, por lo pronto, no era una nieta ni alguna de las nueras. A lo mejor era la amante o una hija ilegítima. Eso explicaría que ella haya mencionado a ciertos muertos cretinos.
-¿Sos algo de losSalazar?
-No.
-¿Los conocés de San Luis?
-Vivo en Haedo, desde que nací.
-Acá nomás…
-Sí. A diez cuadras.
-El velatorio te quedaba de paso -bromeé.
Ella volvió a mirarme. Esta vez, con una expresión incómoda: como a quien le señalan una mancha en el vestido, a la que estuvo tratando de ocultar toda la noche.
-Me cuesta dormir -dijo.
-Yo nunca tuve insomnio. En mi caso sería terrible, porque me levanto a las seis de la mañana.
-Sí, es desesperante.
-¿Viste a algún médico?
-A varios. Pero llega un momento en que las pastillas ya no te hacen el mismo efecto.
-Y tampoco es cuestión de que vivas dopada… Aunque no tengas que madrugar, como yo.
-Salgo a caminar. Todas las noches paso por acá. Cuando hay gente, entro. Miro, tomo café y nadie me molesta. Es como estar en una reunión.
-¿No te pone mal este ambiente?
-Al principio. Entonces, aprovechaba y yo también lloraba. Después, una se va acostumbrando.
-Ahora entiendo por qué me miraste de esa forma cuando empezamos a hablar. No debés querer que se te acerque nadie…
-No te creas. Hay noches que vuelvo a casa acompañada.
-¿Otro rebusque para el insomnio?
-No.
En vez de mostrarse ofendida, sonrió. De vuelta se escuchó un llanto, que alguien se encargó de sofocar. Esta vez, ella no se hizo la desentendida: dijo que la gente se apuraba por consolar, y que no tenían derecho. Me gustó que tomara partido y también, que mostrara cierta indignación.
-¿Puedo quedarme con vos hasta que te venga el sueño?
A pesar de la cara de ardilla, tenía una linda sonrisa. Los dientes apretados y parejitos. La abracé por la cintura y esperé que llegara la hora de irnos.
domingo, 19 de octubre de 2008
domingo, 28 de septiembre de 2008
Ahora, sí
Una chica y un chico conversan en el bar de Thames y Charcas. No deben tener mucho más de 20 años, pero se los ve muy serios. La chica dice: “Te dejo porque no siento nada por vos. Pero nada”. Tiene la boca pintada de rojo y estira los labios con cierta exageración cuando pronuncia la “p”. El chico contesta: “No te creo”. Parece más una protesta que una afirmación. Después, con suavidad, vuelca el chopp sobre la mesa. La cerveza cae sobre la falda de la chica, que se levanta y grita. El no se mueve. Ni siquiera sonríe.
domingo, 14 de septiembre de 2008
Asuntos pendientes
“Estaba por cruzar la calle cuando la vio, tirada sobre la vereda. Parecía una sombra, pero se trataba de una tarde ajena. En los últimos tiempos a la gente se le daba por dejar abandonados sus momentos en cualquier lugar de la ciudad. Dos días atrás había descubierto un aniversario de bodas, debajo de un banco de la Plaza Dorrego. Apenas le echó una mirada mientras caminaba. Llegaba tarde a la reunión del Concejo de Graduados de la facultad y no tenía ánimo para distracciones. Pero este mediodía transcurría sin apuro. Había salido del departamento a comprar cigarrillos y a tomar un poco de aire, luego de pasarse la mañana leyendo.
Ahí en la vereda, aquella tarde no se veía muy atractiva. Le faltaban luces, ruidos y cualquier otro indicio que pudiera identificarla. “Qué importa”, pensó, y decidió hacerlo. Se colocó sobre ella y dejó que lo invadiese. El dueño o la dueña debían haber corrido antes de abandonarla, porque inmediatamente se sintió acalorado y de su cuerpo comenzó a desprenderse un olor agrio. Fuera de eso, nada parecía diferente. “Sólo es una tarde ajena. A lo mejor, en media hora me aburro y yo también la tiro”, se tranquilizó”.
