Supongo que estaba un poco fregada cuando escribí:
Y ya sé que estás cansado de perderte.
Yo también jugué con esos laberintos
y tampoco me encontré donde quería.
Si querés, podés lamerme las heridas.
Y ya ni me acuerdo quién me provocó:
Si no te importa, yo me quedo acá.
Afuera está frío y hay coyotes;
además, tiré la llave de mi cuarto
desde el balcón a la vereda de tu casa.
Eran letras de algo que nunca llegó a ser canción, porque no sé música.
También había fragmentos de días de desolación. Como éste, de 1996:
Al final, siempre es la vieja putada del pasado repitiéndose hasta más allá del basta. No sé si quiero seguir escuchando frases. O inventariar una confianza que se declaró ajena. La única certeza que logré hacer sobrevivir es la de no dejarme herir. Y sigo buscando protección en sábanas ajenas, con los terrenos tan confundidos como las intenciones. Mientras trato de entender de qué se trata todo esto, los errores continúan su esmerilante sumatoria. Queman la nariz y la sonrisa. Trato de convencerme de que no me importa y de ser una extraña en cada una de mis insistencias.
Ni siquiera hizo falta una bolsa de consorcio: entraron en una chiquita. Creo que empecé a sacarme de encima algunos pasados.
domingo, 28 de diciembre de 2008
domingo, 14 de diciembre de 2008
Algo así
Nunca devuelvo los tupper. No es que tenga una gran colección. Hay uno o dos que son de mi hermana y el tercero, ya ni me acuerdo. Pero me pareció importante decírselo. A lo mejor no fue una buena decisión: hacía sólo media hora que nos conocíamos.
-Nunca devuelvo los tupper.
-Ya sé lo que no tengo que prestarte. Es un buen dato. ¿Y libros y CDs…?
-Eso, sí. Me pasa con los tuppers, nomás.
-¿Y no te los reclaman?
-Nunca. Si no, los devolvería.
-Entonces, le estás dando hogar a unos tuppers huérfanos. ¿Y comida?
-No, sólo techo.
-Igual, es conmovedor.
No sonrió ni una sola vez mientras hablábamos esto y decidí que me caía bien. Muy bien, en realidad. Porque cuando después empezó a llover fuerte, las calles se inundaron y corrimos tres cuadras hasta mi casa, Miguel me tapó con su campera. En el living, me dijo: “Según tu agenda, podemos vernos lunes, jueves, sábados y domingos. Igual que los novios de antes. Bueno, tan mal no les iba…”. Y empezamos a salir.
Mi perro murió el año pasado. Era un golden retriever y se llamaba García. Estaba viejito cuando le salieron los tumores. Primero en el lomo, después en las patas y al final los tenía adentro. Lo llevé al veterinario y a un homeópata para animales. Como García ya no podía subirse a mi cama, le hice una con mantas, al lado de la mía. Ahí echado, todas las noches abría la boca y tomaba lo que yo le daba: gotas, globulitos, jarabe… Después, me miraba e intentaba lamerme la mano. Yo me acostaba al lado suyo y lloraba. Una tarde fui con su foto a ver a un sanador en José C. Paz. No pensé que se iba a armar tanto escándalo.
García se murió a los pocos días. No lloré. Tenía muchas ganas, pero estaba tan triste que no podía. Dormí una semana en el piso, sobre las mantas. El médico laboral me mandó a una psicóloga. Hablé mucho de García y no se me cayó ni una lágrima. Nunca más.
No le conté esto a Miguel. Cuando vio la foto de García en una de las bibliotecas, preguntó como se llamaba. Así, en pasado. Yo estaba colocando un CD y debo haber contestado con voz rara, porque se acercó y me abrazó. Supongo que tendría que haberme conmovido, pero la verdad es que me sentí incómoda y me fui enseguida a la cocina, para preparar café. Al rato, apareció él. Me preguntó si tenía hambre. Lo pensé y terminé haciéndole un gesto. Algo así como: “No mucho. A lo mejor, nada”. Cuando no sé qué decir, hago muecas. El a veces juega a interpretar esos gestos; inventa diálogos y nos reímos. Esa noche no lo hizo.
