Voy a casa de Flor y Rafa a dar de comer a sus gatos y a regar. Sobre la mesa de la cocina está la segunda temporada de Boston Legal. Ellos saben: puedo olvidarme de ir a cuidarles los animales y las plantas pero no de pasar a buscar la serie.
El departamento está oscuro y tiene olor a lugar sin gente. A nada en particular. Me acuerdo del cuento de Carver, el del matrimonio que quedaba a cargo del gato y las plantas de los vecinos, pero ese tipo de curioseo no me tienta. Como las persianas del living están bajas, tampoco puedo mirar a los vecinos. Cambio el agua y las piedritas a los gatos y subo a la terraza.
Sigo las instrucciones que me dieron: coloco en la canilla la manguera más larga y empiezo a regar la tanda de macetas que tengo más a mano. Son como treinta. Hay muchas lavandas y la verdad es que no sé muy bien cuánto agua hay que echarles. Me parece que son de clima frío pero no entiendo qué relación hay entre la temperatura y la humedad. Como parecen secas, las empapo. Con los cactus intento ser un poco más moderada. De pronto, me siento igual que cuando era chica y regaba el jardín de mi tía Gorda, en Florida. Me descalzo y empiezo a jugar con el chorro al arco iris y al tiro más lejos. Hago piruetas. Cuando quiero acordarme, termino de regar todas las plantas de Flor y también la de sus vecinos. La terraza también está inundada. Algo muy parecido a la felicidad me empapa más que las piernas.
Bajo y le mando un mensaje a Flor: “Me acordé. Regué toda la terraza. Pero toda”.
Mañana vuelvo.
lunes, 19 de enero de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
Men of my life
En la calle México, las siestas de los sábados eran muy alborotadas. Después del almuerzo, la primera que arrancaba era Mónica, la mayor de las hermanas Mamone, que vivían en el piso de arriba de casa. Ponía a los Beatles a todo lo que daba y se encerraba en el baño, de donde no salía por el resto de la tarde. Ahí se depilaba, se hacía la toca vuelta y vuelta, y charlaba a los gritos con su mamá o con su hermana. Todo con la puerta cerrada. De vez en cuando, al escuchar algún tema en particular, gritaba como si Lennon hubiera aterrizado en su patio.
Como en las llamadas de tambores, al rato se sumaba la música de los Caputo, que vivían en diagonal a nuestro edificio. Eran tres hermanos, que en aquella época tendrían entre 17 y 21 años. Casi siempre arrancaban con los Stones y después seguían con Hendrix y Led Zeppelin. Mónica Mamone subía el volumen de su combinado, pero el de ellos siempre se imponía. A mí me encantaba la música de los Caputo y me hubiera gustado tenerlos de hermanos mayores. Cuando nos cruzábamos en la calle, me saludaban o me guiñaban el ojo y esto ponía muy nerviosa a mi mamá. Es que, además de lo de la música y las drogas, se vestían muy raro: usaban chupines y hasta capas. Estas eran cosas que en Almagro inquietaban mucho.
Un mediodía, cuando volví del colegio, todas las vecinas estaban en las puertas de las casas. Lidya, la madre de las Mamone, hablaba con Palmira, la juguetera de enfrente de casa. Esto me llamó la atención porque estaban peleadas, desde que Lidya la había tratado de carera. Las dos tenían los ojos enrojecidos. Después me contaron que los padres de los Caputo habían sido arrollados por un tren. Iban en el auto con Rodolfo, el dueño de la fiambrería de Quintino Bocayuva, quien también había muerto. En el diario de la tarde salió la foto de un bollito a un costado de las vías: era el Citroën. Ese sábado, Mónica puso la música bajita.
Los Caputo vivían en una casa de dos plantas con muchas ventanas y, durante un par de semanas, todas estuvieron cerradas. Salían muy poco de la casa. Alguien contó que se había encontrado en Boedo con el mayor y que, como respuesta al pésame, recibió una carcajada. Yo me crucé una tarde con el del medio, que iba todo vestido de negro, y le sonreí. El se acercó y me abrazó. Nunca se lo dije a nadie.
Un sábado, la música volvió a sonar fuerte en lo de los Caputo. Abrieron todas las ventanas y dos de ellos se sentaron a comer pizza y a fumar en la baranda de un balcón. Por la noche, se veían las lamparitas de colores que habían instalado en todos los cuartos: algunos se veían completamente rojos. La casa se llenó de amigos y hubo fiesta hasta la mañana. Y fue así por mucho tiempo, incluso durante los días de semana. A veces se los veía a ellos tres solos, bailando entre tanto color. Nunca más cerraron las ventanas.