Este es el comienzo de un relato que empecé hace algunos años. En realidad, llegué a terminarlo, pero después no me gustó y unas cuantas veces intenté volver a escribirlo. Ninguna de las versiones me conformó. Llegado a un punto de la historia, me aburría y me dedicaba a inventar otras (no muchas, la verdad, porque que no soy muy productiva en lo narrativo).
Un amigo siempre me reta por mis empecinamientos. El habla de los sentimentales, pero la verdad es que sí soy un poco obstinada en todos los ámbitos. A lo mejor, porque me acostumbré a ser sola y eso significa que nadie, más que yo misma, me pone límites. Entonces, me equivoco todo lo que yo quiero.
Pero parece que estoy aprendiendo a desistir. Por el momento, esto se queda acá: en un comienzo. Porque no me sale otra cosa. Y ya.
Ahí en la vereda, aquella tarde no se veía muy atractiva. Le faltaban luces, ruidos y cualquier otro indicio que pudiera identificarla. “Qué importa”, pensó, y decidió hacerlo. Se colocó sobre ella y dejó que lo invadiese. El dueño o la dueña debían haber corrido antes de abandonarla, porque inmediatamente se sintió acalorado y de su cuerpo comenzó a desprenderse un olor agrio. Fuera de eso, nada parecía diferente. “Sólo es una tarde ajena. A lo mejor, en media hora me aburro y yo también la tiro”, se tranquilizó”.
Este es el comienzo de un relato que empecé hace algunos años. En realidad, llegué a terminarlo, pero después no me gustó y unas cuantas veces intenté volver a escribirlo. Ninguna de las versiones me conformó. Llegado a un punto de la historia, me aburría y me dedicaba a inventar otras (no muchas, la verdad, porque que no soy muy productiva en lo narrativo).
Un amigo siempre me reta por mis empecinamientos. El habla de los sentimentales, pero la verdad es que sí soy un poco obstinada en todos los ámbitos. A lo mejor, porque me acostumbré a ser sola y eso significa que nadie, más que yo misma, me pone límites. Entonces, me equivoco todo lo que yo quiero.
Pero parece que estoy aprendiendo a desistir. Por el momento, esto se queda acá: en un comienzo. Porque no me sale otra cosa. Y ya.
domingo, 31 de agosto de 2008
Está complicado
La nena tiene tres años y ojos grandes. Está parada en el patio, junto a un cantero. Con el dedo índice zamarrea a Pepe, el conejo, que no reacciona. Entonces, llama al padre.
El hombre va junto a ella, agarra al animal muerto, lo acerca a su oído y vuelve a dejarlo en el pasto. Recién entonces enfrenta a los ojos grandes de su hija. “Pepe está complicado”, le dice. La nena asiente.
Esa noche, el padre comenta con la madre que no tienen mucha suerte con los animales. Debajo de la madreselva que está en el cantero central tienen un cementerio de mascotas. Pepe es enterrado ahí, junto a tres cotorritas, una tortuga con el caparazón pintado con plasticola y media docena de peces de río. La nena desconoce esto. En la casa, nadie vuelve a mencionar al conejo. Unos días más tarde llama una tía desde Mendoza, charla un rato con la nena y le pregunta por el animal. Ella duda un segundo o dos, pero finalmente contesta: “Pepe está complicado”.
Con los años, la frase empieza a formar parte del lenguaje familiar. Se la usa para describir algo muy difícil de resolver, algunos errores y hasta una tristeza.
Yo también, algunas noches, después de despedirnos, me quedo pensando en el amor y me digo: “Pepe está complicado”.