Miguel es inteligente, aunque le gustan las películas de acción y a mí, no. Entonces, mirábamos series. Un fin de semana vimos la quinta temporada de “Los Soprano”. El nunca la había visto pero no tuve que explicarle nada. Y si no entendió, nunca me enteré. Ese domingo cocinó pollo a la sal y estaba riquísimo. La vez que preguntó por García, habíamos empezado a ver una serie sobre un psiquiatra: creo que se llamaba “Huff”. Cuando terminó el primer CD, me levanté para vaciar el cenicero. El siempre fuma más que yo. “No es muy creíble”, dije. Como él no contestaba, seguí opinando. Siempre hago lo mismo. Hablo de más. “Ni siquiera es escéptico y, encima, le cae bien a todo el mundo. Yo no confiaría en alguien así, que ayuda al mendigo, a la madre, al amigo… Por más que se le mate el paciente y que se encargue de enloquecer más al hermano, en el fondo, el tipo es feliz”.
-¿Y eso está mal?
-Es encantador… Si sos fundamentalista de la alegría.
-¿No se te está yendo la mano con el cinismo?
Hice una mueca, como para hacerle entender que no sabía. Pero él insistió. Creo que no hablaba sólo de la serie.
-Cuando parece que está todo bien, saltás con un martes 13. Y como no entiendo qué te pasa, me siento un tarado.
-Tampoco es para hacerse la víctima. Fue un comentario, nomás.
-¿Ves? Ya estás atacando de nuevo.
-No es para tanto.
-Está bien. Por lo menos, contestaste con palabras.
-Ahora el cínico sos vos.
-No. Lo único que hago es tratar de entenderte.
-A ver… Es un poquito difícil de explicar. Supongo que desconfío de algunas cosas.
-Lo de la felicidad quedó claro. ¿Y de qué más?
No me di cuenta de que estaba haciendo una mueca hasta que lo vi sonreír. Creo que en ese momento los dos nos aflojamos un poco. Era la primera vez que discutíamos. Pensé en contarle que García era lo más confiable del mundo para mí. Las cosas podían irme bien o mal, pero él estaba ahí. Había que sacarlo a pasear, cuidar que no se pelee con el boxer de la calle Nicaragua, darle mucho agua, hablarle y rascarle el cuello. No existía nada que pudiera robarme estas cosas. O eso creía yo. Estoy segura de que Miguel lo hubiera entendido. Era yo la que no podía decírselo.
-También desconfío de las casas con jardín.
-Ahora sí se puso interesante…
-En serio. Me parecen maquetas y eso me da un poquito de miedo.
-No me jodás.
-Es que no entiendo bien de qué estamos hablando.
-Voy a tratar de ser claro. Salimos hace tres meses, ¿no?
-Sí.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses.
Miguel tiene esas cosas. Dice una frase así y dan ganas de besarlo y besarlo. En realidad, yo nunca lo hice. Me da vergüenza, o algo así. Entonces, le sonrío. Pero esa noche no me dio tiempo ni a eso, porque siguió hablando.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses. La pasamos bien, no hay conflictos y estamos mejor juntos que cada uno por su lado, ¿no?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué te la pasás levantando una pared?
-No entiendo.
-La otra noche, cuando dije “te quiero” me hiciste sentir un imbécil. Ni siquiera contestaste “yo también”.
-Estábamos en la cama…
-¿Y qué?
-En la cama uno a veces dice cosas que por ahí no siente tanto.
-¿De quién hablás? Vos nunca dijiste “te quiero”, y yo tampoco.
-Por ahí esa vez estabas más entusiasmado. Qué sé yo…
-¿Pero querés saberlo?
-Dale, contame-le mentí, porque ya lo sabía.
-No sabés lo pelotudo que me sentí después de decírtelo.
-Pero yo pensé…
-Sí, ya sé. Vos pensás y yo siento. Funcionamos así.
-Pará, Miguel.
-No, sigamos. Porque como soy tan pelotudo, encima quiero saber qué sentís vos.
No pude evitarlo. Me salió un gesto. Pensé que iba a enojarse pero echó la cabeza para atrás y la apoyó en un almohadón.
-Miguel…
-Dejá. Ya está.
Me hubiera gustado explicarle que sí lo quería y que no siempre uno ignora lo que calla. Pero no pude hacerlo. El se puso las zapatillas y yo me levanté para abrirle la puerta. Tuve ganas de darle un beso, pero hubiera tenido que agarrarlo de la campera o acercarme de alguna manera extraña, porque él estaba delante de mí, bajando las escaleras.
Cuando volví, saqué las mantas de García del placard.
-Nunca devuelvo los tupper.
-Ya sé lo que no tengo que prestarte. Es un buen dato. ¿Y libros y CDs…?
-Eso, sí. Me pasa con los tuppers, nomás.
-¿Y no te los reclaman?