Nosotras nos mudamos a la pensión y, de ahí, a una casa en la calle Castro Barros. Una noche de verano me encontré en el quiosco con uno de los Caputo. Habían pasado seis años desde la última vez que nos habíamos visto pero igual nos reconocimos, aunque no supe cuál de los tres era. Estaba muy flaquito. Me contó del hermano muerto de sobredosis en España, de unos cuadros y de su enfermedad. También, que siempre había estado un poco enamorado de mi mamá. Nos reímos mucho cuando nos acordamos de los sábados. Le dije que casi siempre pensaba en ellos cuando escuchaba a Hendrix. Antes de irse, me pidió un beso. Dijo que era el de despedida. Y fue así.
Como en las llamadas de tambores, al rato se sumaba la música de los Caputo, que vivían en diagonal a nuestro edificio. Eran tres hermanos, que en aquella época tendrían entre 17 y 21 años. Casi siempre arrancaban con los Stones y después seguían con Hendrix y Led Zeppelin. Mónica Mamone subía el volumen de su combinado, pero el de ellos siempre se imponía. A mí me encantaba la música de los Caputo y me hubiera gustado tenerlos de hermanos mayores. Cuando nos cruzábamos en la calle, me saludaban o me guiñaban el ojo y esto ponía muy nerviosa a mi mamá. Es que, además de lo de la música y las drogas, se vestían muy raro: usaban chupines y hasta capas. Estas eran cosas que en Almagro inquietaban mucho.
Un mediodía, cuando volví del colegio, todas las vecinas estaban en las puertas de las casas. Lidya, la madre de las Mamone, hablaba con Palmira, la juguetera de enfrente de casa. Esto me llamó la atención porque estaban peleadas, desde que Lidya la había tratado de carera. Las dos tenían los ojos enrojecidos. Después me contaron que los padres de los Caputo habían sido arrollados por un tren. Iban en el auto con Rodolfo, el dueño de la fiambrería de Quintino Bocayuva, quien también había muerto. En el diario de la tarde salió la foto de un bollito a un costado de las vías: era el Citroën. Ese sábado, Mónica puso la música bajita.
Los Caputo vivían en una casa de dos plantas con muchas ventanas y, durante un par de semanas, todas estuvieron cerradas. Salían muy poco de la casa. Alguien contó que se había encontrado en Boedo con el mayor y que, como respuesta al pésame, recibió una carcajada. Yo me crucé una tarde con el del medio, que iba todo vestido de negro, y le sonreí. El se acercó y me abrazó. Nunca se lo dije a nadie.
Un sábado, la música volvió a sonar fuerte en lo de los Caputo. Abrieron todas las ventanas y dos de ellos se sentaron a comer pizza y a fumar en la baranda de un balcón. Por la noche, se veían las lamparitas de colores que habían instalado en todos los cuartos: algunos se veían completamente rojos. La casa se llenó de amigos y hubo fiesta hasta la mañana. Y fue así por mucho tiempo, incluso durante los días de semana. A veces se los veía a ellos tres solos, bailando entre tanto color. Nunca más cerraron las ventanas.
Nosotras nos mudamos a la pensión y, de ahí, a una casa en la calle Castro Barros. Una noche de verano me encontré en el quiosco con uno de los Caputo. Habían pasado seis años desde la última vez que nos habíamos visto pero igual nos reconocimos, aunque no supe cuál de los tres era. Estaba muy flaquito. Me contó del hermano muerto de sobredosis en España, de unos cuadros y de su enfermedad. También, que siempre había estado un poco enamorado de mi mamá. Nos reímos mucho cuando nos acordamos de los sábados. Le dije que casi siempre pensaba en ellos cuando escuchaba a Hendrix. Antes de irse, me pidió un beso. Dijo que era el de despedida. Y fue así.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Hoy tiré papeles. Muchos.
Supongo que estaba un poco fregada cuando escribí:
Y ya sé que estás cansado de perderte.
Yo también jugué con esos laberintos
y tampoco me encontré donde quería.
Si querés, podés lamerme las heridas.
Y ya ni me acuerdo quién me provocó:
Si no te importa, yo me quedo acá.
Afuera está frío y hay coyotes;
además, tiré la llave de mi cuarto
desde el balcón a la vereda de tu casa.
Eran letras de algo que nunca llegó a ser canción, porque no sé música.
También había fragmentos de días de desolación. Como éste, de 1996:
Al final, siempre es la vieja putada del pasado repitiéndose hasta más allá del basta. No sé si quiero seguir escuchando frases. O inventariar una confianza que se declaró ajena. La única certeza que logré hacer sobrevivir es la de no dejarme herir. Y sigo buscando protección en sábanas ajenas, con los terrenos tan confundidos como las intenciones. Mientras trato de entender de qué se trata todo esto, los errores continúan su esmerilante sumatoria. Queman la nariz y la sonrisa. Trato de convencerme de que no me importa y de ser una extraña en cada una de mis insistencias.