El hombre va junto a ella, agarra al animal muerto, lo acerca a su oído y vuelve a dejarlo en el pasto. Recién entonces enfrenta a los ojos grandes de su hija. “Pepe está complicado”, le dice. La nena asiente.
Esa noche, el padre comenta con la madre que no tienen mucha suerte con los animales. Debajo de la madreselva que está en el cantero central tienen un cementerio de mascotas. Pepe es enterrado ahí, junto a tres cotorritas, una tortuga con el caparazón pintado con plasticola y media docena de peces de río. La nena desconoce esto. En la casa, nadie vuelve a mencionar al conejo. Unos días más tarde llama una tía desde Mendoza, charla un rato con la nena y le pregunta por el animal. Ella duda un segundo o dos, pero finalmente contesta: “Pepe está complicado”.
Con los años, la frase empieza a formar parte del lenguaje familiar. Se la usa para describir algo muy difícil de resolver, algunos errores y hasta una tristeza.
Yo también, algunas noches, después de despedirnos, me quedo pensando en el amor y me digo: “Pepe está complicado”.
viernes, 29 de agosto de 2008
sábado, 23 de agosto de 2008
Las chicas
Hubo una época que en casa había dos o tres mucamas. Cosas de mamá. Cada vez que venía una nueva, mientras mamá la entrevistaba, con mi hermana nos tirábamos al piso para espiarle la bombacha.
Me acuerdo de la de Irene, la correntina: tenía flecos negros, o algo parecido a eso. Un verano que volvió de unas vacaciones en su provincia, nos trajo una piel de yaguareté de regalo. Durante unos días estuvo en el living, como una especie de alfombra, pero la verdad es que daba un poco de asco y terminó archivada en la salita de juegos. La usé algunas veces como capa de princesa. Un día mi papá llegó antes del trabajo y me encontró envuelta con el yaguareté. No hizo falta que dijera una palabra para que la piel desapareciera de casa. Al tiempo, Irene también se fue.
Gladys tenía una bombacha negra con pimpollos rosas. Ella se ocupaba de atender a la abuelita, además de cuidarnos a mi hermana y a mí. Tenía modales suaves, y el pelo muy largo y lacio. Por las tardes, a la hora de la siesta, después de bañarse, se sentaba en el patio a cepillárselo. La cara le quedaba escondida detrás de esa cortina azabache y lustrosa. Yo colocaba mi sillita al lado de la de ella, y la imitaba. A veces peinaba a una muñeca; otras, me colocaba una toalla sobre la cabeza y la tiraba hacia delante. Mamá era muy estricta con el pelo de mi hermana y el mío; cada mañana, lo dividía en dos colitas y hasta usaba agua de lino para que queden prolijas. Fue entendible el susto de Gladys el día que, a escondidas, mi hermana me tijereteó el flequillo. Llamó a mi papá, quien vino enseguida para casa. Dejé de llorar apenas lo vi. Me sentó en una silla alta frente a un espejo y empezó a recortar. Atrás de él, Gladys me hacía morisquetas con una de mis muñecas en la mano. A pesar de tantas precauciones, cuando mamá llegó del trabajo y vio mi cabeza, se enojó mucho. Yo tenía tres años, pero entendí muy bien a quién había que tenerle miedo en esa casa.
Una tarde, Gladys no salió al patio. Se quedó encerrada en su pieza y fue la abuelita quien llamó a papá. El se encerró a hablar con Gladys. Cuando salió, me dijo que ella estaba triste porque le dolía la cabeza. Más tarde, ella me explicó que, en realidad, le dolía la panza. Y se la tocó. Seguía sentada en la cama, tenía los ojos muy hinchados y la valija hecha. Se fue ese mismo día y ya no hubo más cepilladas al sol.
Vinieron otras chicas y otras bombachas, más insulsas. Menos a dos o tres que fueron muy mandonas, a casi todas les tuve cariño. Nos retaban mucho menos que mamá.