-Nunca. Si no, los devolvería.
-Entonces, le estás dando hogar a unos tuppers huérfanos. ¿Y comida?
-No, sólo techo.
-Igual, es conmovedor.
No sonrió ni una sola vez mientras hablábamos esto y decidí que me caía bien. Muy bien, en realidad. Porque cuando después empezó a llover fuerte, las calles se inundaron y corrimos tres cuadras hasta mi casa, Miguel me tapó con su campera. En el living, me dijo: “Según tu agenda, podemos vernos lunes, jueves, sábados y domingos. Igual que los novios de antes. Bueno, tan mal no les iba…”. Y empezamos a salir.
Mi perro murió el año pasado. Era un golden retriever y se llamaba García. Estaba viejito cuando le salieron los tumores. Primero en el lomo, después en las patas y al final los tenía adentro. Lo llevé al veterinario y a un homeópata para animales. Como García ya no podía subirse a mi cama, le hice una con mantas, al lado de la mía. Ahí echado, todas las noches abría la boca y tomaba lo que yo le daba: gotas, globulitos, jarabe… Después, me miraba e intentaba lamerme la mano. Yo me acostaba al lado suyo y lloraba. Una tarde fui con su foto a ver a un sanador en José C. Paz. No pensé que se iba a armar tanto escándalo.
García se murió a los pocos días. No lloré. Tenía muchas ganas, pero estaba tan triste que no podía. Dormí una semana en el piso, sobre las mantas. El médico laboral me mandó a una psicóloga. Hablé mucho de García y no se me cayó ni una lágrima. Nunca más.
No le conté esto a Miguel. Cuando vio la foto de García en una de las bibliotecas, preguntó como se llamaba. Así, en pasado. Yo estaba colocando un CD y debo haber contestado con voz rara, porque se acercó y me abrazó. Supongo que tendría que haberme conmovido, pero la verdad es que me sentí incómoda y me fui enseguida a la cocina, para preparar café. Al rato, apareció él. Me preguntó si tenía hambre. Lo pensé y terminé haciéndole un gesto. Algo así como: “No mucho. A lo mejor, nada”. Cuando no sé qué decir, hago muecas. El a veces juega a interpretar esos gestos; inventa diálogos y nos reímos. Esa noche no lo hizo.
Miguel es inteligente, aunque le gustan las películas de acción y a mí, no. Entonces, mirábamos series. Un fin de semana vimos la quinta temporada de “Los Soprano”. El nunca la había visto pero no tuve que explicarle nada. Y si no entendió, nunca me enteré. Ese domingo cocinó pollo a la sal y estaba riquísimo. La vez que preguntó por García, habíamos empezado a ver una serie sobre un psiquiatra: creo que se llamaba “Huff”. Cuando terminó el primer CD, me levanté para vaciar el cenicero. El siempre fuma más que yo. “No es muy creíble”, dije. Como él no contestaba, seguí opinando. Siempre hago lo mismo. Hablo de más. “Ni siquiera es escéptico y, encima, le cae bien a todo el mundo. Yo no confiaría en alguien así, que ayuda al mendigo, a la madre, al amigo… Por más que se le mate el paciente y que se encargue de enloquecer más al hermano, en el fondo, el tipo es feliz”.
-¿Y eso está mal?
-Es encantador… Si sos fundamentalista de la alegría.
-¿No se te está yendo la mano con el cinismo?
Hice una mueca, como para hacerle entender que no sabía. Pero él insistió. Creo que no hablaba sólo de la serie.
-Cuando parece que está todo bien, saltás con un martes 13. Y como no entiendo qué te pasa, me siento un tarado.
-Tampoco es para hacerse la víctima. Fue un comentario, nomás.
-¿Ves? Ya estás atacando de nuevo.
-No es para tanto.
-Está bien. Por lo menos, contestaste con palabras.
-Ahora el cínico sos vos.
-No. Lo único que hago es tratar de entenderte.
-A ver… Es un poquito difícil de explicar. Supongo que desconfío de algunas cosas.
-Lo de la felicidad quedó claro. ¿Y de qué más?
No me di cuenta de que estaba haciendo una mueca hasta que lo vi sonreír. Creo que en ese momento los dos nos aflojamos un poco. Era la primera vez que discutíamos. Pensé en contarle que García era lo más confiable del mundo para mí. Las cosas podían irme bien o mal, pero él estaba ahí. Había que sacarlo a pasear, cuidar que no se pelee con el boxer de la calle Nicaragua, darle mucho agua, hablarle y rascarle el cuello. No existía nada que pudiera robarme estas cosas. O eso creía yo. Estoy segura de que Miguel lo hubiera entendido. Era yo la que no podía decírselo.