Ni siquiera hizo falta una bolsa de consorcio: entraron en una chiquita. Creo que empecé a sacarme de encima algunos pasados.
Y ya sé que estás cansado de perderte.
Yo también jugué con esos laberintos
y tampoco me encontré donde quería.
Si querés, podés lamerme las heridas.
Y ya ni me acuerdo quién me provocó:
Si no te importa, yo me quedo acá.
Afuera está frío y hay coyotes;
además, tiré la llave de mi cuarto
desde el balcón a la vereda de tu casa.
Eran letras de algo que nunca llegó a ser canción, porque no sé música.
También había fragmentos de días de desolación. Como éste, de 1996:
Al final, siempre es la vieja putada del pasado repitiéndose hasta más allá del basta. No sé si quiero seguir escuchando frases. O inventariar una confianza que se declaró ajena. La única certeza que logré hacer sobrevivir es la de no dejarme herir. Y sigo buscando protección en sábanas ajenas, con los terrenos tan confundidos como las intenciones. Mientras trato de entender de qué se trata todo esto, los errores continúan su esmerilante sumatoria. Queman la nariz y la sonrisa. Trato de convencerme de que no me importa y de ser una extraña en cada una de mis insistencias.
Ni siquiera hizo falta una bolsa de consorcio: entraron en una chiquita. Creo que empecé a sacarme de encima algunos pasados.
domingo, 14 de diciembre de 2008
Algo así
Nunca devuelvo los tupper. No es que tenga una gran colección. Hay uno o dos que son de mi hermana y el tercero, ya ni me acuerdo. Pero me pareció importante decírselo. A lo mejor no fue una buena decisión: hacía sólo media hora que nos conocíamos.
-Nunca devuelvo los tupper.
-Ya sé lo que no tengo que prestarte. Es un buen dato. ¿Y libros y CDs…?
-Eso, sí. Me pasa con los tuppers, nomás.
-¿Y no te los reclaman?
-Nunca. Si no, los devolvería.
-Entonces, le estás dando hogar a unos tuppers huérfanos. ¿Y comida?
-No, sólo techo.
-Igual, es conmovedor.
No sonrió ni una sola vez mientras hablábamos esto y decidí que me caía bien. Muy bien, en realidad. Porque cuando después empezó a llover fuerte, las calles se inundaron y corrimos tres cuadras hasta mi casa, Miguel me tapó con su campera. En el living, me dijo: “Según tu agenda, podemos vernos lunes, jueves, sábados y domingos. Igual que los novios de antes. Bueno, tan mal no les iba…”. Y empezamos a salir.
Mi perro murió el año pasado. Era un golden retriever y se llamaba García. Estaba viejito cuando le salieron los tumores. Primero en el lomo, después en las patas y al final los tenía adentro. Lo llevé al veterinario y a un homeópata para animales. Como García ya no podía subirse a mi cama, le hice una con mantas, al lado de la mía. Ahí echado, todas las noches abría la boca y tomaba lo que yo le daba: gotas, globulitos, jarabe… Después, me miraba e intentaba lamerme la mano. Yo me acostaba al lado suyo y lloraba. Una tarde fui con su foto a ver a un sanador en José C. Paz. No pensé que se iba a armar tanto escándalo.
García se murió a los pocos días. No lloré. Tenía muchas ganas, pero estaba tan triste que no podía. Dormí una semana en el piso, sobre las mantas. El médico laboral me mandó a una psicóloga. Hablé mucho de García y no se me cayó ni una lágrima. Nunca más.
No le conté esto a Miguel. Cuando vio la foto de García en una de las bibliotecas, preguntó como se llamaba. Así, en pasado. Yo estaba colocando un CD y debo haber contestado con voz rara, porque se acercó y me abrazó. Supongo que tendría que haberme conmovido, pero la verdad es que me sentí incómoda y me fui enseguida a la cocina, para preparar café. Al rato, apareció él. Me preguntó si tenía hambre. Lo pensé y terminé haciéndole un gesto. Algo así como: “No mucho. A lo mejor, nada”. Cuando no sé qué decir, hago muecas. El a veces juega a interpretar esos gestos; inventa diálogos y nos reímos. Esa noche no lo hizo.