Yo sé que algunos de mis amigos se sorprenden cuando llego a sus casas y saludo con un beso a sus mucamas y hasta al chofer. No es que me lo hayan comentado, pero si hay otras personas delante, se ven obligados a explicar: “Es que la queremos tanto…”, o algo por el estilo. Los otros sonríen y mueven la cabeza. Pero yo sí me entiendo.
Me acuerdo de la de Irene, la correntina: tenía flecos negros, o algo parecido a eso. Un verano que volvió de unas vacaciones en su provincia, nos trajo una piel de yaguareté de regalo. Durante unos días estuvo en el living, como una especie de alfombra, pero la verdad es que daba un poco de asco y terminó archivada en la salita de juegos. La usé algunas veces como capa de princesa. Un día mi papá llegó antes del trabajo y me encontró envuelta con el yaguareté. No hizo falta que dijera una palabra para que la piel desapareciera de casa. Al tiempo, Irene también se fue.
Gladys tenía una bombacha negra con pimpollos rosas. Ella se ocupaba de atender a la abuelita, además de cuidarnos a mi hermana y a mí. Tenía modales suaves, y el pelo muy largo y lacio. Por las tardes, a la hora de la siesta, después de bañarse, se sentaba en el patio a cepillárselo. La cara le quedaba escondida detrás de esa cortina azabache y lustrosa. Yo colocaba mi sillita al lado de la de ella, y la imitaba. A veces peinaba a una muñeca; otras, me colocaba una toalla sobre la cabeza y la tiraba hacia delante. Mamá era muy estricta con el pelo de mi hermana y el mío; cada mañana, lo dividía en dos colitas y hasta usaba agua de lino para que queden prolijas. Fue entendible el susto de Gladys el día que, a escondidas, mi hermana me tijereteó el flequillo. Llamó a mi papá, quien vino enseguida para casa. Dejé de llorar apenas lo vi. Me sentó en una silla alta frente a un espejo y empezó a recortar. Atrás de él, Gladys me hacía morisquetas con una de mis muñecas en la mano. A pesar de tantas precauciones, cuando mamá llegó del trabajo y vio mi cabeza, se enojó mucho. Yo tenía tres años, pero entendí muy bien a quién había que tenerle miedo en esa casa.
Una tarde, Gladys no salió al patio. Se quedó encerrada en su pieza y fue la abuelita quien llamó a papá. El se encerró a hablar con Gladys. Cuando salió, me dijo que ella estaba triste porque le dolía la cabeza. Más tarde, ella me explicó que, en realidad, le dolía la panza. Y se la tocó. Seguía sentada en la cama, tenía los ojos muy hinchados y la valija hecha. Se fue ese mismo día y ya no hubo más cepilladas al sol.
Vinieron otras chicas y otras bombachas, más insulsas. Menos a dos o tres que fueron muy mandonas, a casi todas les tuve cariño. Nos retaban mucho menos que mamá.
Yo sé que algunos de mis amigos se sorprenden cuando llego a sus casas y saludo con un beso a sus mucamas y hasta al chofer. No es que me lo hayan comentado, pero si hay otras personas delante, se ven obligados a explicar: “Es que la queremos tanto…”, o algo por el estilo. Los otros sonríen y mueven la cabeza. Pero yo sí me entiendo.
miércoles, 6 de agosto de 2008
El quinto piso
Cuando me mostraron esta casa, había un cascarudito paseando por una de las paredes del living. Se lo señalé a la de la inmobiliaria; ella lo mató con un dedo, me mostró el balcón y nos olvidamos del asunto. Lo que sí me llamó la atención fue la calcomanía que estaba pegada en la puerta del departamento de al lado: era el escudo de la Federal. Además, en el pasillo había un olor raro, mezclado con el de Pinolux. Diez días más tarde firmé el contrato.