-También desconfío de las casas con jardín.
-Ahora sí se puso interesante…
-En serio. Me parecen maquetas y eso me da un poquito de miedo.
-No me jodás.
-Es que no entiendo bien de qué estamos hablando.
-Voy a tratar de ser claro. Salimos hace tres meses, ¿no?
-Sí.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses.
Miguel tiene esas cosas. Dice una frase así y dan ganas de besarlo y besarlo. En realidad, yo nunca lo hice. Me da vergüenza, o algo así. Entonces, le sonrío. Pero esa noche no me dio tiempo ni a eso, porque siguió hablando.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses. La pasamos bien, no hay conflictos y estamos mejor juntos que cada uno por su lado, ¿no?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué te la pasás levantando una pared?
-No entiendo.
-La otra noche, cuando dije “te quiero” me hiciste sentir un imbécil. Ni siquiera contestaste “yo también”.
-Estábamos en la cama…
-¿Y qué?
-En la cama uno a veces dice cosas que por ahí no siente tanto.
-¿De quién hablás? Vos nunca dijiste “te quiero”, y yo tampoco.
-Por ahí esa vez estabas más entusiasmado. Qué sé yo…
-¿Pero querés saberlo?
-Dale, contame-le mentí, porque ya lo sabía.
-No sabés lo pelotudo que me sentí después de decírtelo.
-Pero yo pensé…
-Sí, ya sé. Vos pensás y yo siento. Funcionamos así.
-Pará, Miguel.
-No, sigamos. Porque como soy tan pelotudo, encima quiero saber qué sentís vos.
No pude evitarlo. Me salió un gesto. Pensé que iba a enojarse pero echó la cabeza para atrás y la apoyó en un almohadón.
-Miguel…
-Dejá. Ya está.
Me hubiera gustado explicarle que sí lo quería y que no siempre uno ignora lo que calla. Pero no pude hacerlo. El se puso las zapatillas y yo me levanté para abrirle la puerta. Tuve ganas de darle un beso, pero hubiera tenido que agarrarlo de la campera o acercarme de alguna manera extraña, porque él estaba delante de mí, bajando las escaleras.
Cuando volví, saqué las mantas de García del placard.
domingo, 30 de noviembre de 2008
All is right in the jungle
Parecía una fotocopia lavada de Boogie, el aceitoso: el mentón cuadrado, las comisuras para abajo y las cejas casi pegadas a los párpados. Además de la expresión demorada de un skinhead. Subió en Panamericana. En la escalera del estribo, echó un vistazo a todos antes de seguir hablando por el celular.
-Lo que yo quiero saber es quién me atendió y dijo que te estabas bañando, Mónica. Eso nada más. Ahora estoy en el colectivo, te llamo en un rato y me lo contás.
No me hubiera gustado estar en el pellejo de la tal Mónica. El skinhead se paró frente a la máquina de boletos y le preguntó al colectivero cuánto tenía que pagar para ir hasta Scalabrini Ortiz y Santa Fe.
-1, 40
El skin head metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón cargo y sacó una moneda de un peso. Se acercó hasta el asiento del chofer y se la mostró.
-Estamos en problemas. Es lo único que tengo.
En su lugar, yo lo hubiera dejado viajar gratis; pero el otro se empecinó en lo del 1,40. El skinhead volvió a pararse frente a la máquina, con las piernas bien abiertas. Yo retrocedí un paso, segura de que iba a volarla de una patada. Pero, en cambio, comenzó a rebuscar en otros bolsillos del pantalón, que eran muchos. Sacó una bolsita de nylon, un papel doblado en cuatro que abrió y leyó antes de volver a guardar, y un pedazo de cuero marrón. Nada parecido a una moneda.
En ese momento, un señor que al costado de él, casi hecho un ovillo sobre la tarima de la rueda delantera, sacó la mano de la campera y le dio las monedas. Lo hizo sin deshacer su posición de oruga y sin mirarlo a la cara: sólo extendió el brazo. Pensé en él como en un Bill (el de Kill Bill) agazapado.
El skinhead pudo sacar el boleto y se ubicó en la parte de atrás, parado al lado de un chico que, pese a la tormenta, llevaba puestas unas gafas de sol enormes. Volvió a llamar a Mónica y lo que ella dijo debió haberlo conformado porque al rato se puso a charlar con el de las gafas.