Miguel es inteligente, aunque le gustan las películas de acción y a mí, no. Entonces, mirábamos series. Un fin de semana vimos la quinta temporada de “Los Soprano”. El nunca la había visto pero no tuve que explicarle nada. Y si no entendió, nunca me enteré. Ese domingo cocinó pollo a la sal y estaba riquísimo. La vez que preguntó por García, habíamos empezado a ver una serie sobre un psiquiatra: creo que se llamaba “Huff”. Cuando terminó el primer CD, me levanté para vaciar el cenicero. El siempre fuma más que yo. “No es muy creíble”, dije. Como él no contestaba, seguí opinando. Siempre hago lo mismo. Hablo de más. “Ni siquiera es escéptico y, encima, le cae bien a todo el mundo. Yo no confiaría en alguien así, que ayuda al mendigo, a la madre, al amigo… Por más que se le mate el paciente y que se encargue de enloquecer más al hermano, en el fondo, el tipo es feliz”.
-¿Y eso está mal?
-Es encantador… Si sos fundamentalista de la alegría.
-¿No se te está yendo la mano con el cinismo?
Hice una mueca, como para hacerle entender que no sabía. Pero él insistió. Creo que no hablaba sólo de la serie.
-Cuando parece que está todo bien, saltás con un martes 13. Y como no entiendo qué te pasa, me siento un tarado.
-Tampoco es para hacerse la víctima. Fue un comentario, nomás.
-¿Ves? Ya estás atacando de nuevo.
-No es para tanto.
-Está bien. Por lo menos, contestaste con palabras.
-Ahora el cínico sos vos.
-No. Lo único que hago es tratar de entenderte.
-A ver… Es un poquito difícil de explicar. Supongo que desconfío de algunas cosas.
-Lo de la felicidad quedó claro. ¿Y de qué más?
No me di cuenta de que estaba haciendo una mueca hasta que lo vi sonreír. Creo que en ese momento los dos nos aflojamos un poco. Era la primera vez que discutíamos. Pensé en contarle que García era lo más confiable del mundo para mí. Las cosas podían irme bien o mal, pero él estaba ahí. Había que sacarlo a pasear, cuidar que no se pelee con el boxer de la calle Nicaragua, darle mucho agua, hablarle y rascarle el cuello. No existía nada que pudiera robarme estas cosas. O eso creía yo. Estoy segura de que Miguel lo hubiera entendido. Era yo la que no podía decírselo.
-También desconfío de las casas con jardín.
-Ahora sí se puso interesante…
-En serio. Me parecen maquetas y eso me da un poquito de miedo.
-No me jodás.
-Es que no entiendo bien de qué estamos hablando.
-Voy a tratar de ser claro. Salimos hace tres meses, ¿no?
-Sí.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses.
Miguel tiene esas cosas. Dice una frase así y dan ganas de besarlo y besarlo. En realidad, yo nunca lo hice. Me da vergüenza, o algo así. Entonces, le sonrío. Pero esa noche no me dio tiempo ni a eso, porque siguió hablando.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses. La pasamos bien, no hay conflictos y estamos mejor juntos que cada uno por su lado, ¿no?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué te la pasás levantando una pared?
-No entiendo.
-La otra noche, cuando dije “te quiero” me hiciste sentir un imbécil. Ni siquiera contestaste “yo también”.
-Estábamos en la cama…
-¿Y qué?
-En la cama uno a veces dice cosas que por ahí no siente tanto.
-¿De quién hablás? Vos nunca dijiste “te quiero”, y yo tampoco.
-Por ahí esa vez estabas más entusiasmado. Qué sé yo…
-¿Pero querés saberlo?
-Dale, contame-le mentí, porque ya lo sabía.
-No sabés lo pelotudo que me sentí después de decírtelo.
-Pero yo pensé…
-Sí, ya sé. Vos pensás y yo siento. Funcionamos así.
-Pará, Miguel.
-No, sigamos. Porque como soy tan pelotudo, encima quiero saber qué sentís vos.
No pude evitarlo. Me salió un gesto. Pensé que iba a enojarse pero echó la cabeza para atrás y la apoyó en un almohadón.
-Miguel…
-Dejá. Ya está.
Me hubiera gustado explicarle que sí lo quería y que no siempre uno ignora lo que calla. Pero no pude hacerlo. El se puso las zapatillas y yo me levanté para abrirle la puerta. Tuve ganas de darle un beso, pero hubiera tenido que agarrarlo de la campera o acercarme de alguna manera extraña, porque él estaba delante de mí, bajando las escaleras.
Cuando volví, saqué las mantas de García del placard.
-Nunca devuelvo los tupper.
-Ya sé lo que no tengo que prestarte. Es un buen dato. ¿Y libros y CDs…?
-Eso, sí. Me pasa con los tuppers, nomás.