El sábado que me mudé, mientras acomodaba libros y colgaba cuadros, descubrí que el cascarudito tenía muchos secuaces, y todos paseaban por mi casa. Maté 34 el primer fin de semana. Los bichos salían hasta de los enchufes. Aunque nunca fui buena para dominar el asco, tuve que aprender a aplastarlo.
También me hice amiga de dos vecinas, Carla y Malvina, y ellas me explicaron que las cucarachitas y el olor a pis eran las plagas de nuestro quinto piso. Venían del mismo lugar: el departamento de la calcomanía. Ahí vivía una vieja media loca, a la que habían internado un mes antes. Como yo, ellas tampoco habían tenido suerte con sus quejas al administrador.
Decidimos organizarnos. Malvina se ocupó de juntar los bichos en un frasco de vidrio; yo, de mandar cartas documento a la administración y Carla, de llorar: hacía poco que se había peleado con el novio.
Fuimos juntas a la reunión del consorcio, que empezó con una oración por una señora del consejo que se había muerto. Carla aprovechó para llorar un poco más. Después de la última señal de la cruz, hubo una discusión por las fiestas que daban todos los viernes los hijos de la del primero 6, quien a su vez acusaba al resto de tirarle huevos y preservativos usados. Codeé a Malvina, ella sacó el frasco de adentro de una bolsa de Disco y lo dejó sobre una mesita, a la vista de todos. Aproveché el silencio para explicar lo que nos estaba pasando. La psicóloga del segundo se descompuso y alguien nos acusó de perversas. Había algo raro en la manera en que el administrador miraba el frasco, casi con una sonrisa. Finalmente, se decidió que al día siguiente, las tres iríamos con él a la comisaría de Gurruchaga.
Hicimos una denuncia muy confusa, donde mezclamos la ausencia de la vieja del quinto con el mal olor que salía de su casa. No mencionamos a las cucarachitas. Mandaron dos policías, quienes concordaron en que era un olor muy feo, pero no el de un cadáver en descomposición. Volvimos a la seccional para firmar el acta. Nos llevaron en un patrullero. Fue la segunda vez en mi vida que me subí a uno de esos autos; las dos veces sentí impotencia y mucha bronca.
A lo mejor por eso me dejaron hablar con el comisario. Insistí con el misterio de la vieja y no sé cuantas cosas más, pero no hubo caso. De regreso a casa, pasé por el supermercado y compré dos jeringas para cucarachas y otro frasco dorado de Raid. Como era sábado, había mucha gente haciendo compras grandes. Por un momento me pareció que todos miraban el kit de insecticidas que llevaba en mi changuito e imaginaban cosas feas sobre mí.
Cuando doblé por Uriarte, desde la esquina vi los dos patrulleros en la puerta de mi edificio. Apenas salí del ascensor, Malvina y Carla me agarraron de un brazo. Había unos cuantos policías en el pasillo y uno de ellos sacaba fotos con su celular. Habían abierto a la fuerza el departamento de la vieja. Lo que se veía eran pilas y pilas de diarios y basura, que ocupaban todo el lugar. Era casi imposible moverse adentro y hasta resultaba entendible que en algún momento la vieja hubiera decidido convertir aquello en su gran inodoro. Todo estaba meado. Y a eso se sumaba el tema de las cucarachas. Desde afuera, las tres tirábamos Raid y zapateábamos sobre los bichos que salían como presos en fuga, hasta que un policía se intoxicó y tuvo que volver al patrullero. Antes de bajar, dijo que aquello era peor que el Patronato. Después pusieron una faja y dejaron una custodia.
Esa misma noche aparecieron unos familiares de la vieja y en dos días limpiaron todo. Pero se olvidaron de despegar la calcomanía de la puerta y tuve que arrancarla yo. Aunque las cucarachas desaparecieron rápido, el olor tardó en irse. Unas semanas después se mudó ahí una nueva vecina, la de la voz chillona. Con Carla y Malvina decidimos no contarle nada.