Cerca de General Paz, subieron dos chicos, uno llevaba un corte punk y en la parte rapada tenía tattoos. Mientras éste colocaba monedas, el otro le explicaba al chofer que les faltaban 20 centavos. Se reía mientras lo decía. Y otra vez lo mismo: desde el costado, Bill extendió el brazo con la mano extendida y ellos agarraron las monedas.
Miré atrás: el de las gafas le había hecho un lugar al skinhead en su asiento, que era para uno, y los dos charlaban de vaya uno a saber de qué.
A la altura de Nuñez, Libertador estaba cortada por la inundación. Era una inundación de lluvia y de autos. El colectivero estuvo hablando por la ventanilla con un policía que tenía puesto una capita naranja. Le pidió varias veces que nos dejara seguir por la avenida. Supongo que el policía estaba un poco aburrido de tanto desviar el tránsito o a lo mejor la capita le había socavado un poco el autoritarismo, la cuestión es que después de varias negativas, dijo:
-A no ser que lleves a alguien descompuesto…
El chofer se dio vuelta y preguntó:
-¿Quién se hace el descompuesto?
Miré el brazo de Bill. Ahí estaba.
-Lo que yo quiero saber es quién me atendió y dijo que te estabas bañando, Mónica. Eso nada más. Ahora estoy en el colectivo, te llamo en un rato y me lo contás.
No me hubiera gustado estar en el pellejo de la tal Mónica. El skinhead se paró frente a la máquina de boletos y le preguntó al colectivero cuánto tenía que pagar para ir hasta Scalabrini Ortiz y Santa Fe.
-1, 40
El skin head metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón cargo y sacó una moneda de un peso. Se acercó hasta el asiento del chofer y se la mostró.
-Estamos en problemas. Es lo único que tengo.
En su lugar, yo lo hubiera dejado viajar gratis; pero el otro se empecinó en lo del 1,40. El skinhead volvió a pararse frente a la máquina, con las piernas bien abiertas. Yo retrocedí un paso, segura de que iba a volarla de una patada. Pero, en cambio, comenzó a rebuscar en otros bolsillos del pantalón, que eran muchos. Sacó una bolsita de nylon, un papel doblado en cuatro que abrió y leyó antes de volver a guardar, y un pedazo de cuero marrón. Nada parecido a una moneda.
En ese momento, un señor que al costado de él, casi hecho un ovillo sobre la tarima de la rueda delantera, sacó la mano de la campera y le dio las monedas. Lo hizo sin deshacer su posición de oruga y sin mirarlo a la cara: sólo extendió el brazo. Pensé en él como en un Bill (el de Kill Bill) agazapado.
El skinhead pudo sacar el boleto y se ubicó en la parte de atrás, parado al lado de un chico que, pese a la tormenta, llevaba puestas unas gafas de sol enormes. Volvió a llamar a Mónica y lo que ella dijo debió haberlo conformado porque al rato se puso a charlar con el de las gafas.
Cerca de General Paz, subieron dos chicos, uno llevaba un corte punk y en la parte rapada tenía tattoos. Mientras éste colocaba monedas, el otro le explicaba al chofer que les faltaban 20 centavos. Se reía mientras lo decía. Y otra vez lo mismo: desde el costado, Bill extendió el brazo con la mano extendida y ellos agarraron las monedas.
Miré atrás: el de las gafas le había hecho un lugar al skinhead en su asiento, que era para uno, y los dos charlaban de vaya uno a saber de qué.
A la altura de Nuñez, Libertador estaba cortada por la inundación. Era una inundación de lluvia y de autos. El colectivero estuvo hablando por la ventanilla con un policía que tenía puesto una capita naranja. Le pidió varias veces que nos dejara seguir por la avenida. Supongo que el policía estaba un poco aburrido de tanto desviar el tránsito o a lo mejor la capita le había socavado un poco el autoritarismo, la cuestión es que después de varias negativas, dijo:
-A no ser que lleves a alguien descompuesto…
El chofer se dio vuelta y preguntó:
-¿Quién se hace el descompuesto?