-¿Y no te los reclaman?
-Nunca. Si no, los devolvería.
-Entonces, le estás dando hogar a unos tuppers huérfanos. ¿Y comida?
-No, sólo techo.
-Igual, es conmovedor.
No sonrió ni una sola vez mientras hablábamos esto y decidí que me caía bien. Muy bien, en realidad. Porque cuando después empezó a llover fuerte, las calles se inundaron y corrimos tres cuadras hasta mi casa, Miguel me tapó con su campera. En el living, me dijo: “Según tu agenda, podemos vernos lunes, jueves, sábados y domingos. Igual que los novios de antes. Bueno, tan mal no les iba…”. Y empezamos a salir.
Mi perro murió el año pasado. Era un golden retriever y se llamaba García. Estaba viejito cuando le salieron los tumores. Primero en el lomo, después en las patas y al final los tenía adentro. Lo llevé al veterinario y a un homeópata para animales. Como García ya no podía subirse a mi cama, le hice una con mantas, al lado de la mía. Ahí echado, todas las noches abría la boca y tomaba lo que yo le daba: gotas, globulitos, jarabe… Después, me miraba e intentaba lamerme la mano. Yo me acostaba al lado suyo y lloraba. Una tarde fui con su foto a ver a un sanador en José C. Paz. No pensé que se iba a armar tanto escándalo.
García se murió a los pocos días. No lloré. Tenía muchas ganas, pero estaba tan triste que no podía. Dormí una semana en el piso, sobre las mantas. El médico laboral me mandó a una psicóloga. Hablé mucho de García y no se me cayó ni una lágrima. Nunca más.
No le conté esto a Miguel. Cuando vio la foto de García en una de las bibliotecas, preguntó como se llamaba. Así, en pasado. Yo estaba colocando un CD y debo haber contestado con voz rara, porque se acercó y me abrazó. Supongo que tendría que haberme conmovido, pero la verdad es que me sentí incómoda y me fui enseguida a la cocina, para preparar café. Al rato, apareció él. Me preguntó si tenía hambre. Lo pensé y terminé haciéndole un gesto. Algo así como: “No mucho. A lo mejor, nada”. Cuando no sé qué decir, hago muecas. El a veces juega a interpretar esos gestos; inventa diálogos y nos reímos. Esa noche no lo hizo.
Miguel es inteligente, aunque le gustan las películas de acción y a mí, no. Entonces, mirábamos series. Un fin de semana vimos la quinta temporada de “Los Soprano”. El nunca la había visto pero no tuve que explicarle nada. Y si no entendió, nunca me enteré. Ese domingo cocinó pollo a la sal y estaba riquísimo. La vez que preguntó por García, habíamos empezado a ver una serie sobre un psiquiatra: creo que se llamaba “Huff”. Cuando terminó el primer CD, me levanté para vaciar el cenicero. El siempre fuma más que yo. “No es muy creíble”, dije. Como él no contestaba, seguí opinando. Siempre hago lo mismo. Hablo de más. “Ni siquiera es escéptico y, encima, le cae bien a todo el mundo. Yo no confiaría en alguien así, que ayuda al mendigo, a la madre, al amigo… Por más que se le mate el paciente y que se encargue de enloquecer más al hermano, en el fondo, el tipo es feliz”.
-¿Y eso está mal?
-Es encantador… Si sos fundamentalista de la alegría.
-¿No se te está yendo la mano con el cinismo?
Hice una mueca, como para hacerle entender que no sabía. Pero él insistió. Creo que no hablaba sólo de la serie.
-Cuando parece que está todo bien, saltás con un martes 13. Y como no entiendo qué te pasa, me siento un tarado.
-Tampoco es para hacerse la víctima. Fue un comentario, nomás.
-¿Ves? Ya estás atacando de nuevo.
-No es para tanto.
-Está bien. Por lo menos, contestaste con palabras.
-Ahora el cínico sos vos.
-No. Lo único que hago es tratar de entenderte.
-A ver… Es un poquito difícil de explicar. Supongo que desconfío de algunas cosas.
-Lo de la felicidad quedó claro. ¿Y de qué más?
No me di cuenta de que estaba haciendo una mueca hasta que lo vi sonreír. Creo que en ese momento los dos nos aflojamos un poco. Era la primera vez que discutíamos. Pensé en contarle que García era lo más confiable del mundo para mí. Las cosas podían irme bien o mal, pero él estaba ahí. Había que sacarlo a pasear, cuidar que no se pelee con el boxer de la calle Nicaragua, darle mucho agua, hablarle y rascarle el cuello. No existía nada que pudiera robarme estas cosas. O eso creía yo. Estoy segura de que Miguel lo hubiera entendido. Era yo la que no podía decírselo.