El sábado que me mudé, mientras acomodaba libros y colgaba cuadros, descubrí que el cascarudito tenía muchos secuaces, y todos paseaban por mi casa. Maté 34 el primer fin de semana. Los bichos salían hasta de los enchufes. Aunque nunca fui buena para dominar el asco, tuve que aprender a aplastarlo.
También me hice amiga de dos vecinas, Carla y Malvina, y ellas me explicaron que las cucarachitas y el olor a pis eran las plagas de nuestro quinto piso. Venían del mismo lugar: el departamento de la calcomanía. Ahí vivía una vieja media loca, a la que habían internado un mes antes. Como yo, ellas tampoco habían tenido suerte con sus quejas al administrador.
Decidimos organizarnos. Malvina se ocupó de juntar los bichos en un frasco de vidrio; yo, de mandar cartas documento a la administración y Carla, de llorar: hacía poco que se había peleado con el novio.
Fuimos juntas a la reunión del consorcio, que empezó con una oración por una señora del consejo que se había muerto. Carla aprovechó para llorar un poco más. Después de la última señal de la cruz, hubo una discusión por las fiestas que daban todos los viernes los hijos de la del primero 6, quien a su vez acusaba al resto de tirarle huevos y preservativos usados. Codeé a Malvina, ella sacó el frasco de adentro de una bolsa de Disco y lo dejó sobre una mesita, a la vista de todos. Aproveché el silencio para explicar lo que nos estaba pasando. La psicóloga del segundo se descompuso y alguien nos acusó de perversas. Había algo raro en la manera en que el administrador miraba el frasco, casi con una sonrisa. Finalmente, se decidió que al día siguiente, las tres iríamos con él a la comisaría de Gurruchaga.
Hicimos una denuncia muy confusa, donde mezclamos la ausencia de la vieja del quinto con el mal olor que salía de su casa. No mencionamos a las cucarachitas. Mandaron dos policías, quienes concordaron en que era un olor muy feo, pero no el de un cadáver en descomposición. Volvimos a la seccional para firmar el acta. Nos llevaron en un patrullero. Fue la segunda vez en mi vida que me subí a uno de esos autos; las dos veces sentí impotencia y mucha bronca.
A lo mejor por eso me dejaron hablar con el comisario. Insistí con el misterio de la vieja y no sé cuantas cosas más, pero no hubo caso. De regreso a casa, pasé por el supermercado y compré dos jeringas para cucarachas y otro frasco dorado de Raid. Como era sábado, había mucha gente haciendo compras grandes. Por un momento me pareció que todos miraban el kit de insecticidas que llevaba en mi changuito e imaginaban cosas feas sobre mí.
Cuando doblé por Uriarte, desde la esquina vi los dos patrulleros en la puerta de mi edificio. Apenas salí del ascensor, Malvina y Carla me agarraron de un brazo. Había unos cuantos policías en el pasillo y uno de ellos sacaba fotos con su celular. Habían abierto a la fuerza el departamento de la vieja. Lo que se veía eran pilas y pilas de diarios y basura, que ocupaban todo el lugar. Era casi imposible moverse adentro y hasta resultaba entendible que en algún momento la vieja hubiera decidido convertir aquello en su gran inodoro. Todo estaba meado. Y a eso se sumaba el tema de las cucarachas. Desde afuera, las tres tirábamos Raid y zapateábamos sobre los bichos que salían como presos en fuga, hasta que un policía se intoxicó y tuvo que volver al patrullero. Antes de bajar, dijo que aquello era peor que el Patronato. Después pusieron una faja y dejaron una custodia.
Esa misma noche aparecieron unos familiares de la vieja y en dos días limpiaron todo. Pero se olvidaron de despegar la calcomanía de la puerta y tuve que arrancarla yo. Aunque las cucarachas desaparecieron rápido, el olor tardó en irse. Unas semanas después se mudó ahí una nueva vecina, la de la voz chillona. Con Carla y Malvina decidimos no contarle nada.
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