Miré el brazo de Bill. Ahí estaba.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Memo
Lista aleatoria de cosas que me gustan:
Comer uvas frías- La boca de un hombre dormido- Andar en patas- J. D. Salinger- Mi iPod- Los regalos- Mis tres sobrinos- Kusturica- El olor a tierra- Las siestas- Lou Reed- Cada uno de mis amigos- Reírme- Las palometas que miro desde la ventana de mi oficina- Carver- Ser tan amiga de mi hermana- La cancha de San Lorenzo- Hacer pasto- El sol en la panza- Despatarrarme- Comer con hambre- El flamenco- Las terrazas- Leonard Cohen- La urgencia de besos y de sexo- Cómo se ve el living desde el balcón- Los sandwiches de miga de Dos Escudos- Los edificios de enfrente- La fiaquez de los domingos a la mañana- Tony Gatlif- Todos mis recuerdos- Los girasoles- Estar cabeza abajo- Las montañas rusas
En días como éstos, más vale recordarlas.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Revancha
Una tarde, en el jardín de infantes, la maestra nos entregó a cada nena una hoja canson, con el dibujo de un tigre dentro de una jaula. La tarea era simple: teníamos que coser con lana los barrotes. Aunque me esmeré, no conseguí que mis puntadas quedaran derechas. Andrea, una nena que se sentaba a mi lado, no tardó en llamar la atención del resto de la clase sobre mi bordado. Inmediatamente tuve a todas mis compañeras alrededor, riéndose de mi desprolijidad.
Andrea se ubicaba delante de mí en la fila que hacíamos al entrar o al salir de la salita. A partir de ese día, cada mañana tironeaba de uno de los moños azules que sostenían sus dos colitas, hasta que lograba desarmárselo. Al principio, ella sólo protestó; desde atrás, yo me burlaba: “Ña, ña, ña, Andreita”, le decía en voz baja. A la tercera o cuarta vez que lo hice, se largó a llorar. La señorita Susana se ocupó de consolarla y castigarme. Todas las nenas entraron al aula, pero a mí me obligaron a quedarme en el patio, “recapacitando”.
Estuve un largo rato jugando en las hamacas. Cuando se largó a llover, una monja que pasaba por la galería me llamó. Era joven, sonreía mucho y se llamaba María Inés. Me llevó hasta la sacristía, donde me hizo sacar el delantal mojado y contarle por qué no estaba en clase. Después de escucharlo todo, me pidió que no me mueva del cuartito y se fue. Al rato, volvió con un chanchito de yeso, vestido de marinero, que me regaló. El muñeco era enorme y pesadísimo, muy parecido a uno de los tres de la película de Disney. También era una alcancía: las monedas entraban por una hendidura que tenía en la gorra.
La hermana María Inés me acompañó de vuelta al aula, donde entré con mi chancho entre los brazos. Me ubiqué en mi mesita, sin hablar con nadie. Había cierto revuelo en la clase, porque la maestra había salido a buscarme. Cuando volvió, la hermana María Inés y ella estuvieron hablando afuera.
En el último recreo, todas salimos al patio para jugar a saltar los charcos. Como siempre, delante de mí estaba Andrea. Entonces, cuando ví que tomaba impulso, la empujé. Volví a casa con el chancho envuelto con un trapo manchado con agua sucia y sangre: era el delantal de Andrea. En una notita dirigida a mi mamá, explicaban que yo tenía que lavarlo, como castigo.
Andrea se ubicaba delante de mí en la fila que hacíamos al entrar o al salir de la salita. A partir de ese día, cada mañana tironeaba de uno de los moños azules que sostenían sus dos colitas, hasta que lograba desarmárselo. Al principio, ella sólo protestó; desde atrás, yo me burlaba: “Ña, ña, ña, Andreita”, le decía en voz baja. A la tercera o cuarta vez que lo hice, se largó a llorar. La señorita Susana se ocupó de consolarla y castigarme. Todas las nenas entraron al aula, pero a mí me obligaron a quedarme en el patio, “recapacitando”.
Estuve un largo rato jugando en las hamacas. Cuando se largó a llover, una monja que pasaba por la galería me llamó. Era joven, sonreía mucho y se llamaba María Inés. Me llevó hasta la sacristía, donde me hizo sacar el delantal mojado y contarle por qué no estaba en clase. Después de escucharlo todo, me pidió que no me mueva del cuartito y se fue. Al rato, volvió con un chanchito de yeso, vestido de marinero, que me regaló. El muñeco era enorme y pesadísimo, muy parecido a uno de los tres de la película de Disney. También era una alcancía: las monedas entraban por una hendidura que tenía en la gorra.
La hermana María Inés me acompañó de vuelta al aula, donde entré con mi chancho entre los brazos. Me ubiqué en mi mesita, sin hablar con nadie. Había cierto revuelo en la clase, porque la maestra había salido a buscarme. Cuando volvió, la hermana María Inés y ella estuvieron hablando afuera.