-También desconfío de las casas con jardín.
-Ahora sí se puso interesante…
-En serio. Me parecen maquetas y eso me da un poquito de miedo.
-No me jodás.
-Es que no entiendo bien de qué estamos hablando.
-Voy a tratar de ser claro. Salimos hace tres meses, ¿no?
-Sí.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses.
Miguel tiene esas cosas. Dice una frase así y dan ganas de besarlo y besarlo. En realidad, yo nunca lo hice. Me da vergüenza, o algo así. Entonces, le sonrío. Pero esa noche no me dio tiempo ni a eso, porque siguió hablando.
-Te quedás con tuppers ajenos pero igual salimos desde hace tres meses. La pasamos bien, no hay conflictos y estamos mejor juntos que cada uno por su lado, ¿no?
-Sí.
-Entonces, ¿por qué te la pasás levantando una pared?
-No entiendo.
-La otra noche, cuando dije “te quiero” me hiciste sentir un imbécil. Ni siquiera contestaste “yo también”.
-Estábamos en la cama…
-¿Y qué?
-En la cama uno a veces dice cosas que por ahí no siente tanto.
-¿De quién hablás? Vos nunca dijiste “te quiero”, y yo tampoco.
-Por ahí esa vez estabas más entusiasmado. Qué sé yo…
-¿Pero querés saberlo?
-Dale, contame-le mentí, porque ya lo sabía.
-No sabés lo pelotudo que me sentí después de decírtelo.
-Pero yo pensé…
-Sí, ya sé. Vos pensás y yo siento. Funcionamos así.
-Pará, Miguel.
-No, sigamos. Porque como soy tan pelotudo, encima quiero saber qué sentís vos.
No pude evitarlo. Me salió un gesto. Pensé que iba a enojarse pero echó la cabeza para atrás y la apoyó en un almohadón.
-Miguel…
-Dejá. Ya está.
Me hubiera gustado explicarle que sí lo quería y que no siempre uno ignora lo que calla. Pero no pude hacerlo. El se puso las zapatillas y yo me levanté para abrirle la puerta. Tuve ganas de darle un beso, pero hubiera tenido que agarrarlo de la campera o acercarme de alguna manera extraña, porque él estaba delante de mí, bajando las escaleras.
Cuando volví, saqué las mantas de García del placard.
domingo, 30 de noviembre de 2008
All is right in the jungle
Parecía una fotocopia lavada de Boogie, el aceitoso: el mentón cuadrado, las comisuras para abajo y las cejas casi pegadas a los párpados. Además de la expresión demorada de un skinhead. Subió en Panamericana. En la escalera del estribo, echó un vistazo a todos antes de seguir hablando por el celular.
-Lo que yo quiero saber es quién me atendió y dijo que te estabas bañando, Mónica. Eso nada más. Ahora estoy en el colectivo, te llamo en un rato y me lo contás.
No me hubiera gustado estar en el pellejo de la tal Mónica. El skinhead se paró frente a la máquina de boletos y le preguntó al colectivero cuánto tenía que pagar para ir hasta Scalabrini Ortiz y Santa Fe.
-1, 40
El skin head metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón cargo y sacó una moneda de un peso. Se acercó hasta el asiento del chofer y se la mostró.
-Estamos en problemas. Es lo único que tengo.
En su lugar, yo lo hubiera dejado viajar gratis; pero el otro se empecinó en lo del 1,40. El skinhead volvió a pararse frente a la máquina, con las piernas bien abiertas. Yo retrocedí un paso, segura de que iba a volarla de una patada. Pero, en cambio, comenzó a rebuscar en otros bolsillos del pantalón, que eran muchos. Sacó una bolsita de nylon, un papel doblado en cuatro que abrió y leyó antes de volver a guardar, y un pedazo de cuero marrón. Nada parecido a una moneda.
En ese momento, un señor que al costado de él, casi hecho un ovillo sobre la tarima de la rueda delantera, sacó la mano de la campera y le dio las monedas. Lo hizo sin deshacer su posición de oruga y sin mirarlo a la cara: sólo extendió el brazo. Pensé en él como en un Bill (el de Kill Bill) agazapado.
El skinhead pudo sacar el boleto y se ubicó en la parte de atrás, parado al lado de un chico que, pese a la tormenta, llevaba puestas unas gafas de sol enormes. Volvió a llamar a Mónica y lo que ella dijo debió haberlo conformado porque al rato se puso a charlar con el de las gafas.
Cerca de General Paz, subieron dos chicos, uno llevaba un corte punk y en la parte rapada tenía tattoos. Mientras éste colocaba monedas, el otro le explicaba al chofer que les faltaban 20 centavos. Se reía mientras lo decía. Y otra vez lo mismo: desde el costado, Bill extendió el brazo con la mano extendida y ellos agarraron las monedas.
Miré atrás: el de las gafas le había hecho un lugar al skinhead en su asiento, que era para uno, y los dos charlaban de vaya uno a saber de qué.
A la altura de Nuñez, Libertador estaba cortada por la inundación. Era una inundación de lluvia y de autos. El colectivero estuvo hablando por la ventanilla con un policía que tenía puesto una capita naranja. Le pidió varias veces que nos dejara seguir por la avenida. Supongo que el policía estaba un poco aburrido de tanto desviar el tránsito o a lo mejor la capita le había socavado un poco el autoritarismo, la cuestión es que después de varias negativas, dijo:
-A no ser que lleves a alguien descompuesto…
El chofer se dio vuelta y preguntó:
-¿Quién se hace el descompuesto?
Miré el brazo de Bill. Ahí estaba.
-Lo que yo quiero saber es quién me atendió y dijo que te estabas bañando, Mónica. Eso nada más. Ahora estoy en el colectivo, te llamo en un rato y me lo contás.
No me hubiera gustado estar en el pellejo de la tal Mónica. El skinhead se paró frente a la máquina de boletos y le preguntó al colectivero cuánto tenía que pagar para ir hasta Scalabrini Ortiz y Santa Fe.
-1, 40
El skin head metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón cargo y sacó una moneda de un peso. Se acercó hasta el asiento del chofer y se la mostró.
-Estamos en problemas. Es lo único que tengo.
En su lugar, yo lo hubiera dejado viajar gratis; pero el otro se empecinó en lo del 1,40. El skinhead volvió a pararse frente a la máquina, con las piernas bien abiertas. Yo retrocedí un paso, segura de que iba a volarla de una patada. Pero, en cambio, comenzó a rebuscar en otros bolsillos del pantalón, que eran muchos. Sacó una bolsita de nylon, un papel doblado en cuatro que abrió y leyó antes de volver a guardar, y un pedazo de cuero marrón. Nada parecido a una moneda.
En ese momento, un señor que al costado de él, casi hecho un ovillo sobre la tarima de la rueda delantera, sacó la mano de la campera y le dio las monedas. Lo hizo sin deshacer su posición de oruga y sin mirarlo a la cara: sólo extendió el brazo. Pensé en él como en un Bill (el de Kill Bill) agazapado.
El skinhead pudo sacar el boleto y se ubicó en la parte de atrás, parado al lado de un chico que, pese a la tormenta, llevaba puestas unas gafas de sol enormes. Volvió a llamar a Mónica y lo que ella dijo debió haberlo conformado porque al rato se puso a charlar con el de las gafas.
Cerca de General Paz, subieron dos chicos, uno llevaba un corte punk y en la parte rapada tenía tattoos. Mientras éste colocaba monedas, el otro le explicaba al chofer que les faltaban 20 centavos. Se reía mientras lo decía. Y otra vez lo mismo: desde el costado, Bill extendió el brazo con la mano extendida y ellos agarraron las monedas.
Miré atrás: el de las gafas le había hecho un lugar al skinhead en su asiento, que era para uno, y los dos charlaban de vaya uno a saber de qué.
A la altura de Nuñez, Libertador estaba cortada por la inundación. Era una inundación de lluvia y de autos. El colectivero estuvo hablando por la ventanilla con un policía que tenía puesto una capita naranja. Le pidió varias veces que nos dejara seguir por la avenida. Supongo que el policía estaba un poco aburrido de tanto desviar el tránsito o a lo mejor la capita le había socavado un poco el autoritarismo, la cuestión es que después de varias negativas, dijo:
-A no ser que lleves a alguien descompuesto…
El chofer se dio vuelta y preguntó:
-¿Quién se hace el descompuesto?