En el último recreo, todas salimos al patio para jugar a saltar los charcos. Como siempre, delante de mí estaba Andrea. Entonces, cuando ví que tomaba impulso, la empujé. Volví a casa con el chancho envuelto con un trapo manchado con agua sucia y sangre: era el delantal de Andrea. En una notita dirigida a mi mamá, explicaban que yo tenía que lavarlo, como castigo.
domingo, 19 de octubre de 2008
Inmersión
Aceite de gardenia en el agua, hilachas de humo y silencio. Es una falsa medianoche de domingo. Nada necesita ser pensado. La eternidad debería ser algo así.
Un detalle
Cuando vi que habían pasado más de diez minutos y seguía tan sola como había entrado, me acerqué y la saludé con un “hola”. Pensé que en ese ámbito, el “buenas noches” hubiera sonado muy ceremonioso. Ella sonrió, sin mirarme ni dar señales de bienvenida. Pero como tampoco parecía molesta por la compañía, le pregunté si quería un café. Dijo que no, y acompañó la negativa con un gesto chiquito. Frunció las cejas y al hacerlo, levantó una comisura de la boca.
Mientras pensaba alguna frase que aliviara el desprecio, le miré los pies. Eran gordos o estaban hinchados; se escapaban de las tiras desgastadas de las sandalias como un pan dulce mal horneado. Daban lástima. A lo mejor por eso se paraba echando los hombros tan hacia atrás, con cierta soberbia, como si esa postura compensara su pudor. Ya no me sentí tan inadecuado frente a ella.
Justo en ese momento alguien lloró en la otra sala. Fue un lamento corto, ahogado por un abrazo, que terminó en un gemido. Pensé que la gente llora raro en los velorios. Y se lo dije. Ella contestó que no me entendía, y ya no hizo falta ningún gesto para hacerme sentir de nuevo incómodo.
- Cada vez que alguien se larga a llorar, viene otro y lo consuela. Pero lo que hace, en realidad, es impedir que siga llorando. Como si molestara. Eso es lo raro. ¿Entendés?
-No.
Además de un poco fea, la chica era porfiada. En realidad, no era fea. Tenía los ojos demasiado juntos y eso hacía que su cara pareciera la de una ardilla. Hasta podía llegar a ser graciosa. Pero, decididamente, no era linda.
-Salazar era mi jefe. Uno no se imagina que va a escuchar llorar por un tipo así -insistí.
-Todos tienen alguien que los llore. Hasta los más cretinos.
Estuve a punto de preguntarle por qué estaba tan convencida de eso, pero me contuve. El recuerdo de sus pies me contuvo. Esa imagen no auguraba nada bueno.
Conocía a la familia cercana de Salazar a través de las fotos que había en su escritorio. La esposa venía de vez en cuando a la oficina, igual que el hijo mayor, que también era despachante de aduana. El menor seguía viviendo en San Luis, y estaba casado con una albina. No sabía qué relación tenía esta chica con el difunto pero, por lo pronto, no era una nieta ni alguna de las nueras. A lo mejor era la amante o una hija ilegítima. Eso explicaría que ella haya mencionado a ciertos muertos cretinos.
-¿Sos algo de losSalazar?
-No.
-¿Los conocés de San Luis?
-Vivo en Haedo, desde que nací.
-Acá nomás…
-Sí. A diez cuadras.
-El velatorio te quedaba de paso -bromeé.
Ella volvió a mirarme. Esta vez, con una expresión incómoda: como a quien le señalan una mancha en el vestido, a la que estuvo tratando de ocultar toda la noche.
-Me cuesta dormir -dijo.
-Yo nunca tuve insomnio. En mi caso sería terrible, porque me levanto a las seis de la mañana.
-Sí, es desesperante.
-¿Viste a algún médico?
-A varios. Pero llega un momento en que las pastillas ya no te hacen el mismo efecto.
-Y tampoco es cuestión de que vivas dopada… Aunque no tengas que madrugar, como yo.
-Salgo a caminar. Todas las noches paso por acá. Cuando hay gente, entro. Miro, tomo café y nadie me molesta. Es como estar en una reunión.
-¿No te pone mal este ambiente?
-Al principio. Entonces, aprovechaba y yo también lloraba. Después, una se va acostumbrando.
-Ahora entiendo por qué me miraste de esa forma cuando empezamos a hablar. No debés querer que se te acerque nadie…
-No te creas. Hay noches que vuelvo a casa acompañada.