Miré el brazo de Bill. Ahí estaba.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Memo
Lista aleatoria de cosas que me gustan:
Comer uvas frías- La boca de un hombre dormido- Andar en patas- J. D. Salinger- Mi iPod- Los regalos- Mis tres sobrinos- Kusturica- El olor a tierra- Las siestas- Lou Reed- Cada uno de mis amigos- Reírme- Las palometas que miro desde la ventana de mi oficina- Carver- Ser tan amiga de mi hermana- La cancha de San Lorenzo- Hacer pasto- El sol en la panza- Despatarrarme- Comer con hambre- El flamenco- Las terrazas- Leonard Cohen- La urgencia de besos y de sexo- Cómo se ve el living desde el balcón- Los sandwiches de miga de Dos Escudos- Los edificios de enfrente- La fiaquez de los domingos a la mañana- Tony Gatlif- Todos mis recuerdos- Los girasoles- Estar cabeza abajo- Las montañas rusas
En días como éstos, más vale recordarlas.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Revancha
Una tarde, en el jardín de infantes, la maestra nos entregó a cada nena una hoja canson, con el dibujo de un tigre dentro de una jaula. La tarea era simple: teníamos que coser con lana los barrotes. Aunque me esmeré, no conseguí que mis puntadas quedaran derechas. Andrea, una nena que se sentaba a mi lado, no tardó en llamar la atención del resto de la clase sobre mi bordado. Inmediatamente tuve a todas mis compañeras alrededor, riéndose de mi desprolijidad.
Andrea se ubicaba delante de mí en la fila que hacíamos al entrar o al salir de la salita. A partir de ese día, cada mañana tironeaba de uno de los moños azules que sostenían sus dos colitas, hasta que lograba desarmárselo. Al principio, ella sólo protestó; desde atrás, yo me burlaba: “Ña, ña, ña, Andreita”, le decía en voz baja. A la tercera o cuarta vez que lo hice, se largó a llorar. La señorita Susana se ocupó de consolarla y castigarme. Todas las nenas entraron al aula, pero a mí me obligaron a quedarme en el patio, “recapacitando”.
Estuve un largo rato jugando en las hamacas. Cuando se largó a llover, una monja que pasaba por la galería me llamó. Era joven, sonreía mucho y se llamaba María Inés. Me llevó hasta la sacristía, donde me hizo sacar el delantal mojado y contarle por qué no estaba en clase. Después de escucharlo todo, me pidió que no me mueva del cuartito y se fue. Al rato, volvió con un chanchito de yeso, vestido de marinero, que me regaló. El muñeco era enorme y pesadísimo, muy parecido a uno de los tres de la película de Disney. También era una alcancía: las monedas entraban por una hendidura que tenía en la gorra.
La hermana María Inés me acompañó de vuelta al aula, donde entré con mi chancho entre los brazos. Me ubiqué en mi mesita, sin hablar con nadie. Había cierto revuelo en la clase, porque la maestra había salido a buscarme. Cuando volvió, la hermana María Inés y ella estuvieron hablando afuera.
En el último recreo, todas salimos al patio para jugar a saltar los charcos. Como siempre, delante de mí estaba Andrea. Entonces, cuando ví que tomaba impulso, la empujé. Volví a casa con el chancho envuelto con un trapo manchado con agua sucia y sangre: era el delantal de Andrea. En una notita dirigida a mi mamá, explicaban que yo tenía que lavarlo, como castigo.
Andrea se ubicaba delante de mí en la fila que hacíamos al entrar o al salir de la salita. A partir de ese día, cada mañana tironeaba de uno de los moños azules que sostenían sus dos colitas, hasta que lograba desarmárselo. Al principio, ella sólo protestó; desde atrás, yo me burlaba: “Ña, ña, ña, Andreita”, le decía en voz baja. A la tercera o cuarta vez que lo hice, se largó a llorar. La señorita Susana se ocupó de consolarla y castigarme. Todas las nenas entraron al aula, pero a mí me obligaron a quedarme en el patio, “recapacitando”.
Estuve un largo rato jugando en las hamacas. Cuando se largó a llover, una monja que pasaba por la galería me llamó. Era joven, sonreía mucho y se llamaba María Inés. Me llevó hasta la sacristía, donde me hizo sacar el delantal mojado y contarle por qué no estaba en clase. Después de escucharlo todo, me pidió que no me mueva del cuartito y se fue. Al rato, volvió con un chanchito de yeso, vestido de marinero, que me regaló. El muñeco era enorme y pesadísimo, muy parecido a uno de los tres de la película de Disney. También era una alcancía: las monedas entraban por una hendidura que tenía en la gorra.
La hermana María Inés me acompañó de vuelta al aula, donde entré con mi chancho entre los brazos. Me ubiqué en mi mesita, sin hablar con nadie. Había cierto revuelo en la clase, porque la maestra había salido a buscarme. Cuando volvió, la hermana María Inés y ella estuvieron hablando afuera.
En el último recreo, todas salimos al patio para jugar a saltar los charcos. Como siempre, delante de mí estaba Andrea. Entonces, cuando ví que tomaba impulso, la empujé. Volví a casa con el chancho envuelto con un trapo manchado con agua sucia y sangre: era el delantal de Andrea. En una notita dirigida a mi mamá, explicaban que yo tenía que lavarlo, como castigo.
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