-¿Otro rebusque para el insomnio?
-No.
En vez de mostrarse ofendida, sonrió. De vuelta se escuchó un llanto, que alguien se encargó de sofocar. Esta vez, ella no se hizo la desentendida: dijo que la gente se apuraba por consolar, y que no tenían derecho. Me gustó que tomara partido y también, que mostrara cierta indignación.
-¿Puedo quedarme con vos hasta que te venga el sueño?
A pesar de la cara de ardilla, tenía una linda sonrisa. Los dientes apretados y parejitos. La abracé por la cintura y esperé que llegara la hora de irnos.
Mientras pensaba alguna frase que aliviara el desprecio, le miré los pies. Eran gordos o estaban hinchados; se escapaban de las tiras desgastadas de las sandalias como un pan dulce mal horneado. Daban lástima. A lo mejor por eso se paraba echando los hombros tan hacia atrás, con cierta soberbia, como si esa postura compensara su pudor. Ya no me sentí tan inadecuado frente a ella.
Justo en ese momento alguien lloró en la otra sala. Fue un lamento corto, ahogado por un abrazo, que terminó en un gemido. Pensé que la gente llora raro en los velorios. Y se lo dije. Ella contestó que no me entendía, y ya no hizo falta ningún gesto para hacerme sentir de nuevo incómodo.
- Cada vez que alguien se larga a llorar, viene otro y lo consuela. Pero lo que hace, en realidad, es impedir que siga llorando. Como si molestara. Eso es lo raro. ¿Entendés?
-No.
Además de un poco fea, la chica era porfiada. En realidad, no era fea. Tenía los ojos demasiado juntos y eso hacía que su cara pareciera la de una ardilla. Hasta podía llegar a ser graciosa. Pero, decididamente, no era linda.
-Salazar era mi jefe. Uno no se imagina que va a escuchar llorar por un tipo así -insistí.
-Todos tienen alguien que los llore. Hasta los más cretinos.
Estuve a punto de preguntarle por qué estaba tan convencida de eso, pero me contuve. El recuerdo de sus pies me contuvo. Esa imagen no auguraba nada bueno.
Conocía a la familia cercana de Salazar a través de las fotos que había en su escritorio. La esposa venía de vez en cuando a la oficina, igual que el hijo mayor, que también era despachante de aduana. El menor seguía viviendo en San Luis, y estaba casado con una albina. No sabía qué relación tenía esta chica con el difunto pero, por lo pronto, no era una nieta ni alguna de las nueras. A lo mejor era la amante o una hija ilegítima. Eso explicaría que ella haya mencionado a ciertos muertos cretinos.
-¿Sos algo de losSalazar?
-No.
-¿Los conocés de San Luis?
-Vivo en Haedo, desde que nací.
-Acá nomás…
-Sí. A diez cuadras.
-El velatorio te quedaba de paso -bromeé.
Ella volvió a mirarme. Esta vez, con una expresión incómoda: como a quien le señalan una mancha en el vestido, a la que estuvo tratando de ocultar toda la noche.
-Me cuesta dormir -dijo.
-Yo nunca tuve insomnio. En mi caso sería terrible, porque me levanto a las seis de la mañana.
-Sí, es desesperante.
-¿Viste a algún médico?
-A varios. Pero llega un momento en que las pastillas ya no te hacen el mismo efecto.
-Y tampoco es cuestión de que vivas dopada… Aunque no tengas que madrugar, como yo.
-Salgo a caminar. Todas las noches paso por acá. Cuando hay gente, entro. Miro, tomo café y nadie me molesta. Es como estar en una reunión.
-¿No te pone mal este ambiente?
-Al principio. Entonces, aprovechaba y yo también lloraba. Después, una se va acostumbrando.
-Ahora entiendo por qué me miraste de esa forma cuando empezamos a hablar. No debés querer que se te acerque nadie…
-No te creas. Hay noches que vuelvo a casa acompañada.
-¿Otro rebusque para el insomnio?
-No.
En vez de mostrarse ofendida, sonrió. De vuelta se escuchó un llanto, que alguien se encargó de sofocar. Esta vez, ella no se hizo la desentendida: dijo que la gente se apuraba por consolar, y que no tenían derecho. Me gustó que tomara partido y también, que mostrara cierta indignación.
-¿Puedo quedarme con vos hasta que te venga el sueño?
A pesar de la cara de ardilla, tenía una linda sonrisa. Los dientes apretados y parejitos. La abracé por la cintura y esperé que llegara la hora de irnos.
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